miércoles, 5 de octubre de 2016

Reventón


El PSOE ha sufrido un reventón como consecuencia del bloqueo político practicado por el ya ex-secretario general del partido. Pieza inexcusable aquél en el funcionamiento del sistema, ha visto aumentar la presión hasta que, cegada, la conducción del PSOE ha estallado. Habrá que evaluar los principales daños ocasionados, y atender a la reparación de urgencia para asegurar el suministro inmediato, dejando para más tarde la revisión detallada de todo el edificio. Pero no cabe limitar el examen únicamente al PSOE, la reflexión debería ser más general, y no menos severa, si se quiere cambiar realmente de rumbo la política española.

La lógica de la representación se ha diluido en la cruda disputa del poder, el interés partidista se ha transformado en la imposición de unas facciones sobre otras, y el liderazgo se ha convertido en una cuestión de pura supervivencia personal. Ello no afecta sólo a los viejos partidos, sino también a los nuevos, y a la resonancia que ejercen unos sobre otros. La dialéctica entre vieja y nueva política, lejos de producir pasos hacia delante, los ha dado hacia atrás, resucitando la política más rancia del XIX, caracterizada por las banderías, los agitadores, los pronunciamientos y los golpes de salón, que hicieron desfilar a hombres de todos los pelajes por las jefaturas de los partidos y gobiernos. 

La necesaria cercanía al ciudadano no es simple apelación a la militancia, o su instrumentalización, y menos cuando la crisis del militantismo y de la política actuales responde en gran parte al rechazo de una clase rectora con carnet, que no ha conocido otra actividad profesional que el partido: desde la militancia en las juventudes hasta la ocupación de cargos internos o institucionales, alcanzados los últimos no por su proximidad a la ciudadanía y la sociedad, sino por el asalto o la cercanía a los aparatos de turno, a los que se sirve fielmente para conservar el puesto o intentar asegurar el futuro de una carrera política. Los límites de este planteamiento, supuestamente renovado, se acaban de manifestar en el PSOE, aunque la distinción entre sanchistas y susanistas en este aspecto pueda resultar inexistente.

La dinámica reciente de la izquierda, PSOE y Podemos mirándose a la cara y mimetizándose mutuamente, ha encendido las alarmas, pero se equivocaría el PP si pensara que ello le exime del imperativo de la regeneración. Es importante acertar en el fortalecimiento de los mecanismos de participación y representación dentro de los partidos, sin pretender dorar con el mito del asamblearismo la dejación de responsabilidades. En todo caso, la imagen que se ha generalizado ante la opinión, de un dirigente y su cada vez más reducido círculo de leales capaces de ejercer una resistencia numantina para defender sus intereses personales por encima del partido y de la situación del país, ha sido tan viva como patética. Parecía imposible que pudiera llegar a plasmarse con tanta nitidez.

Sánchez no ambicionaba realmente ser presidente. No tenía un proyecto, ni ideas fundadas más allá de su animadversión a Rajoy y al PP. Le bastaba ser presidente del gobierno un día, porque lo que quería es ser ex presidente el resto de su vida. Que se haya llegado a formular así el problema, muestra las enormes carencias y contradicciones personales de su deriva inmediata. Herido en su orgullo, y no queriendo pasar a la historia por la investidura fallida, era menester que Rajoy experimentara ese mismo trance, aunque luego a él le quedasen muy pocas cartas que jugar. Que tras las graves derrotas del 25-S en Galicia y País Vasco, todavía defendiera su ‘derecho’ a liderar un gobierno alternativo al PP, mientras desde el PSC se solicitaba para ello el concurso de los independentistas, sólo puede entenderse como un movimiento a la desesperada.

El reventón ha sido inevitable y a Sánchez le ha faltado un día para explicarse mejor. La noticia de la pérdida final de un escaño del PNV en favor de Bildu, conocida en plena refriega socialista, posibilita una nueva aritmética vasca. ¿Habría defendido Sánchez unir los votos del PSE a Podemos y Bildu para favorecer el ‘cambio progresista’ frente a la derecha vasca del PNV, el afín ideológico al PP, con quien animaba a Rajoy a pactar su investidura, para luego tener él la libertad de hacerlo? Si la posición socialista era y es favorecer la gobernabilidad vasca, aun condicionando al PNV, contra Podemos y Bildu, también se puede hacer lo mismo en Madrid atendiendo al nuevo escenario político español que ya no es bipartidista. Hacer una política y la contraria, aquí o allá, con el único argumento del intercambio de cromos, es posiblemente la razón de fondo que explica el actual reventón del PSOE. La pendiente ahora es dificultosa de subir, pero cuanto antes se afronte el trabajo mejor para todos.

Publicado en Diario de Navarra, 5 de octubre de 2016

lunes, 27 de junio de 2016

Hora de decisiones


Las elecciones del 26-J han sido históricas, fundamentalmente porque ha habido que repetirlas. Tras el recuento, llega la hora de las decisiones, ya no cabe marear la perdiz. La dificultad no estriba realmente en los números, que sabíamos resultarían de nuevo endiablados, y ni siquiera en las variables a controlar, que las tenemos muy claras después de lo visto y vivido desde el 20-D. El verdadero problema estriba en la falta de credibilidad de nuestros actores políticos en este tiempo nuevo, cada vez más imprevisible y turbulento, como acaba de evidenciar el Brexit.

Digámoslo claro. El PSOE no tiene credibilidad como alternativa de gobierno, por mucho que haya insistido Pedro Sánchez en lo contrario, responsabilizando a otros de su propio fiasco. Podemos no tiene credibilidad como nueva socialdemocracia, aunque sepa comerciar con su travestismo ideológico. Los nacionalismos carecen de credibilidad para garantizar la estabilidad o el cambio político. El PP no tiene credibilidad para la regeneración democrática, por más que no sea el único partido sacudido por la corrupción. Ciudadanos ha conseguido despertar dudas acerca de su ambición, madurez y el papel de justiciero que se atribuyó para no perder protagonismo, y lo ha cedido.

Les conocemos bien, mejor que antes, pero lo principal tampoco son los nombres, aunque algunas fórmulas de gobierno puedan acabar dependiendo de ellos. Las posibilidades se cuentan con una mano. 1) Gobierno en solitario del PP, como partido más votado al alza, con abstención del PSOE y C’s. Sería un ejecutivo muy débil e inviable a medio plazo, y no lo quiere ni Rajoy, no hace falta que se lo diga Rivera. 2) Gobierno PP-C´s con abstención del PSOE. Se antoja como un gobierno débil pero viable, con el sacrificio quizá de Rajoy. 3) Gobierno PP-PSOE. Un gobierno fuerte, pero escasamente creíble, que aparecería como blindaje de los viejos partidos del bipartidismo, dispuestos a seguir adelante, como si no hubiera pasado nada. 4) Gobierno PP-C´s-PSOE. Gobierno muy fuerte y creíble, dentro y fuera de España, con distintas posibilidades de liderazgo, pudiéndose imponer la opción del partido minoritario como última salida para lograr la coalición, aunque aritméticamente sea irrelevante.

Y 5) Gobierno PSOE-Podemos. Un gobierno con suficiente mayoría parlamentaria, con el apoyo de los nacionalistas, pero que –independientemente del orden de los factores– se hace muy difícil, más aún después del Brexit. Lo que no tiene sentido es la fórmula PSOE-C´s-Podemos, lo único que intentaron los socialistas tras el 20-D, para no tener realmente que decidir. Sometidas más que nunca a los efectos caprichosos de la ley D’Hondt, las cuentas de las urnas facilitan o complican las cosas, según se mire, pero ha llegado la hora de las decisiones. La posibilidad de un gobierno moderado y reformista que afronte con prudencia pero sin miedo los cambios que requieren la España y Europa actuales, está al alcance de la mano, si en lugar de qué hay de lo mío, se piensa por una vez en lo común.

Publicado en Diario de Navarra, 27 de junio de 2016

domingo, 29 de mayo de 2016

Espíritu de resistencia


Las nuevas elecciones del 26-J constituyen para todos una auténtica prueba de resistencia. Primero para los ciudadanos, obligados a cargar con la cruz de sus inoperantes políticos y que se hallan descorazonados y al borde del agotamiento, hasta el punto de faltarles las fuerzas, si no las ganas, para ir de nuevo a votar; de ahí que la abstención vaya a resultar clave en estos comicios. Y segundo para los propios políticos, que vuelven firmes a la carga después del primer embate, con voluntad de resurrección o cuanto menos con esperanza de recuperación, resistiéndose con mayor o menor habilidad a desaparecer o a ser destruidos.

Resistir es vencer. “La guerra se pierde cuando da uno la guerra por perdida. El vencedor lo proclama el vencido: no es él quien se erige en vencedor. Y mientras haya espíritu de resistencia, hay posibilidad de triunfo”. El pensamiento es de Negrín, expresado en 1938, pero condensa bien la actitud mantenida por Pedro Sánchez desde el 20-D. El problema de Sánchez, responsable principal de la nueva cita en las urnas, es que su guerra ni siquiera es electoral, es personal, y eso parecen tenerlo claro muchos dentro del PSOE. El 26-J es su última oportunidad, que puede acabar esa misma noche con el recuento de votos.

Sánchez se ha mostrado capaz de repetir el mismo discurso una y otra vez, sin aceptar que el ‘no’ se lo den a él y no él, pero cada vez le queda menos espacio donde jugar. La alianza de Iglesias y Garzón rompe la idea de transversalidad defendida inicialmente por Podemos, y a la que se había aferrado Sánchez para defender su imposible acuerdo a tres. El debate vuelve así a situarse en el eje ideológico izquierda/derecha para complicar mucho más las cosas a los socialistas. Si el PSOE para ganar terreno se afanó en tildar de derechas a C’s en la campaña del 20-D, ahora por la misma razón el PP califica a los naranjas de izquierdas aunque acabará pactando luego con Rivera como hizo Sánchez.

El pacto PSOE-C’s de la fallida investidura ha dejado a Pedro Sánchez sin discurso ideológico. Abandonada la vía portuguesa –el acuerdo puro y duro con Podemos– continúa apelando a la necesidad de ‘echar a Rajoy’, como principal elemento diferenciador de su mensaje, aunque paradójicamente el socialista se presenta a sí mismo como paladín del reformismo, la sensatez y la moderación, lo que ha venido constituyendo hasta ahora el discurso del PP. En la precampaña ha invocado también a Adolfo Suárez y su famoso “puedo prometer y prometo”, para incomodidad de Rivera, quien ya había resucitado su herencia. ¿Pretende acaso Sánchez hacerse con el liderazgo del centro-derecha? Así es difícil que el PSOE aguante.

Resistir es vencer, también para Rajoy, al que han dado por muerto demasiadas veces. Desde luego no ayuda a su sustitución al frente del PP el hecho de que quienes más la reclamen y hablen de regeneración dentro del partido sean los antiguos cachorros de Aznar o Aguirre, dispuestos de inmediato a utilizar su olfato político para emprender la caza. Con ellos se reeditaría posiblemente en el PP lo que se ha visto en el PSOE tras la salida precipitada de Rubalcaba. Es triste que el debate sobre la regeneración política, tan necesario, acabe siendo instrumentalizado en beneficio de otros intereses. Y que quienes la propugnan sinceramente no sepan, a la hora de concretar, hacia donde tirar, perdiéndose en postulados contradictorios. De ahí que ni interese hablar verdaderamente del tema.

¿Qué nos van contar entonces en la próxima campaña, qué nuevo espectáculo pueden ofrecer después del que ya han dado? ¿Van a ser claros siquiera los partidos respecto a las alianzas de gobierno? PP y Podemos se muestran confiados en que tensando los extremos mejorarán sus resultados. Con o sin ‘sorpasso’ de Unidos Podemos, podría suceder que los socialistas no sean esta vez determinantes. Si el PSOE sufre un nuevo descenso a los infiernos con Sánchez, éste se vería forzado a dimitir y se afrontaría de inmediato un Congreso que permitiese al partido recuperar, además de la credibilidad, su identidad.

Nadie exige al PSOE que entre en un gobierno de coalición, y menos con PP y C’s, basta con que se abstenga en la investidura, llegado el caso. Si resiste, el PSOE puede aspirar desde el centroizquierda a condicionar necesariamente las grandes reformas estructurales que el país necesita, y que no son las que llegaran a resultar de las coincidencias accidentales de todos contra el PP. Ejercer una doble oposición, al gobierno y a la izquierda radical, como la que podría verse obligado a ejercer el líder socialista, sea quien fuere, es suficiente responsabilidad y servicio al país en la actual coyuntura para cualquier político auténticamente resistente.

Publicado en Diario de Navarra, 29 de mayo de 2016

domingo, 13 de marzo de 2016

El uso partidista de la investidura


La investidura es un acto eminentemente político orientado a la formación del Gobierno que sólo puede saldarse con el éxito o el fracaso. En ese sentido, es también un acto performativo, aunque por lo presenciado hasta ahora, se ha prescindido del resultado, que no de la teatralidad, para más allá de su finalidad hacer un uso partidista de la investidura. Así ha sucedido con el fiasco de Pedro Sánchez y no parece que vayan a cambiar las cosas en los próximos dos meses. Para agotamiento de los electores, sufridos destinatarios de un conflicto de relatos sobre el responsable último de semejante desatino.

La primera cuestión que habría que aclarar, es el papel que algunos atribuyen al Rey, paradójicamente los defensores de la nueva política, o quienes buscan subirse a su carro. El Rey no nombra al jefe de Gobierno, como sucedía en el viejo turnismo de la Restauración, ni siquiera lo propone, por lo que algunos argumentos sobre el ‘no’ de determinados políticos al Rey, léase Rajoy como si de un nuevo ‘no de Maura’ se tratara, están fuera de lugar. Por lo mismo, el Rey tampoco ha mostrado particular inclinación por Sánchez, ni éste puede invocar su atrevimiento de someterse a la investidura como justificación para bloquear en adelante cualquier otra alternativa.


El Rey ya ha manifestado que no propondrá nuevo candidato, hasta que no tenga conocimiento de un acuerdo entre partidos que reúna garantías. Las posibilidades reales son las mismas del primer día. Empeñarse en ampliar el acuerdo fracasado PSOE-C’s a Podemos o al PP, da lo mismo, pero con Sánchez como presidente sí o sí, como si ese fuera el mandato de las urnas o del Rey, sería prolongar el uso partidista de la investidura no se sabe bien con qué provecho final, ni siquiera para el actual líder socialista.

Se puede entender o defender que Sánchez renuncie al pacto de izquierdas –al que miró primero– para asentar una imagen de centralidad desde el centroizquierda (donde se asegura el poder) como seña de identidad del PSOE. Pero esa estrategia, a la vista de los números, es incompatible con la exclusión obsesiva del PP. Que la vieja política ‘anti-PP’, ‘echar al enemigo’, desalojar a Rajoy, sea el gran argumento con que el PSOE de Sánchez pretenda recabar gratis el apoyo a su izquierda, resulta a estas alturas enormemente simplista y decepcionante. Que C’s, por su parte, continuase reclamando la abstención del PP en una renovada apuesta por Sánchez como director de orquesta de la política española, en lugar de trabajar realmente por la gran coalición desde el respeto a la lista más votada, como se propuso inicialmente, sólo tendría sentido en clave de nuevos comicios.

Unas nuevas elecciones son inciertas para todos, pero una reafirmación del ‘acuerdo histórico’ PSOE-Ciudadanos revelaría una clara apuesta electoral. Arriesgada, sin duda. La voluntad de ambos partidos de situarse en el nuevo centro político, un doble centro que acabaría relegando a Rivera al centroderecha, contrariamente a la voluntad de Adolfo Suárez, a quien invoca, que nunca renunció al centroizquierda, entendido como reformismo progresista, que ahora reclama Sánchez. No se trata de presentarse juntos a las elecciones –como pretende descalificar Rajoy– sino de confiar en que el PP no resista al nuevo envite electoral –asediado por la corrupción– y acabe explosionando, como sucediera con UCD, contingencia que les beneficiaría a ambos. 

Esa esperanza –por inverosímil que pueda parecer– es lo que realmente les une, mucho más que las 200 reformas para España. Explotar en beneficio propio la imagen de coraje y responsabilidad política en favor de los intereses generales, que se ha querido trasladar en el fallido proceso de investidura, proyectando sobre PP y Podemos la actitud cicatera del bloqueo persistente por simples ambiciones personales. Hacerse con una parte sustancial del electorado del PP y evitar el sorpasso de Podemos. Si al final la suma de PSOE y C’s roza o alcanza la mayoría absoluta, y pueden gobernar en coalición, el uso partidista de la investidura habrá resultado un éxito. 

En eso parece consistir la Segunda Transición, en un nuevo escenario de cuatro partidos, donde PP y Podemos acaben representando a la vieja AP y al PCE, C’s a la UCD y el PSOE, en riesgo de desaparición, siga siendo el PSOE. ¿Para acabar reeditando el bipartidismo, esta vez con alternancia pacífica en el poder? La frivolidad adolescente con que los políticos más jóvenes han aludido a la Transición en el debate de investidura es la nota menor del espectáculo ofrecido. Únicamente las encuestas de opinión durante las próximas semanas podrán evitar unas nuevas elecciones. Sólo si las tendencias de los sondeos se revelan contrarias a los intereses partidistas o de determinados líderes, asistiremos a movimientos inmediatos conducentes a una investidura exitosa. En nombre del bien común y de España, por supuesto.

Publicado en Diario de Navarra, 13 de marzo de 2016

viernes, 15 de enero de 2016

Política y confusión


La política española se ha vuelto interesante, confusa y perturbadora. Para bien o para mal se han despejado algunas incógnitas, pero es difícil ver con claridad y hay cosas que causan perplejidad. En Cataluña el independentismo, que dice servir a un mandato popular, ha llegado in extremis a un acuerdo de gobierno para evitar unas nuevas elecciones, que temían más que al Tribunal Constitucional. Artur Mas ha dado un paso atrás, no para salvar el proceso sino a su partido –expresión como ninguno de la vieja política– de la ruina total. Contra la corrupción, más nacionalismo, y aprovechando la confusión los ladrones corren a ponerse a salvo. Si cuesta entender el apoyo final de la CUP al sucesor de Mas (el mismo alcalde de Girona a quien ellos denunciaron en los tribunales), tampoco es una garantía de nueva política el apoyo generalizado al ‘derecho a decidir’ que abandera Podemos, buscando reforzarse con fuerzas nacionalistas como ya hiciera el PSOE en tiempos de Zapatero.

Mientras PP, Ciudadanos y PSC están juntos por primera vez en Cataluña, ¿por qué se antoja imposible que puedan afrontar juntos desde el Gobierno de España el reto secesionista y otros desafíos que comprometen al país? Vivimos en tiempos confusos y rodeados de políticos confundidos, por lo que el espejismo de las negociaciones mantenidas para la constitución del Congreso, no debe hacer pensar que estemos ya en la antesala de un acuerdo para el Ejecutivo. Las aritméticas del 20-D complican el asunto, pero la dificultad no está en que haya muchas personas o cosas para discutir, sino en que se confundan una vez más las verdaderas motivaciones e intereses de los actores. El PP se aferra para gobernar a que ha sido la lista más votada, pero no es un argumento suficiente cuando el sistema electoral no prima esa circunstancia. Lo paradójico es que, aun así, y habida cuenta de la incapacidad manifestada hasta ahora por los populares para el diálogo, podrían continuar liderando el gobierno.

Podemos ha apretado desde la misma noche electoral al PSOE, estableciendo exigencias que exceden las posibilidades prácticas (no ya teóricas) de los socialistas, contando como tiene el PP la fuerza suficiente (más de 117 diputados y control del Senado) para bloquear cualquier reforma constitucional, e Iglesias lo sabe. Su objetivo inmediato no es ser segundón en un gobierno con los socialistas sino dar caza al PSOE y convertirse al menos en la primera fuerza de la oposición. La pataleta de Podemos al ver frustrada su inverosímil pretensión de formar cuatro grupos parlamentarios, haciendo responsable al PSOE de una previsible falta de entendimiento para forjar un gobierno alternativo al PP, es simple actuación. Podemos sabe hacer buenas campañas y remontadas, pero eso no es nuevo en la política española, y pese a su cacareada ‘segunda transición’, persisten las dudas de que ese tránsito, con ellos, vaya a ser de la democracia a la democracia, colmando el sentido deseo de regeneración política que albergan los ciudadanos.

El PSOE no tiene una fácil salida desde la posición en que ha quedado tras el 20-D. No se pueden obviar las razones del surgimiento de los nuevos partidos, pero no es lo mismo caer desde el cielo, como le ha sucedido al PP, pues lo esperable es un efecto rebote, que hundirse desde su suelo, lo que es sinónimo de entierro. Esta es la lectura que han hecho los barones del PSOE de los resultados, dando a Pedro Sánchez por amortizado. Éste se afana por erigirse en la palanca del cambio, colocándose en el centro entre la nueva derecha de Rivera y la nueva izquierda de Iglesias, obnubilado Sánchez por ningunear al PP, y está dispuesto a morir en el intento, aunque no consiga confundir a nadie. Robándole el discurso a C’s, que ha venido esforzándose con mayor o menor éxito por resucitar el centro reformista y progresista del CDS de Adolfo Suárez, únicamente conseguirá dar la puntilla al PSOE, lo mismo que si se entregara ingenuamente a Podemos. 

Por otra parte, una gran coalición PP-PSOE se tomaría como blindaje del bipartidismo y del estado actual de cosas. Y hay mucho que cambiar. Un entendimiento PP-Ciudadanos-PSOE, sin necesidad de entrar en el gobierno, haría del PSOE la izquierda responsable con iniciativa que condiciona necesariamente las grandes reformas de la España del siglo XXI, corrigiendo el punto de mira del PP y dejando a Podemos en el papel de populismo radical, sin capacidad de erigirse en alternativa real de gobierno. Unas nuevas elecciones inmediatas no beneficiarían más que al PP y a Podemos, y no ayudarían en consecuencia a acometer con realismo y decisión los verdaderos problemas e intereses colectivos, una tarea que requiere el concierto y sentido de la moderación que han regido los mejores momentos de nuestra historia, frente a los períodos de desorden y confusión.

Publicado en Diario de Navarra, 15 de enero de 2016