lunes, 9 de julio de 2018

Modo Sánchez


La política española ha entrado en modo Sánchez, es decir, en una dinámica impredecible. El objetivo principal del nuevo presidente de Gobierno es mantenerse en Moncloa para afirmar al PSOE de cara a las próximas elecciones y así poder continuar él en Moncloa. Si de ello se deriva algún bien para España, estupendo. Si no, ya vendrán otros a arreglar los posibles desaguisados. Es una manera muy burda de decirlo, lo cual no quiere decir que no sea verdad.

Los hechos hablan por sí solos, y por supuesto admiten distintas interpretaciones. Sánchez estuvo rápido con la moción de censura. Ni consulta a las bases ni reuniones previas de los órganos del partido. No se podía fallar la ocasión. El Rajoy incombustible, el hombre que sabía medir los tiempos, fue destrozado por el tornado de una tormenta perfecta. La última imagen de Rajoy, no obstante, renunciando a todo antes de desaparecer, deja un claro mensaje en clave de regeneración democrática a quién pudiera alimentar el propósito de ser presidente por un día para disfrutar de las prerrogativas de expresidente el resto de su vida.

La moción tuvo poco de constructiva, fue una alianza negativa, sin programa ni negociaciones previas, al menos aparentemente. Sánchez invoca el sentido de estado para asegurar la estabilidad política, pero excluye del diálogo a quienes eran sus interlocutores hasta ayer para las cuestiones de estado. Ni el asunto de los presos de ETA ni la situación catalana han sido habladas con el PP y C’s por el actual gobierno. ¿De qué va a hablar Sánchez con Torra el próximo 9 de julio? ¿De la agenda preparada por el líder de Podemos, embajador de Madrid en Cataluña? ¿Qué medidas supeditadas a una reforma constitucional pueden ofrecer sin contar con el PP? ¿O se trata de explorar las posibilidades de un ‘régimen post78’ con el concurso una vez más de los nacionalistas?

Para el presidente Sánchez la fractura social de Cataluña es responsabilidad del anterior Gobierno de Rajoy, no de quienes utilizaron la Generalitat contra el Estado. Seguramente la exhumación de Franco del Valle de los Caídos, una prioridad nacional, podrá reparar esa brecha poniendo fin a una crisis política abierta desde… ¿la Transición? El discurso lo tiene armado Podemos desde hace años y, si le dieran ocasión desde la nueva RTVE, el vicepresidente oficioso del gobierno (que no cesa de manifestar su voluntad de darle otra vuelta de Tuerka al ente público) lo adaptaría a conveniencia, siguiendo la experiencia de la TV catalana (todo un ejemplo de pluralidad, y que nadie toca).

En la política española no hay pudor ni para esconder las propias obsesiones. La de Sánchez es construirse la imagen de presidente, con álbum de fotos incluido (qué mejor jefe de gabinete que un experto en marketing político). En el PP, que también ha entrado en modo Sánchez, es decir, en una dinámica impredecible, algunos juegan a destruir la imagen de otros (Margallo obsesionado con la exvicepresidenta), o a recomponer si fuera posible la personal. Resulta casi surrealista el ofrecimiento de Aznar para reconstruir el centroderecha, olvidando de manera interesada que los lodos de la corrupción que se han tragado a Rajoy, provienen de los barros de Matas, Esperanza Aguirre o Zaplana, aznaristas confesos. 

El PP juega ciertamente a la ruleta rusa con vistas al próximo congreso del partido. La sombra de Aznar sobre Casado es presentada por el joven candidato (que apela al relevo generacional) como garantía de unidad; mientras que las dos mujeres que pugnan entre sí por convertirse en la primera presidenta del gobierno de España no pueden desprenderse de la herencia de Rajoy. La aparente ventaja de Cospedal como secretaria general que dispondría de un mayor control sobre el aparato del partido para la elección de los compromisarios, puede quedar anulada por figuras como Arenas que lo saben todo y se sitúan al lado de Soraya, la candidata más alejada de la historia y estructura del partido, y que podría tener mayor tirón electoral. Toda esta incertidumbre beneficia a Sánchez y mantiene a la espera a un descolocado Rivera.

El modo Sánchez genera también un compás de espera en Navarra, no menos impredecible. Cerdán, un fiel del presidente Sánchez, se precipitó a la hora de bendecir el futuro gobierno progresista de la Comunidad Foral donde, sin grandes matizaciones, situaba al PSN al lado cuanto menos de Geroa Bai como signo del nuevo tiempo político. Los nacionalistas, encantados, sin duda. No es un escenario imposible. Quedan por ver las últimas actuaciones en Navarra del circo Podemos, y cómo pueden afectar al incremento del voto socialista. ¿Hasta el punto de adelantar a Geroa Bai? El efecto Sánchez lo puede favorecer, pero ¿se mantendrá éste sin debate alguno de aquí a las próximas elecciones forales?

Publicado en Diario de Navarra, 8 de julio de 2018

lunes, 14 de mayo de 2018

El legado ambivalente del 68


El 68 fue un movimiento que alcanza al conjunto de los países industrializados estableciendo referentes subversivos fuera de esas fronteras. Los historiadores han enfatizado el carácter transnacional del fenómeno, así como la pertinencia de atender a un contexto temporal más amplio (‘los años 68’, la década 1965-1975), donde los movimientos de los 60 y el propio 68 francés no serían más que el acelerador de un conjunto de transformaciones en marcha desde la segunda posguerra mundial. Asimismo, han insistido en la dimensión cultural del 68 y retomado desde esa perspectiva la reflexión sobre el legado del 68 como derivada de una memoria global del 68.

La originalidad del escenario francés, con la conjunción incompleta y conflictiva del movimiento estudiantil y la huelga obrera, dificulta su interpretación, aunque refuerce el sentimiento de rechazo frontal a una sociedad volcada al consumismo y que es percibida como hipócrita y conformista. ¿Qué fue el 68 francés? ¿Una experiencia “insaisissable”(de Gaulle), una revolución “introuvable” (Aron), un acontecimiento “monstre” (Nora) o un fundamental “événement de paroles” (Canut y Prieur)? “Se puede hacer decir todo a mayo del 68”, consideraba un antiguo activista al filo del 40º aniversario. Por ello, medio siglo después, es más necesario que nunca repensar el 68.

El mayo francés significó una doble explosión de la palabra y la acción.La imagen de Certeau, en la inmediatez de los hechos, resulta sugestiva: “En mayo pasado, se tomó la palabra como se tomó la Bastilla en 1789”. El 68 se presenta como una liberación de la palabra, la reivindicación del ‘derecho a hablar’ de todos, pero en nombre propio. Por primera vez, una revolución social se vuelve un fenómeno de lenguaje, que resulta al mismo tiempo un desafío político. La palabra impertinente y excesiva, como nueva arma simbólica, se convierte en una fuerza de emancipación política.

El mito de la barricada adquiere un nuevo sentido: pierde su utilidad militar para constituir la “delimitación de un lugar de la palabra, de un lugar donde el deseo puede inscribirse y llegar a la palabra” (Geismar). La ciudad como libro colectivoacoge la “palabra salvaje” (Barthes) de las auténticas fuerzas vivas del movimiento, ansiosas de pronunciarsecontra el orden establecido o simplemente de desenmascarar a través del humor, la parodia, la paradoja o lo insólito los límites de todoslos viejos discursos. Se trata de poner la palabra al servicio de la vida, como refleja la proximidad del situacionismo con el lenguaje de mayo (“Queremos vivir”, “Vivir sin tiempos muertos”, “Sed solidarios y no solitarios”, “La cultura es la inversión de la vida”, “Creatividad, espontaneidad, vida”).

El 68 apela a una política creativa donde la vida cotidiana quede en el centro de la cuestión social, y sea capaz de alumbrar una nueva civilización que trascienda la cosificación económica (Marcuse). Esa aspiración ha recobrado actualidad: una nueva política sensible a la vida de la gente, que mueve a la presencia y participación ciudadanas, un deseo de vivificar las instituciones tanto como el lenguaje. El 68 establece así un doble compromiso con la creatividad y la crítica, entendidas como herramientas fundamentales para la construcción social. El deseo inscrito en la palabra no como carencia sino como producción y extensión del campo social (Deleuze).

La sublimación subversiva del deseohizo aflorar una cultura de la autenticidad entendida como afirmación absoluta del propio ser singular. Frente a cualquier norma externa se defiende el derecho a la diferencia, sea cual fuere. Las normas de vocación universal desaparecen en beneficio de los particularismos, lo que dificulta seriamente la comunicación y el fortalecimiento del pensamiento: el pensamiento débil acabará identificado con el pensamiento correcto, soslayándose toda discusión sobre una política de límites. Esta es, sin duda, la parte más incómoda del legado del 68, y la que invita a reflexionar. 

De la dinámica de transgresión del orden establecido se ha pasado a la banalización actual de cualquier realidad, reducido todo a una única dimensión, lo que nos devuelve a la crítica marcuseana. El relativismo del 68 ha favorecido, por paradójico que resulte respecto a la atmósfera en que se desenvolvió el movimiento, un nuevo conformismo –la instalación en el presente, sin mayores expectativas de futuro– cuyos contornos ideológicos superan el individualismo liberal/libertario de los 80, tal y como ha sugerido Castoriadis al caracterizar el posmodernismo como conformismo generalizado. 

Esta ausencia de verdades madres facilita la disgregación de la comunidad, el abandono de la búsqueda de la unidad, y reduce la pluralidad a una amalgama (posmoderna) de espíritus que erosiona el valor de la democracia. La actual amenaza populista, de derecha o izquierda, no es una casualidad. Es lo que sobreviene cuando la palabra liberada prescinde de toda palabra de autoridad, y acaba convertida en vieja demagogia, como se registra últimamente en el discurso de algunos grupos o movimientos que, en su origen, como el 68, hicieron de la calle un lugar de la palabra al que atender y escuchar.

Publicada en Diario de Navarra, 14 de mayo de 2018

jueves, 19 de abril de 2018

Talento político


El talento político escasea. En España, de manera escandalosa en comparación con los países de nuestro entorno, y Navarra en esto no es una excepción. Es lo que tenemos. Nos resignamos, haciendo gala de virtud cristiana, pero pecando de falta de virtudes cívicas. La distancia, el divorcio mejor, entre los políticos y la ciudadanía es responsabilidad de la clase política, pero también nuestra. 

El jacobinismo, que algo bueno tuvo, apeló a una ciudadanía activa y virtuosa, atenta y preocupada por la cosa pública, capaz de hacerse presente en el escenario y el debate público, atando en corto a sus representantes. No se trata hoy de cortar cabezas, pero sí de exigir responsabilidades directas cuando quienes gobiernan dejan de preocuparse por la defensa concreta del orden de libertad y del bienestar general, y únicamente se ocupan de su propio interés, dejándose llevar por una excesiva ambición, 

Hemos dejado de lado la virtud de la participación, que compete a todos, tengamos o no una responsabilidad política directa, y los políticos campean a sus anchas, creciendo y reproduciéndose en sus propios viveros. Nos sorprende que aquí no dimita nunca nadie, señal de que las gentes ordinarias somos vistas como excesivamente ordinarias por parte del poder y sus cortesanos, y no piensan que deban dar cuentas ante la opinión. Somos responsables de los políticos que tenemos. 

Nos sorprende también que el segmento más poblado de nuestra fauna política no haya conocido otra actividad profesional que la relacionada con la política, a diferencia de lo que sucediera con la generación de la Transición, hoy tan denostada y en liquidación. Eso puede explicar la obsesión por los títulos de tanta legión de ministros y ministras, consejeros y consejeras, diputados y diputadas, y hasta de algún presidente o presidenta autonómica, en busca de honores y riquezas que llevan a perder la cabeza.

Esa necesidad sentida de tapar las propias vergüenzas o de realzar la presencia ante una audiencia a la que realmente se desprecia, es la más clara manifestación de falta de talento político. Nuestros próceres y ‘próceras’ reducen el talento político a su dimensión más simple. Necesitamos políticos con formación más allá del manual del partido, sí. Pero cuando se pretende disfrazar el capital intelectual y las competencias funcionales que todo político debe poseer, con resultonas prendas académicas al uso, fáciles de poner, como han venido a ser los másteres, es señal de que no hay otra cosa que ofrecer. 

Elementos sustanciales del talento político son también –o sobre todo– la calidad humana, la inteligencia moral, la cultura del compromiso, la responsabilidad social, los comportamientos, la comunicación entendida no como propaganda o demagogia –síntoma igualmente alarmante de falta de auténtico capital intelectual– sino como capacidad de dar razón de las propias acciones y decisiones a una ciudadanía …que ya ha salido a la calle como Diógenes con su lámpara en busca de políticos verdaderamente sabios y honestos.

Publicado en La Ventana-Sociedad Civil Navarra, 19 de abril de 2018

domingo, 18 de marzo de 2018

Secesionismo y deconstrucción


Es frecuente asociar el término deconstrucción a la voluntad de desmontar los planteamientos metafísicos, al empeño de anular los opuestos o, en general, a la operación de desmitificación o desideologización de cualquier discurso esencialista, ignorante de los estratos temporales que esconde su propia estructura conceptual cuando aborda la pregunta ‘¿qué es…?’. Nos gusta deconstruir, no tanto que nos deconstruyan, pues estamos convencidos que ideología es el pensamiento del otro, no el nuestro, siempre capaces del más fino análisis intelectual.

La cuestión catalana ha pasado ya de la fase puramente destructiva a la propiamente deconstructiva, más sugestiva. Durante la última década asistimos, incrédulos e impotentes la mayoría, al proceso de metamorfosis del catalanismo. Contemplamos cómo del nacionalismo moderado se pasaba al secesionismo; del sentido común y el pragmatismo de los líderes a la sinrazón y la sinvergonzonería; del posibilismo político a la obcecación ideológica; de la modernización económica a la destrucción del tejido empresarial y a la fractura social.

Ha sido un espectáculo excesivamente largo y tedioso, sin mayor aliciente para las gentes sensatas que la especulación sobre la forma que revestiría el fracaso final de la intentona secesionista. Ha sido un puro acontecimiento de palabras, muy disociado de la experiencia del mundo real, si no fuera por las consecuencias demasiado visibles y desgraciadas que tanto discurso fatuo ha acarreado. Todos convienen que el ‘procés’ está muerto, aunque no sepan cómo enterrarlo. Este es el último acto del drama que presenciamos.

La parafernalia discursiva y los simulacros de acción de los secesionistas (consultas populares y declaraciones parlamentarias incluidas), sin verdadera referencia a la auténtica realidad de las cosas, han mostrado su impotencia ante lo que no ha sido, paradójicamente, más que silencio y acción contenida por parte del Gobierno: la aplicación de un 155 mínimo precedido y seguido de un discurso también mínimo. En representación del Estado, aquí quien ha hablado ha sido el rey Felipe, con bastante claridad y dureza, por lo que no ha gustado evidentemente a todos.

La prudencia del PP gobernante (su falta de coraje y los complejos en el sentir de muchos de sus votantes) le ha pasado factura en las elecciones catalanas convocadas por el propio Rajoy al amparo del 155, y el futuro pinta amenazador, a tenor de las encuestas que desde entonces apuntan a un ‘sorpasso’ de Ciudadanos (C’s) en el centro derecha español, sino sucede algo mayor. El fantasma de UCD sigue vivo. El presidente invoca su principal responsabilidad de defender el orden institucional de libertad, antes que atender a sus intereses particulares o electorales, pero eso no le valió a Suárez (que incluso se atrevió a dimitir) para evitar la destrucción de su partido.

El golpe catalán ha puesto a prueba la capacidad de aguante de la sociedad española, muy resentida tras la experiencia de la crisis económica. Rajoy se reivindica como artífice de la recuperación, pero no valora suficientemente el efecto de cansancio acumulado y hasta agotamiento que ha venido a añadir la cuestión catalana, jugando desde el inicio el secesionismo con explotar a su favor la presunta debilidad española ante la crisis. Los detalles conocidos a raíz de las investigaciones policiales y judiciales sobre la utilización concreta que se ha hecho de las instituciones autonómicas catalanas para atentar contra el Estado y contra las reglas democráticas de convivencia y respeto político al adversario, se vuelven también contra la inacción del Gobierno de España.

La desmoralización de la sociedad hacia sus gobernantes y los políticos en general ha sido instrumentalizada por el populismo, cuyo potencial destructivo se acaba de poner de manifiesto en Italia, pero ha provocado también el rearme de la sociedad civil, con logros evidentes como se está viendo en Cataluña con la reciente irrupción de Tabarnia. Con ella, la cuestión catalana ha iniciado –sorpresivamente por su eficacia– la etapa deconstructiva. El secesionismo ante su espejo se muestra realmente impotente. Resulta más fácil desmontar una estructura conceptual, como sin duda es el nacionalismo, utilizando su misma argumentación, pero en sentido inverso. 

Desde los resultados electorales del 21-D, donde la concurrencia separada de los secesionistas permitió a Ciudadanos convertirse en el partido más votado de Cataluña, las cosas siguen cambiando. El discurso del actor Boadella en el exilio, semanas después, emulando mucho más a Tarradellas que a Puigdemont, ha dignificado la virtud del humor como virtud cívica frente a las inadmisibles patochadas de algunos políticos que envueltos en su bandera personal han perdido hasta el sentido del ridículo. Ha demostrado también su poder moralizador (en el sentido orteguiano de elevar la moral) y movilizador, no ya en la calle como se vio el pasado 4 de marzo, sino en la opinión pública. La última encuesta de voto catalana, con fuerte descenso del apoyo al secesionismo, parece certificar el éxito de la deconstrucción como estrategia de lectura aplicada a la política.

Publicado en Diario de Navarra, 18 de diciembre de 2018

domingo, 3 de diciembre de 2017

Sentido de pertenencia


Si algo salta a la vista en Navarra es su carácter liminar, lo cual implica renunciar a cualquier planteamiento absoluto o trivial a la hora de referirse a ella. Decir que Navarra es Navarra es decir muy poco realmente. Las mismas características del solar navarro hablan de su gran diversidad natural, entre el Pirineo y la depresión del Ebro, entre las Españas húmeda y seca. Territorio de encrucijada, ‘puerta de Europa’ para otras comunidades españolas y ‘puerta de España’ para otros países europeos –como gustaba repetir el geógrafo Alfredo Floristán Samanes–, Navarra se presenta como una tierra heterogénea cuya unidad se funda precisamente en la riqueza y complementariedad de aptitudes y recursos, también humanos, afirmados en la historia. Los sucesivos aportes de vascones, romanos y musulmanes, de aragoneses y castellanos, de españoles y franceses han forjado el ser y el existir navarros. La Navarra de ayer y de hoy no se entienden sino como un cruce de culturas en un medio natural atractivo y diverso.

Navarra es un gran espacio de frontera que –según plantea la convocatoria del próximo congreso de la SEHN– exige atender constantemente a su situación ideal entre lo viejo y lo nuevo, lo de fuera y lo de dentro, lo admitido y lo extraño. El hecho diferencial navarro es el mestizaje. La ambigüedad, la hibridez, la propia dificultad para apreciar los límites de la frontera hacen de Navarra un gran umbral de convivencia que lejos de diluirlo ha reforzado el propio sentimiento de identidad navarro, y facilita que se integren en él otros niveles de pertenencia. El Barómetro del Parlamento de Navarra 2016 –elaborado por la UPNA– ponía de relieve el peso del sentimiento navarro como identidad única (45,1%) frente a quienes se consideraban exclusivamente españoles (8,9%), vascos (5,4%) o europeos (5,1%). Combinando identidades únicas y mixtas, el valor más amplio del sentimiento navarro (80,6) era muy superior al vasco (34,1), español (24,3) o europeo (5,1).

Otros estudios –como los paneles de tendencias de CoCiudadana– establecen cómo tras la familia y los amigos, el ‘apego a la tierra’ destaca particularmente entre las prioridades navarras, muy por encima del trabajo, el tiempo libre, el tejido asociativo o la política. Asimismo, los informantes consultados atribuyen como primeras características de la idiosincrasia de los navarros el ser ‘amantes de su tierra’ y ‘tradicionales’, antes que trabajadores o solidarios. Así, entre los distintos sentimientos (de unidad, coherencia, pertenencia, valor, autonomía, confianza) que componen el sentimiento de identidad, el sentido de pertenencia adquiere en los navarros una dimensión fundamental a la hora de organizar la propia voluntad de existencia, operando sobre los patrones y formas personales de percibir, de recordar, de vivenciar y estructurar el espacio y el tiempo, de anclarse en la propia comunidad.

La historiografía de los últimos siglos o la propia literatura de viajeros han sabido recoger, con colores nativos o desde la mirada del otro, esta cualidad. La obra de Yanguas, o la de Olóriz, Iturralde y Campión –en estos días envuelto de nuevo en la polémica–, o la de Caro Baroja, aceptado por todos, entre muchos otros nombres, insistieron en el valor de las antigüedades navarras, de sus leyendas y tradiciones, del apego a lo local, contribuyendo a reanimar o preservar la identidad cultural sin convertir la diferencialidad de Navarra en una unidad antropológica, lingüística o fisiográfica. Por su parte, la mirada del viajero romántico, una mirada con el alma que adquiere nuevas formas actuales, ha sabido poner siempre el paisaje al servicio de la reflexión, fundirlo con la poesía, penetrar el sentido de los usos y costumbres populares o el misterio de las lenguas propias en convivencia, para no dejarse vencer por el poderoso embrujo del territorio (en el progresivo contraste entre montaña y ribera, del Valle del Baztán al desierto de las Bardenas), contribuyendo esa mirada extraña a reforzar la propia conciencia nativa.

Nada de lo que sustenta el sentido de pertenencia y el propio sentimiento de identidad de los navarros debería utilizarse como instrumento político de división. Pese a las diferencias socioculturales y lingüísticas, la voluntad de seguir siendo navarros (se exprese con ‘v’ o con ‘b’) ha sido una constante en el devenir histórico y político de Navarra. También la capacidad personal y colectiva de transitar y proyectarse desde espacios menores a mundos mayores, lo que lleva a descubrir asimismo numerosas fisuras, confluencias y fugas respecto a cualquier sentimiento de pertenencia primordial. Esto último puede entenderse como una consecuencia más de la liminaridad, que favorece la conciencia de una ‘identidad compuesta’, en la acepción de Maalouf. Pero, sin negar la necesidad de arraigo, es algo que responde al propio sentido de la libertad humana que hace, a la postre, que el individuo sea irreductible a su linaje, a su comunidad o a su nación, que los hombres “ya no pertenezcan a su pertenencia”, en palabras de Finkielkraut.

Publicado en Diario de Navarra (suplemento Marca Navarra)
3 de diciembre de 2017

miércoles, 27 de septiembre de 2017

Radicalización inducida


Los fenómenos de radicalización inducida no son nuevos en la historia de España. Forman parte de la experiencia revolucionaria y no son sino una particular forma de comunicación entre las élites y el pueblo. Sobre ello reflexionó Julián Marías desde el lenguaje de la física: la carga eléctrica exterior electriza el interior, sin necesidad de que se hayan producido cambios internos espontáneos. Las posturas se tensan y la dialéctica de mutuas exclusiones se abre paso frente a cualquier apuesta por la moderación, el entendimiento o el diálogo. Las lealtades se cuartean y lo que hasta entonces se tenía como positivo y beneficioso se muta repentinamente en sospechoso o nocivo, malográndose la concordia y el consenso mismo acerca de la autoridad y lo que es legítimo.

Es lo que sucede en Cataluña. Apelar a un conflicto de larga duración con España para entender lo que estamos viviendo no tiene mucho sentido. ¿Desde cuándo data ese conflicto? ¿Desde los proyectos del conde-duque de Olivares y la sublevación de 1640? ¿Desde la Guerra de Sucesión de 1714 convertida en ‘guerra de secesión’ por la propaganda nacionalista de 2014? ¿Será desde el bombardeo de Barcelona por el denominado ‘general del pueblo’, Espartero, que acabó así en 1842 con la insurrección de los sectores populares más radicales de la ciudad, paradójicamente aliados con los grandes intereses económicos de la primitiva burguesía industrial catalana?

Podemos evocar igualmente a los ‘jóvenes bárbaros’ del discurso populista del primer Lerroux, yendo de la mano de los anarquistas en la Semana Trágica de 1909, el mismo dirigente republicano que reprimirá a las bravas desde el Gobierno la rebelión catalana de 1934 (la tercera intentona fallida en la breve experiencia republicana española, después de los amagos de 1873 y 1931). La actitud de Companys proclamando el Estado catalán dentro de una inexistente República federal española decepcionó profundamente a Azaña, el gran valedor del autogobierno catalán en 1932 y acusado injustamente ahora por Lerroux de haber instigado el pronunciamiento catalán.

Conflictos, en plural, han existido, existen y continuarán existiendo. Pero la cuestión más pertinente quizá para abordar el momento actual no es tanto preguntarse por el conflicto sino por la razón de la misteriosa transmutación de una burguesía catalana que fue complaciente con el franquismo después de 1939, en una clase dirigente connivente y hasta comprometida con el separatismo, todo en el horizonte temporal de un simple reemplazo generacional. Se puede apelar a Zapatero que en su pretensión de sellar una alianza estable con el nacionalismo impulsó y luego recortó el nuevo Estatut, nacido sin verdadera demanda social. O apuntar a Rajoy y su cruzada contra Cataluña en el TC para cosechar más votos en el resto de España. Pero no son razones suficientes.

No es fácil separar, sin embargo, la crisis del pujolismo y su sistema corrupto, cuestionado por la propia izquierda nacionalista catalana, del ‘procés’ de radicalización inducida que hemos sufrido. Los herederos de la vieja CiU, jaleados por esa izquierda, han querido aprovechar la supuesta debilidad de España en el contexto mayor de la crisis abierta en 2008 para ocultar la verdadera naturaleza y su propia responsabilidad en la particular crisis catalana. Han electrizado a la sociedad catalana polarizándola al extremo. Han atentado contra la Constitución y el Estatuto –de donde procede el poder que pretenden ejercer soberanamente– creando un vacío que sólo puede ser llenado por el radicalismo. El imaginario independentista se alza contra el absolutismo español buscando la efervescencia revolucionaria en una estrategia de desbordamiento del poder. 

Pero las actuales instituciones políticas españolas no son las del Antiguo Régimen ni las correspondientes a la dictadura franquista, aunque se fuerce esa comparación con el gobierno de Rajoy. Al margen de la parafernalia del referéndum y de la ‘desconexión’ con España, es evidente que la alianza del nacionalismo con la izquierda radical –la CUP pero también Podemos– busca hacer tabla rasa del edificio de 1978, el denostado Régimen otra vez, a cuya instauración tanto contribuyó el antaño nacionalismo moderado catalán, no tanto el vasco. El paisaje después de la batalla del 1-O sólo puede ser de desolación.

La reconstrucción exige diálogo con el nacionalismo, aunque para entenderse hay que saber qué lenguaje estamos hablando y qué se quiere decir cuando se dice lo que se dice. El ‘nuevo PSOE’ ha reintroducido con considerable confusión el debate de la plurinacionalidad, como quien acaba de llegar y se ha perdido el hilo anterior de la conservación. Desde la Declaración de Barcelona de 1998 el nacionalismo ha dado por liquidado el Estado autonómico y habla de un Estado plurinacional como sinónimo de Estado confederal, algo incompatible con los artículos 1 y 2 de la actual Constitución. ¿Ese es el nuevo punto de partida para la solución del ‘problema territorial’ en la Comisión que se pretende crear, o seguimos hablando por hablar?

Publicado en Diario de Navarra, 27 de septiembre de 2017