lunes, 26 de junio de 2017

El regreso


Consideraba Azorín que la vida de un político es una existencia dramática, donde el interés del público se centra en cada momento en su probabilidad de triunfo o fracaso. Es lo que ha sucedido con Pedro Sánchez, cuyo regreso tras las primarias socialistas ha constituido una sorpresa relativa. Aconsejaba Azorín al político “no mostrar impaciencia en los comienzos de su carrera; no se precipite; no quiera recoger el fruto cuando aún no está maduro”. Para muchos, dentro del mismo PSOE, fue lo que precipitó su caída. Un exceso de ambición y de orgullo, con escasa vitalidad de ideas. Sánchez no se ha resignado “a no ser nada por lo pronto, a esperar otro tiempo”, y herido en lo profundo, ha hecho del tesón –“una de las primeras cualidades del político” para Azorín– su principal arma de recuperación. “Lo que el político debe procurar ante todo es que los espectadores no vean que él duda de sí”, añade el intelectual del 98.

Los adversarios menospreciaron su capacidad de levantarse, valorada por la mayoría de los militantes socialistas, aunque está por ver si pese a su motivación negativa esa ambición, tesón y orgullo pueden transformarse esta segunda vez, aprendiendo de los errores, en fuerza positiva para su organización y la política española. La coyuntura invita, pero imitar es falsificar. Si el discurso populista (las alusiones a una izquierda y derecha, a arriba y abajo dentro del partido) le ha servido para recuperar el control del PSOE, no debe confundirse la percepción de la militancia, emocionalmente implicada, con la del votante socialista, actual o potencial. Las contradicciones de ayer son las mismas de hoy. El discurso regeneracionista en clave interna –abrir ventanas, purificar el aire– no es fácil de entender cuando Sánchez acaba sucediéndose a sí mismo. E insistir en el pacto a tres, con Ciudadanos y Podemos, es volver a la casilla de salida, sin recorrido.

Para bien o para mal, la suerte de un líder depende de las personas que se rodea. Llamativa fue la espantada del primer círculo de fieles tras la dimisión del 1 de octubre. Con las manos libres para reorientar el XXXIX Congreso del PSOE, obra y responsabilidad por tanto suyas, se antojan decisivas la calidad, actitudes y capacidad de influencia sobre el líder de las nuevas personas incorporadas a la dirección. ¿Qué esperar del voluntarista “Somos la izquierda”? Seguramente algo sencillo. La política española va a seguir atendiendo a las prioridades de los políticos, no de los ciudadanos. Un primer frente lo constituye la batalla por el liderazgo de la oposición, con la anomalía histórica de que el presunto líder ni siquiera está en el Congreso. Una batalla que puede quedar en entente. ¿Se puede recuperar el voto socialista cedido a Podemos acercándose a Podemos? Es dudoso, pero aún más sin dejar que C’s se extienda por el centroizquierda, lo que aumentaría las posibilidades de una futura mayoría absoluta PP-C’s.

La ausencia de Sánchez en el Congreso juega en contra de Sánchez y, una vez dilucidada la cuestión del liderazgo, únicamente puede solucionarse de dos maneras: con unas nuevas elecciones sin agotar la legislatura o con una nueva moción de censura con él como candidato. Las personalidades de Sánchez e Iglesias invitan a ‘echar al PP’, por escasamente democrático que suene ese discurso. Pero pasar como el responsable de la inestabilidad política en contra del interés general puede acabar de hundir al PSOE. La ley electoral impide una debacle a la francesa, aunque cualquier mínimo retroceso será ya un desastre interno. Por otro lado, una nueva moción de censura antes de que se consume el desafío del referéndum catalán es inverosímil, a poca sensatez que muestren Sánchez y su entorno. Tampoco sería fácil justificar el rechazo a Rajoy por la corrupción del PP sin hacer ascos políticos a la corrupción catalana.

La opinión pública española no entendería que el PSOE de Sánchez no apoye al Gobierno en la cuestión catalana. Pero eso le aparta indudablemente de Podemos y de la complicidad que necesitaría de los nacionalistas catalanes para hacer viable cualquier moción de censura, porque los vascos de Aitor ya están por engrasar el tractor de Rajoy. En cualquier caso, que Sánchez pretenda atraerse a los nacionalismos afirmando solemnemente a estas alturas que España es un Estado plurinacional ‘pero en sentido cultural’, es no decir nada, una tontería, como le habrá transmitido ya Patxi López, recuperado para la política territorial. Todo esto favorece a Rajoy, fortalecido de una moción de censura que ha sabido convertir en moción de confianza, sin que haya dado un solo paso que pueda comprometer a su partido… “No reprochemos a nadie ni sus contradicciones ni sus inconsecuencias”, decía Azorín, pero pensando en auténticos hombres de Estado capaces de adecuar sus actos a la voz del deber, “en contra de lo que hubiera con más calor toda mi vida sustentado”.

Publicado en Diario de Navarra, 24 de junio de 2017

jueves, 1 de junio de 2017

La querella de los símbolos


El símbolo –como su propia etimología griega hace considerar– es un ‘signo de reconocimiento’ y un elemento de ‘relación’ o interacción social. La comprensión originaria del símbolo fue la de un objeto partido en dos mitades que permitía a sus portadores reconocerse y acogerse amistosamente, aun sin haberse visto nunca antes. El símbolo como signo de identidad amortigua la tensión de contrarios y reduce las oposiciones, ayudando a robustecer la cohesión del grupo y la imagen de comunidad diferenciada. Los símbolos son un elemento imprescindible en toda cultura política y hacen ver que la acción y la institucionalización políticas se explican, por lo general, por referencia a un sistema de representaciones compartidas por una mayoría amplia en el seno de la sociedad, donde alcanzan expresión las convicciones de la sociedad y las expectativas que dan sentido al proceso político.

¿Es posible que en Navarra hayamos llegado a un punto en el que no tenga sentido pretender hablar siquiera de una cultura política en singular, con independencia del grado de consenso pasado o presente alcanzado sobre los nutrientes y mantenedores de la identificación mayoritaria? ¿Estamos condenados a des-entendernos, capaces únicamente de alimentar culturas políticas permanentemente enfrentadas, hasta el punto de no reconocernos aun cuando convivamos juntos de hecho y de derecho? La actual querella de los símbolos así parece indicarlo, por más que nadie quiera asumir la responsabilidad de la fractura social. En todo caso, la política simbólica propiciada por el gobierno de Navarra y el cuatripartito que lo sustenta, no se aviene bien con el discurso de la integración y la transversalidad que invocó Geroa Bai para justificar el cambio.

Podemos discrepar, desde el conflicto de nacionalismo heredado del siglo XX donde sigue librándose la política navarra, sobre quiénes somos, de dónde venimos y adónde vamos, preguntas que afectan a los valores, a la historia, a los principios políticos, y que remueven una y otra vez los cimientos de la identidad colectiva. Pero al menos deberíamos ser capaces de retener lo principal acerca de los símbolos en disputa, aunque sólo fuera para caer en la cuenta de lo paradójico del debate, y no malograr definitivamente los espacios liminales que los mismos símbolos de Navarra vinieron a significar en origen, y que está en nuestra mano recuperar. Valga la pena recordarlo, porque hay abundante bibliografía. El origen oficial del escudo y de la bandera de Navarra data de apenas un siglo, y remite a la iniciativa del vasquismo cultural. En el marco de los trabajos preparativos del centenario de las Navas de Tolosa, fueron ilustres éuskaros y allegados -Olóriz, Campión, Altadill- los autores intelectuales de esos símbolos, adoptados solemnemente por la Diputación en 1910.

El incipiente nacionalismo vasco en Navarra llegó a apropiarse de la bandera roja, hasta el punto de encender la polémica. En los sanfermines de 1911 el alcalde de Pamplona retiró la bandera de Navarra, izando en su lugar la rojigualda española. Con el tiempo, una y otra bandera irán reafirmando y normalizando su presencia. Más conflictiva resultó la convivencia con la bandera tricolor republicana –como se puso de manifiesto con ocasión de la festividad de san Francisco Javier en 1931, cuando se produjo la quema de la bandera navarra en el balcón de Diputación–, aunque ello reforzó dentro de la sociedad la centralidad de la enseña con el escudo, siendo reconocida bien como bandera de todos, bien como expresión de los valores tradicionales, bien como manifestación de la vasquidad. Es entonces cuando se plantea dentro del PNV el debate sobre la ikurriña como bandera nacional vasca, en contra del criterio de Luis Arana, que recordó el carácter originario de la bicrucífera como bandera de Vizcaya. En 1933, el PNV en Navarra acuerda la adopción de la bandera de Euskadi como ‘nacional’ y la de Navarra como ‘regional’. 

¿Es este el planteamiento ideológico o de partido que pretende llevar hoy el nacionalismo vasco a las instituciones, retrotrayéndonos a la guerra de banderas de la Transición, con ánimo de reiniciar el proceso político? La ‘Laureada’, tal y como entró, salió de la bandera de Navarra, que no fue inventada por los Requetés precisamente. Acudir a ese argumento para descalificar a quienes se movilizan por la bandera de Navarra, implica una escasa memoria y a la postre una pobre visión de nuestra Comunidad como sujeto político diferenciado. Puestos a remontar el pasado, si fuéramos capaces de superar el agonismo moral propio del conflicto de nacionalismos (vasco/español) del siglo XX, podríamos revivir quizá las virtualidades últimas de aquellos dos navarrismos (uno con ‘v’ y otro con ‘b’) más genuinos del XIX, con sensibilidades culturales y políticas distintas, pero exponentes ambos de una sentida afirmación de Navarra, que presenta elementos o espacios comunes, como vino a demostrar la creación y adopción oficial de sus símbolos.

Publicado en Diario de Navarra, 1 de junio de 2017