viernes, 30 de enero de 2009

El estado de las banderías


El efecto más visible en estos cinco años de la política de Zapatero ha sido la creciente partidización de la esfera pública y del Estado. El fiscal general, el Consejo General del Poder Judicial, el Tribunal Constitucional, todo parece estar sometido al juego y al dictado de los partidos políticos. También los medios de comunicación, aunque algunos van más allá y manifiestan un claro afán de imponer sus dictados y de mangonear en los partidos, favoreciendo el juego de facciones si es preciso.

Lejos de alentar una profundización en la democracia esta deriva se antoja, por el contrario, como un movimiento hacia atrás, que nos retrotrae a los inicios del lento y dificultoso proceso de afirmación histórica del Estado constitucional en España. Ese camino, siempre de largo recorrido, va de los partidos políticos al Estado de derecho. Por un extraño mecanismo, hemos vuelto a invertir la dirección y del Estado de derecho caminamos de nuevo al "estado de naturaleza" de las banderías (dentro del Estado residual al que nos conduce la política territorial de Zapatero). La lealtad es un valor que, de existir, sólo alcanza al espacio más estrecho de mis propios intereses personales o políticos.

Reproducimos la experiencia limitada de la primera praxis liberal española que acabó confundiendo de modo progresivo la sociedad con el Estado, la administración con el Ejecutivo, el Ministerio con el partido político, y éste identificado a su vez con una red de clientelas e intereses personales, atentos al Gobierno, que lo fue casi todo hasta muy entrado el siglo XIX. La situación ahora es más penosa porque se ha multiplicado por mucho el número de gobiernos. Con la colaboración de todos, estamos consiguiendo transformar el Estado de las Autonomías en el estado de las banderías. Pero no nos engañemos. El problema, mucho más que con la estructura del estado, tiene que ver con la crisis que padece nuestra cultura política.

¿Hasta dónde vamos a desandar el camino? El poder consigue mantener unido a un partido. No es difícil imaginar qué habría sido de Zapatero y cómo estaría el PSOE si hubiera perdido las últimas elecciones generales. La paciencia no es una virtud política y se hace aún más imposible cuando un partido retorna a la dinámica de las facciones o incluso al de las sociedades secretas, es decir a la prehistoria de la política democrática.

Esto es algo sobre lo que vale la pena reflexionar: políticos, partidos y medios de comunicación, tan predispuestos todos a convertir los más variopintos cenáculos en verdaderos centros decisorios y de poder, sin importarles en nombre de quién y qué legitimidad puedan tener para actuar así. Nada importa, si se consigue alcanzar la victoria y rendir y aniquilar al enemigo. Produce inquietud que la política pueda volver a ser el pasto de conspiradores y agitadores, que sólo buscan conseguir en la oscuridad y por vías fraudulentas lo que no son capaces de lograr a la luz del día y mediante un escrupuloso respeto de las reglas del juego.

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