La política, como la cultura, puede ser alta o baja, y lo
que abunda por desgracia es la segunda. Es fácil criticar las formas superiores
de cultura como patrimonio de los privilegiados de la fortuna o de la
educación, pero el interés o la simpatía que puedan despertar formas más
amplias de expresión o contestación cultural no puede obviar la necesidad de la
alta cultura. Lo mismo sucede en la política. La denuncia y la concienciación, la
movilización y la presión social contra el poder –elementos imprescindibles de
la democracia– no pueden cerrar el paso al diálogo, el entendimiento y el
acuerdo. Mucho menos en momentos señaladamente difíciles de la vida de la
comunidad.
Navarra se ha convertido en un ejemplo de baja política.
Desde hace tiempo y por razones diversas, pero hoy por motivos mucho más
concretos. La ruptura del gobierno de coalición es la manifestación elocuente
de todo ello. El debate no está en quién ha roto el acuerdo de gobierno, si UPN
o PSN, sino por qué se ha roto, quién tiene mayor responsabilidad en lo
ocurrido y qué va a suceder ahora. Se ha roto el gobierno como se formó, de una
manera un tanto sorpresiva e inopinada. El PSN empujado por Jiménez se empeñó
en estar en el gobierno –cuando existían otras fórmulas de apoyo a Yolanda
Barcina– y ha sido Jiménez quien ha obligado a su propia destitución y a la consiguiente
salida del PSN de ese mismo gobierno.
La alta política nos puede acercar a veces a todos al
borde del abismo, pero consigue detener torbellinos. La baja provoca tormentas
en vasos de agua y conduce a quienes la practican al despeñadero. El líder del
PSN se ha movido desde hace un año en el cortoplacismo, haciendo prevalecer el
interés personal y de su grupo de fieles, bien instalados en el poder y en los
órganos de dirección del partido, por encima del interés general y del propio PSN,
según la opinión del sector crítico que ganó claras posiciones en el último
congreso del partido. Aun presentada bajo la bandera de la gobernabilidad y de
la responsabilidad, Jiménez, de forma inaudita, sólo ha sido capaz de
justificar la presencia en el Gobierno de Navarra desarrollando una
contra-política desde su propio cargo institucional, lo que manifiesta una clara
irresponsabilidad.
No es lo mismo que el PSN esté en el gobierno que no esté,
ha repetido hasta el final, en clave de argumentario, el ya exvicepresidente
Jiménez, que de lo único que ha convencido finalmente es de que no sabía estar.
Practicar la contestación al gobierno siendo parte del gobierno seguramente puede
entenderse como deslealtad por la otra parte, pero sobre todo dice poco de las
propias capacidades de gobierno de quien así actúa. Baja política es aquella
que se queda en mejores o peores diagnósticos de la realidad y en el rechazo de
lo que no gusta, sin aportar verdaderas soluciones en los momentos en que deben
tomarse decisiones complicadas e impopulares. La suma de negaciones no suele
generar nada positivo en política, y si esa es una actitud más comprensible en
un movimiento social, es inconcebible cuando se ejerce el gobierno. Invocar la
defensa de la verdad como causa de la crisis provocada suena a estas alturas
bastante falso.
Una situación como la actual exige una alta política, pero
no podemos ser muy optimistas sobre lo que viene. El PSN no está en condiciones
de ganar una moción de censura, por falta de liderazgo moral y presumiblemente por
falta de apoyos políticos. Tampoco es de esperar en las presentes
circunstancias un cambio de disposición por parte del PSN para sostener en el
parlamento a un gobierno monocolor de UPN en minoría. El escenario de unas
elecciones inmediatas puede generar desánimo y aumentar la desconfianza en los
políticos navarros, más allá de su repercusión en la desconfianza externa hacia
España. No es el mejor momento, ni a nadie beneficia una imagen griega de
Navarra, muy alejada de su realidad económica, social y política, pero abocados
a unas elecciones anticipadas, bienvenido sea su deseable efecto de higiene en
la política foral.
Algunos liderazgos deberán replantearse hasta por
imperativo de unas primarias, que posiblemente sea lo que más incomode a
Jiménez de la nueva situación. Otros deberán dejar de ser invisibles, como
sucede con el actual líder del PPN. Será igualmente la ocasión para que irrumpa
en el parlamento el nuevo rostro y estilo político que propugna Geroa Bai desde
el campo nacionalista. Al merecido descrédito de los políticos actuales y a la
inevitable erosión de UPN sigue la duda sobre la preparación de otros para ser
alternativa y poder gobernarnos. Sólo faltaría que celosos de nuestra secular
autonomía, tuviéramos que pedir, en pleno centenario de la Conquista de
Navarra, que nos intervengan.
Publicado en Diario de Navarra, 16 de junio de 2012