miércoles, 21 de agosto de 2013

Regeneración política


En España, el mes de agosto es el tiempo de vacaciones por excelencia, que nos permite entrar en un ritmo lento y que pone en evidencia las falacias del tiempo trepidante, el de la política en particular, de por sí acelerado, mucho más que los ritmos económico y social. Los medios de comunicación contribuyen poderosamente a esa sensación y realidad. El ritmo de la política puede llegar a ser frenético, por más que su capacidad de operar el cambio sea mucho más limitada de lo que suele suponerse. Se puede llegar a enloquecer viviendo en el mundo creado por el discurso de los políticos y sus altavoces mediáticos, mucho más si éstos aspiran incluso a dirigir a aquellos, y por ende a organizar nuestras vidas.

En la quietud de la montaña o el mar, inmersos en un tiempo casi inmóvil, se ajusta la verdadera escala de lo real. Poco importa realmente la suerte política de unos pocos, se llamen Blanco, Barcina o Rajoy, por mucha prisa que tengan o hayan tenido algunos en sentenciarlos. Las voces de quienes se afanan en multiplicar los escándalos políticos, con el simple objetivo de destruir o deshacerse del adversario, no penetran en las profundidades de los valles y se disipan fácilmente con la suave brisa marina. La política se hace mucho más inconsistente y efímera cuando el ritmo que se le confiere atiende únicamente a 1) intereses partidistas y de supervivencia del líder en el gobierno o la oposición, 2) pretende enmascarar los problemas realmente preocupantes, o 3) busca impedir la aplicación de las medidas que se precisan para solucionarlos.

De forma paradójica, el run-run de los políticos de guardia y las serpientes de verano de los medios (no es el caso del drama de Egipto), buscando incrementar las ventas entre la gente ociosa y mentalmente perezosa, ha de ser soportado fundamentalmente por quienes no tienen posibilidad de evadirse en vacaciones, los mas sacudidos por la crisis, y que en su desesperación son el pasto fácil para una mayor enervación social. En la distancia veraniega –bajo el embrujo de la majestuosidad de la montaña o la sensualidad del mar– la imagen de los políticos resulta, no ya poco atrayente, sino insoportable y esa pesadilla que provocan debe hacer reaccionar a todos.

Lejos de los políticos se hace más nítido su curioso empeño en alejarse de los ciudadanos, preocupados aquellos únicamente por responder al grito de la sangre que les calienta y enzarza entre ellos, y reduce el debate público a pomposas vociferaciones de embaucadores y traficantes que acaban tomando el aguante de la sociedad por disfraz de sus viejas codicias o nuevas ambiciones personales. Cuando el trabajo de los jueces, que tiene sus propias reglas, no responde a las expectativas creadas (como ha sucedido con las recientes resoluciones del Supremo), los parlamentos se preparan para novísimos juicios políticos (al margen de las reglas de una moción de censura). Prima el afán de cortar cabezas, a la vieja usanza jacobina, que tan escasamente ha beneficiado a la cultura democrática, en lugar de concentrar los esfuerzos en ir al fondo de los problemas.

Es urgente discutir y convenir los cambios necesarios que remuevan la base de los desmanes por todos cometidos. ¿Estamos realmente dispuestos a promover una nueva ley de partidos que limite su financiación a las subvenciones de un Estado en proceso de quiebra o a las aportaciones de sus militantes en manifiesta deserción? ¿Estamos convencidos de las bondades de las primarias o de las listas abiertas, mas allá de la demagogia de discursos y prácticas recientes instaladas en el ‘sí, pero no’? ¿Sabemos lo que queremos, o no lo queremos realmente? ¿A quién hay que desenmascarar primero en este baile de la confusión general? Porque todos portan máscaras.

Los cambios legislativos no transforman inmediatamente la realidad, son una palanca necesaria pero no suficiente. Tampoco tiene sentido, donde no existen mayorías, instrumentalizar el parlamento contra el gobierno aprobando leyes que no van a ninguna parte (y frustran, sin embargo, las esperanzas de los más perjudicados), tan sólo para enseñar una musculatura de espejo, que por mágico que se quiera, no hace sino más patética la imagen reflejada.

Es deseable a la vuelta de vacaciones un cambio de ritmo que propicie una verdadera regeneración política. Resulta ingenuo creer, como se sugiere, que ésta pueda consistir sólo o primariamente en un cambio de personas. Ha de implicar un cambio de discursos, de actitudes y de comportamientos, con hechos concretos y verificables. Ha de surgir desde dentro de la política, de los partidos y de los políticos. Ha de ser receptiva a las voces de fuera, sabiendo escuchar a la sociedad a la que se debe e interpretando con criterio las actuales y contrapuestas demandas sociales. Ha de ser receptiva a los ‘otros’, aprendiendo a compartir (también las responsabilidades). Y ha de afectar a todos.

Publicado en Diario de Navarra, 21 de agosto de 2013

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