sábado, 8 de agosto de 2009

Juego de máscaras (y II)


La actuación personal de Camps en la historia y en la esceneficación del caso Gürtel, no es la pieza principal de la tramoya montada. Lo que comenzó como una caza de montería, a instancias del juez Garzón, fue concretando sus objetivos y por eso los organizadores de la fiesta no están dispuestos ahora a cejar en el empeño, aunque se hayan dejado muchos pelos en la gatera, como le sucedió al superjuez, que -a raíz de una querella presentada por una asociación ciudadana- deberá responder ante el Supremo como imputado por un presunto delito de prevaricación por su actuación en el caso de la Memoria Histórica.

Existen dudas más que fundadas de la premeditación y alevosía con que han actuado demasiados actores en todo este montaje teatral. Si en la primera legislatura la estrategia de oposición de la oposición practicada por el gobierno de Zapatero tenía particular interés en que la audiencia identificara al PP con la herencia del franquismo, lo que justificaba su aislamiento (y la política de cordón sanitario promovida por los socialistas contra los populares), en la presente contienda -marcada por la crisis económica y la falta de coraje del gobierno para afrontarla convenientemente- la consigna establecida es presentar al PP como un partido corroído por la corrupción, y como tal invalidado como alternativa de gobierno. Por poco que a la opinión pública pueda parecer que haga el gobierno, este actúa con honestidad al servicio de los que más padecen, frente a una opocición sin escrúpulos que sólo pretende el asalto de las instituciones para utilizarlas, como siempre, con nulo sentido democrático y con fines personales, en beneficio de sus exclusivos intereses.

A esto se reduce la escena principal de la política española, en esto consiste el juego, y el archivo de la causa que implicaba a Camps no lo favorece. Por eso los promotores de este baile de máscaras tienen particular interés en alargarlo todo lo posible. La vicepresidenta De la Vega, tan contrariada por la noticia del sobreseimiento, como si le fuera algo propio en ello, tuvo la torpeza de quitarse la máscara antes de tiempo. Presume de abuelo represaliado por el franquismo (ocultando que luego fue rehabilitado y disfrutó de un alto cargo con el régimen), pero, incluso de viaje lejos de España, se adelantó a anunciar (vulnerando la lógica más elemental del funcionamiento democrático de las instituciones) el recurso del auto por parte de la Fiscalía Anticorrupción, antes de que lo hiciera el propio Ministerio público. La imagen del Fiscal General del Estado como simple correa de transmisión del gobierno se ha hecho más real que nunca (el mismo fiscal que se quejó amargamente, causando asombro general, de que la polícía obedecía ante la órdenes de Garzón en relación con el caso Gürtel, que las suyas con respecto a la trama de ETA).

Una representación teatral no deja de ser una obra colectiva, que actúa en equipo, donde las interpretaciones de unos actores se sincronizan con las de otras personas, para que la interpretación sea satisfactoria a los ojos de nuestra audiencia, audiencia que también es un equipo. Pero la representación se hunde si los actores no se atienen al papel que se les ha encomendado en la función. De esta manera, cuando ninguno de los actores que interaccionan en la vida política se limita a desempeñar su verdadero papel, en el sentido de Gofmann, la democracia entera se resiente.

No es irrelevante ni puede parecer "natural" que un sumario secreto se filtre sistemáticamente a un periódico afín al gobierno, con todo lo que ello supone para las personas implicadas, sin que el gobierno haga nada por investigar y detener esas filtraciones, ni para aparentar siquiera que lo hace, como cabría esperar en cualquier caso que hiciese. Hay que decir, una vez más, que resulta inquietante que los medios de comunicación (sean públicos o privados) se conviertan en extensiones o satélites de los partidos, o que pretendan ejercer la propia función judicial, o que unos y otros pretendan utilizar o controlar los tribunales con fines políticos, pretendiendo alcanzar en ellos lo que no consiguen en la lid democrática. El tribunal de la opinión pública siempre ha existido en la democracia liberal, con efectos políticos, y a nadie sorprende que ese juicio pueda transcurrir en ocasiones en paralelo al proceso judicial, pero sin confundir las instancias, ni los procedimientos, ni las fuentes documentales.

El periódico
El País ha manejado información policial o judicial como si fuera propia o resultado de un periodismo de investigación, administrando los tiempos al ritmo de los intereses políticos del PSOE o del gobierno. Se muestra complaciente o airado, y alaba o cuestiona las decisiones de los tribunales (no ya de un juez), legitimando o deslegitimándoles, cuando sus decisiones coinciden o se alejan de su propio juicio (político no ya intelectual o periodístico). "El Tribunal valenciano salva a Camps del juicio por cohecho", titulaba hace unos días, dando por sentado el amiguismo del tribunal y la comisión del delito, porque así lo había juzgado y sentenciado ya el periódico.

Tampoco pasa desapercibido la acumulación de papeles que realiza De la Vega en esta ceremonia de la confusión institucional. Erigida en portavoz de la
oposición de la oposición, que no se inmuta cuando dedica en las ruedas de prensa posteriores a los consejos de ministros más tiempo en criticar a la oposición que en informar de la labor y las decisiones del gobierno; obispa laica que condena el código de conducta del PP y determina los nuevos valores de la moral colectiva; magistrada sin oficio que pretende controlar la composición y actuación de los más altos tribunales o instancias judiciales (con broncas incluidas, como la que llegó a propinar en público a la presidenta del Tribunal Constitucional), como si de subsecretarios de estado se trataran; valenciana empadronada en tierra de nadie y sin respaldo de nadie cuando se presenta a las elecciones en su tierra, lo que aprovecha para impartir lecciones de patriotismo; demasiadas evidencias recaen sobre la vicepresidenta para que pretenda ocultarlas con su cínico juego de máscaras. Si Garzón se verá las caras ante el Supremo, Camps también.

En la guerra como en la guerra, pues por mucho que quieran figurar de pacificistas ante la audiencia, la política es concebida cada vez más por el PSOE desde las viejas reglas y tácticas militares. Aunque lo disfracen y hagan aparecer como crispación. Y se responsabilice de ella al enemigo.

martes, 4 de agosto de 2009

Juego de máscaras (I)


Erving Goffman, un sociólogo canadiense que se consideraba heterodoxo dentro de la profesión porque se contentaba con observar atentamente a sus conciudadanos, en lugar de pretender explicar su comportamiento sirviéndose de encuestas más o menos alambicadas, llegó a una conclusión que continúa haciendo pensar. La vida social, como el teatro, donde los distintos actores interaccionan en el escenario ante una audiencia, es esencialmente una actuación que se basa esencialmente en ofrecer al otro la imagen que él espera de nosotros. Al final, no hacemos sino representar un papel conforme al guión determinado por la situación en la que nos encontramos, y por las personas con las que interactuamos. La vida individual y colectiva no es más que un desfile de máscaras, que varían en el tiempo y en función del contexto particular en que nos movemos.

La mirada de Goffman descansó observando la vida cotidiana de los habitantes de la isla de Shettland, pero puede enervar a cualquiera que la aplique a la jungla política. El juego político multiplica los escenarios y las audiencias y acaba construyendo una fachada tan imponente, que a base de solemnizar la actuación, acaba pervirtiendo su sentido. La actuación política se vuelve esencialmente cínica, muy alejada del carácter "natural" que le atribuye Goffman, atendiendo al proceso complejo que nos dispone a ser sujetos sociales. La premeditación y alevosía, la apariencia buscada y la hipocresía definen frecuentemente la práctica y la puesta en escena política al servicio de objetivos determinados que llegan a ir en contra del normal juego político, o que hacen simplemente denigrante la actividad política, apartándola diametralmente de su natural función y ejercicio. Es lo que ha sucedido de manera muy particular a propósito de la trama valenciana del caso Gürtel, y lo que estamos presenciando ante la decisión del tribunal competente de archivar la causa y exculpar al presidente Camps y sus colaboradores de un posible delito de cohecho.

Desde sus inicios, el caso Gürtel ha puesto en marcha una inmensa maquinaria teatral. Ya hemos comentado aquí algunos aspectos del asunto. Lo más relevante y perverso del caso es que ninguno de los actores implicados se ha limitado realmente a desempeñar su verdadero papel. El presidente de la Generalitat valenciana tiente tanto empeño en dignificar la institución que representa, y se considera a sí mismo tan honorable o más que cualquier político catalán que en la historia haya sido (también a Jordi Pujol los socialistas quisieron antaño quitárselo de encima con el caso Banca Catalana), que es incapaz de pronunciar mortal palabra mínimamente convincente. Se ha preocupado tanto por parecer honrado que ha terminado generando dudas, por tontas que resulten, de que realmente lo sea. Se ha mostrado en esta situación, sin duda difícil para él, tan preocupado por mantener una interpretación, por insostenible que fuera, con tal de que no se destruyera la idea de lo que él quería que el resto pensara de él, que ha sido incapaz de reconocer que -escaloncito a escaloncito- tuvo la debilidad de aceptar algunos regalos de personas indeseables a quienes inexplicablemente consideraba "amiguitos del alma" en la intimidad.

Admitir esa circunstancia puede ser una molestia política, pero no esconde un delito penal. Lo que sí tiene delito político es pretender que la audiencia crea que uno se comporta en el ejercicio de sus responsabilidades públicas de manera del todo irreprochable, cuando no importa sin embargo que quede acreditado ante ella (como se ha derivado del mini proceso judicial) que los amigos que se tienen sean unos auténticos rateros. No deja de ser una actitud cínica, pues lo segundo lleva a dudar de las virtudes cívicas (prudencia y veracidad, entre otras) que deben acompañar a un político, mucho más que lo primero. Camps ha sobrevivido políticamente, pero la política de trajes a la que se ha visto sometido, le ha llevado a un cambio de disfraces que le ha perjudicado seriamente. Cambio de disfraces y de máscaras. La sonrisa hipócrita que ha lucido este tiempo está por ver si desaparecerá con el cambio de decorado.

viernes, 31 de julio de 2009

Infeliz aniversario

Hoy ETA cumple 50 años, pero lejos de felicitarla, ni siquiera vamos a divulgar los actos que está realizando para conmemorar este infeliz aniversario. Cuando se juega y comercia con la vida, cuando se ponen cadáveres de servidores del estado sobre la mesa, sólo cabe en este día el desprecio para los asesinos y todo el calor y la cercanía posible con las víctimas y sus familiares.

ETA ya es mayorcita y tendría que ser lo suficientemente madura para darse cuenta de que no tiene ninguna salida por el camino de la violencia y del chantaje. Que no está en condiciones de dar lecciones sobre nada a nadie. Que no tiene sitio en la sociedad democrática, si es incapaz de entender y aceptar sus reglas, que no pueden ser precisamente las de ETA. Y que lo mejor que puede hacer, por el bien de todos y muy particularmente del País Vasco, es jubilarse o prejubilarse, abandonando incondicionalmente las armas. Esa es la única negociación posible, aplicando la ley, si quiere poner fin a su propia crisis y a tanto sufrimiento ocasionado en estos años por su inmadurez culpable.

Sin negociación con el estado y sin propaganda de los medios, ETA no es nada. Y nada debe ser.

martes, 28 de julio de 2009

Final en alto

Si ha habido un año de vacaciones merecidas para los españoles, ha sido éste, que tanto hemos sufrido y aguantado, particularmente a nuestros políticos. Y si no hemos trabajado todos lo suficiente es porque no nos han dejado. La crisis se ha cebado en España, como siguen reflejando los últimos datos de paro (no hay cambio de tendencia, como se había invitado a creer), y la culpa debe ser exclusivamente de los empresarios y del líder de la patronal, al que se acaba de responsabilzar de haber roto el diálogo social. Zapatero prometió antaño, cuando presumía de talante, que iba a trabajar para garantizar que todos los españoles pudieran disfrutar de un veraneo como el suyo. Pero ahora que hace falta, se permite amenazas y malos modales con el presidente de la CEOE, endilga una vez más la responsabilidad de sus propios fracasos al PP, pero él, Zapatero, se va de vacaciones, y no a cualquier sitio. Al palacete regio de La Mareta, en la isla canaria de Lanzarote, a cuenta del estado, lo que no hizo nunca Aznar, que se alquilaba su residencia veraniega, como es sabido.

Zapatero está muy contento con los sindicatos, pero más contentos están los sindicatos con Zapatero, por mucho que el líder socialista represente el poder. La memoria histórica no es útil para evocar la famosa huelga del 14-D lanzada contra Felipe González en 1988, porque un suceso de esa naturaleza ya ni se concibe. Los sindicatos españoles se manifiestan en las Autonomías contra los gobiernos del PP, o contra Sarkozy en Francia, coincidiendo con su presidencia europea, no vaya a cerrar la Renault. Cuando el poder está en manos de la izquierda el poder de los sindicatos no es más que una parte de ese poder, y además sumiso. Zapatero sigue sin querer ni oír hablar de ajustes, únicamente habla de mejorar las pensiones y prestaciones sociales en tiempos de crisis, como si fueran de bonanza, tirando del dinero de que no se dispone hoy, y del trabajo de mañana, que no sabemos si habrá para los españoles. Pues, puestos a seguir aumentando sin control el déficit público, que hubiese pagado las vacaciones a todos, y todos tan contentos.

Si lo que se quiere son políticas de gestos, ser consecuente con el "izquierdismo republicano" de que presume, y reavivar la memoria de la historia que apadrina, Zapatero debería incorporar a los sindicatos a su gobierno, nombrar ministros a sus dirigentes, como en tiempos de la guerra civil. Todos nos lamentamos de la ruptura del diálogo social. Un diálogo y concierto social, entre sindicatos y empresarios bajo el arbitraje del gobierno, que aquí no ha existido. Se ha buscado la foto histórica de unos nuevos Pactos de la Moncloa, como los que promovió Suárez durante la Transición, pero ha fallado el personaje de Zapatero, no Díaz Ferrán, quien hasta no hace mucho pasaba dentro de la CEOE como excesivamente complaciente con el presidente de gobierno socialista (más allá de algún fallo de micrófonos abiertos), y que lo único que solicita es una verdadera negociación, sin "líneas rojas" o cartas ya repartidas o marcadas. Aquellos célebres pactos no se reeditan con una simple cena en la Moncloa.

Zapatero insiste en la politización de toda la esfera pública bajo el principio del alineamiento ideológico y de la inevitable imposición del que gobierna ("Gerardo, yo soy el presidente del Gobierno, que no se te olvide", le dijo Zapatero al presidente de la CEOE, en un derroche de persuasión), que para eso ganó las elecciones, lo cual le legitima a su entender para el ejercicio del poder absoluto. Si hemos aceptado en España la "lógica de bloques" (progresista vs conservador) en el marco del CGPJ o del TC, no sin que se haya resentido la lógica democrática, ahora le toca el turno al frente social. La culpa de nuestro males y de que no hallen solución es de la patronal y del PP, ya que ésta sigue los dictados del PP, según el argumentario oficial, justificándose de esta manera que los sindicatos vayan a la rueda del gobierno, y el gobierno a la de los sindicatos. A Zapatero no le interesa el sindicalismo reformista, de larga tradición en Europa. Aboga por un "sindicalismo conservador"... de todos los mitos de la izquierda más rancia.

No todos van a tener vacaciones, al menos las deseadas. La crisis, el paro y, una vez más, el fuego devorador están alterando de forma dramática el merecido descanso de mucha gente. Cada incendio duele y siempre quedan dos preguntas bajo las llamas: qué o quién lo ha provocado, y qué se podría haber hecho para evitarlo o limitar al máximo sus efectos. Es obvio que las altas temperaturas de España obligan a extremar las precauciones de los ciudadanos y a realizar una política de prevención. No basta con quitar cuatro puntos del carnet de conducir por tirar colillas. No se entiende cómo la política de Zapatero, tan sensibilizada de boquilla con el medio ambiente, no se ha volcado en este tema, cuando resulta que el presupuesto que destina España a luchar contra el fuego es inferior comparativamente a los recursos que destinan Francia, Inglaterra o los países nórdicos. No hubiera sido difícil destinar parte del superestrella Plan E a limpiar los montes y mejorar los cortafuegos. Claro que los carteles anunciadores se verían menos.

El final del curso político se le ha vuelto cuesta arriba a Zapatero. Por utilizar un símil ciclista -ahora que celebramos la nueva hazaña del madrileño Contador en el Tour de Francia-, ZP soñaba con un descenso benéfico hacia el mar, después del mal trago de las elecciones europeas, que le ayudara a recuperar el crédito politico, y se ha encontrado al término del curso político con un final en alto que ha acabado por hundirlo. El fracaso del diálogo social se ha sumado al disgusto que le ha dado el presidente del CGPJ. Por primera vez en su historia, el órgano de los jueces no ha sido capaz de pronunciarse sobre un proyecto de ley del gobierno, hecho que resulta mucho más significativo al tratarse del proyecto de reforma del aborto, lo cual refuerza la postura del PP que ha solicitado que se retire esa propuesta, que no figuraba siquiera en el programa electoral del PSOE, por la fractura social que ocasiona. Los datos de la última encuesta del CIS permiten valorar el propio rechazo mayoritario de los votantes socialistas a la ley de plazos que promueve el gobierno (sólo un 29% la aceptaría).

Esta última encuesta que acaba de dar a conocer el Centro de Investigaciones Sociológicas, tan proclive al gobierno en la actual etapa, puede amargar las vacaciones a Zapatero. Por primera vez desde 2004, el PP se sitúa por delante del PSOE en estimación de voto. Además, suspende en pleno al gobierno de Zapatero al final del curso político, sin que ningún ministro se salve de la quema. La ofensiva judicial y mediática del caso Gürtel no hace mella en el PP, para mayor desesperación socialista, que había elegido ese terreno para desgastar a la oposición. Los medios críticos contra Rajoy, de un signo u otro, no ven motivos para la euforia, y ciertamente no los hay. Pero el curso político termina de manera muy distinta para el líder del PP. La dimisión que se ha producido hoy de Bárcenas como tesorero del PP (ante la inminente e inevitable petición del suplicatorio por pate del TS), le facilita desde luego mucho la cosas a Rajoy, que se podrá ir tranquilo de vacaciones. No así Esperanza Aguirre, ante las últimas noticias de la reactivación del caso de espionaje político en la comunidad de Madrid por actuaciones judiciales. En cuanto a Zapatero, únicamente cabe desearle que se recupere en La Mareta, entre las rocas, a salvo de los incendios.

miércoles, 22 de julio de 2009

Ritmo lento

La reflexión sobre el tiempo ocupa hoy día un lugar privilegiado dentro de las ciencias naturales, humanas y sociales. Resulta evidente la experiencia del tiempo vivido y la inquietud acerca del porvenir, en general, y de lo que nos aguarda (al planeta y a cada uno), en particular, pero no es fácil conceptualizar el tiempo y menos aún la cuestión del sentido (de lo que nos pasa, y de lo que hacemos). En cualquier caso, cada vez hay más conciencia de la multiplicidad del tiempo social, de los diferentes tiempos y ritmos temporales que conviven en el tiempo calendario, de la aceleración y la velocidad a que nos vemos sometidos y que parece imponerse en las llamadas sociedades avanzadas.

En España, a diferencia de otros países de nuestro entorno inmediato, el mes de agosto es el mes de las vacaciones por excelencia. De manera paradójica, por muy policéntrico que parezca el estado de las autonomías, Madrid sigue marcando el ritmo nacional. Madrid se paraliza y se vacía cuando llega el mes de agosto, contagiando a todos los demás, en contraste con lo que sucede en Francia, que por muy centralista que siga siendo, diversifica mucho mucho más el tiempo de vacaciones. Pero basta con incumplir ese ritual español, y desviarse en cualquier otro mes estival o del año unos pocos kilómetros de cualquier autovía del norte, por ejemplo, para entrar en un ritmo lento que pone en evidencia las falacias del tiempo trepidante, el de la política en particular.

El ritmo político es de por sí acelerado, mucho más rápido que los ritmos económico y social. Los medios de comunicación contribuyen poderosamente a esa sensación y realidad. El ritmo de la política puede llegar a ser frenético, por más que su capacidad de operar el cambio sea mucho más limitada de lo que suele suponerse. Se puede llegar a enloquecer viviendo en el mundo creado por el discurso de los políticos y sus altavoces mediáticos, mucho más si estos aspiran incluso a dirigir a aquellos, y por ende a organizar nuestras vidas. Muchos ciudadanos se ven amenazados de depresión cuando se producen algunos cambios al frente de determinados medios, como acaban de certificarse en la COPE, y comprueban que su mundo (el fabricado y sostenido por esos medios o determinados periodistas) súbitamente se derrumba, ocasionando una auténtica crisis de identidad.

En la quietud de la montaña o el mar, inmersos en un tiempo casi inmóvil, se ajusta la verdadera escala de lo real. Poco importa realmente la suerte política de unos pocos, se llamen Camps, Aguirre, Rajoy o Zapatero, por mucha prisa que tengan algunos en sentenciarlos. Las voces de quienes se afanan en multiplicar los escándalos políticos con el simple objetivo de destruir o deshacerse del adversario (a quien se trata como enemigo, en lugar de protegerlo, sabedores de la propia función que desempeña en el espacio público) no penetran en las profundidades de los valles y se disipan fácilmente con la suave brisa marina. La política se hace mucho más inconsistente y efímera cuando el ritmo que se le confiere atiende únicamente a 1) intereses partidistas y de supervivencia del líder en el gobierno o la oposición, o 2) pretende enmascarar los problemas realmente preocupantes.

Preocupa la crisis económica y el paro, perceptible en el propio espacio de vacaciones. Son de preocupar los efectos de la gripe A en los próximos meses, a tenor de las previsiones que algunos países próximos están haciendo. Preocupa igualmente en la España actual la protección e integridad de los menores. Y ante eso no se entiende la urgencia del gobierno en resolver el tema de la financiación autonómica, en sí mismo mal planteado y peor resuelto en el actual contexto no sólo de incertidumbre económica sino también constitucional en torno al Estatuto de Cataluña, que es lo que ha desatado las prisas: política de hechos consumados, como es habitual en el PSOE, antes de que se conozca la ineludible sentencia del Tribunal Constitucional, que puede afectar entre otros a este punto.

No se entiende si no es por la necesidad que tiene Zapatero, y a lo que sacrifica todo, de lograr la estabilidad parlamentaria de su gobierno, que no la tiene actualmente, como se ha podido ver en los últimos meses. Estabilidad que pasa mucho antes por asegurarse la fidelidad de los diputados catalanes del partido socialista (PSC), siempre amenazando con romper la baraja, que por arrojarse de nuevo en brazos de los nacionalistas republicanos de ERC, como en la anterior legislatura, por más que el deseo de Zapatero en ésta fuese el de aproximarse a CiU. El portavoz independentista catalán, Ridao, no ha dudado sin embargo en apuntarse el tanto de la "negociación", al tiempo que clavaba con frialdad su daga en la espalda del presidente del gobierno de España.

Si lo anterior preocupa de diversa manera, resultan futiles las batallas anti PP e intra PP que presiden la agenda política marcada por los medios, llenas de mentiras o medias verdades por parte de todos. Financiación ilegal del partido, paraísos fiscales, salida masiva de documentacion de sedes oficiales, nuevos actores y cargos implicados que no figuran en las actuaciones judiciales, todo tipo de pasiones y monstruosidades se han dado cita en los seriales de El País o la cadena Ser, jugando con filtraciones de supuesta documentación proveniente de la policía judicial o del ministerio del interior, como si de culebrones de verano se tratara, confiando en su masivo consumo por parte de una ciudadanía siempre ávida de noticias del poder y dependiente de los políticos, cuando lo que se consigue con ello es incrementar la distancia entre aquella y éstos, y el mismo desinterés por la política. Aunque los réditos electorales de esta estrategia hayan sido escasos o más bien contrarios, el PSOE y sus satélites insisten en su afán de presentar al PP como el ejemplo actual de la vieja política, tan denostada por Ortega, donde la política se confunde con la corrupción (olvidando, o queriendo hacer olvidar, que las páginas realmente sangrantes de corrupción en la historia reciente española las ha escrito el PSOE, y son difícilmente superables).

A estas horas declara ante el Tribunal Supremo el senador Bárcenas, el tesorero del PP, supuesto vértice de un iceberg donde debe naufragar -en el designio de los demiurgos- el partido de la oposición. Lo hace extrañamente a petición propia y como "imputado provisional". La ola está a punto de romper y veremos si, respetada al máximo su presunción de inocencia por parte de la dirección del PP, todo se desvanece como la espuma, o si lo que queda finalmente en la arena responde propiamente a las locas aventuras de este avezado lobo de mar en que, entre todos, se ha convertido a Bárcenas. Y en este caso habrá que ver a quien perjudican los secretos inconfesables, si a Rajoy o a quienes desde la defensa de la herencia del pasado siguen empeñados en descabalgar al actual líder del PP, aunque caigan ellos también en el intento, como pueda ser el caso de Esperanza Aguirre. Que se haya significado Álvarez Cascos, secretario general del PP y ministro de Fomento con Aznar, en que Bárcenas resistiera hasta el final no parece casual.

Que un político como Rajoy funcione a ritmo lento, lejos de suponer un defecto o debilidad, como le reprochan sus detractores (que habrían querido ver hace tiempo al tesorero del PP colgado de un balcón de la sede central de Génova), comienza a parecer una virtud. Nadie podrá acusarle de haber cedido a la presión contra su partido en provecho propio, aunque nadie dude tampoco de que ha llegado la hora de que Bárcenas descanse en otro puerto. Por fin las vacaciones para todos. Qué ganas de que las conversaciones ociosas y los argumentos colaterales, totalmente alejados de la tensión del hilo directo que el ritmo alocado (y frívolo) de la política pretende ingenuamente imponer, hagan sopesar finalmente en la tranquilidad y el silencio lo sustantivamente importante y real.

martes, 30 de junio de 2009

Vicente Ferrer, Bono y la protesta iraní

José Bono, el actual presidente del Congreso español, es un hombre comprometido con las grandes causas universales y no da puntada sin hilo, pero -ya que le gusta presumir de socialista cristiano- debería considerar que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que creer, de manera ciega, en su desinterés personal en todas las cosas que dice y hace.

No se trata de juzgar si hizo bien o mal, como tercera autoridad del estado que es, en viajar a la India con motivo de la muerte de Vicente Ferrer, y en hacerse acompañar de la portavoz popular. Sin duda, son muchos los españoles que -por encima de ideas y creencias personales- juzgan muy favorablemente la labor que la Fundación Vicente Ferrer realiza en aquel país, y que colaboran con ella apadrinando uno o varios niños. No sabemos si es el caso del señor Bono, aunque habría sido una estupenda ocasión para dejarlo caer, no para vanagloriarse de contribuir modestamente al bien, sino para respaldar y extender de modo indirecto pero eficaz el conocimiento y la ayuda a esta obra de inspiración cristiana y de enorme proyección social, que tanto reconocimiento popular tiene entre los grupos más desfavorecidos de la India, como se ha comprobado con motivo de las exequias de Vicente Ferrer a las que asistió Bono.

Bono, sin embargo, no ha desaprovechado el evento para cargar contra la jerarquía católica y los obispos españoles, aunque le guste comer con ellos y pontificar más que a ellos. Bono se ha rasgado farisaicamente las vestiduras por los pecados de omisión cometidos por la Iglesia con motivo de la muerte de Vicente Ferrer, como si la cúpula católica hubiese considerado que éste era un "apestado para la Providencia", y fuera del todo necesario que él, Bono, el depositario de la verdadera conciencia cristiana, recuerde la buena doctrina y devuelva la honra a los perseguidos, a los auténticos hombres de Dios que mantienen viva la Iglesia, como Ferrer, "quien era más importante que muchos obispos" que no saben más que "incensar muy bien el altar", o que "dan las ruedas de prensa con el dogma como si lo tuvieran escondido en un arca de la alianza".

Bono censura que la Iglesia o los obispos intenten "imponer" lo que piensan en relación con la reforma de la ley del aborto, mientras durante los años de gobierno del PP se mantuvo la actual ley "sin una sola protesta de la Iglesia". O se vuelve a escandalizar el presidente del congreso ante quienes critican el aborto y "callaron con los muertos de la guerra de Irak". Pero evita de este modo pronunciarse sobre los cambios de la nueva ley, si considera realmente que el aborto sea un derecho, y que quepa como tal dentro de la constitución española, o si como padre cristiano estima conveniente que una menor de 16 años puede abortar al margen de los padres. La sencillez y la falta de doblez, propia de Ferrer, que dejaba desarmado a cualquiera, y que reprocha Bono a los obispos, tampoco es una virtud que adorne al político Bono, nada original por otra parte en el manido afán de identificar al PP con el partido dependiente del poder eclesiástico.

Haría bien Bono en dejar de dar tanto testimonio y centrarse en su propio papel institucional, ya que como él mismo ha reconocido nunca ha ganado tanto y trabajado tan poco. A pocos importa si fue monaguillo o si se le pasó por la cabeza ser cura, o si como afirma una y otra vez quiere "pertenecer a la Iglesia y vivir su fe" pero "en paz con mis convicciones y mis sentimientos", lo que se antoja mucho más como una declaración política ante sus propias bases o correligionarios de partido, que como la atormentada expresión de un creyente comprometido en política. Que predique con el ejemplo la efectiva separación entre Iglesia y Estado, y la efectiva renuncia a no instrumentalizar politicamente la religión, algo que puede hacerse en diversos sentidos y de distintas maneras, como sabe bien Bono cuando afirma hinchado que "yo tampoco creo que se pueda ser católico y cristiano al modo en que determinado obispo o cardenal quiere".

Puestos a trabajar por la verdadera secularización de la política desde el lugar que le corresponde en el orbe, Bono no puede contentarse con la declaración institucional sobre los recientes sucesos de Irán consensuada por todos los grupos de la cámara baja del Parlamento español y leída por él mismo hace unos días. Por supuesto que estamos ante unos "penosos sucesos" y que se ha de instar al gobierno de Teherán a que detenga la represión contra la población civil, que ha elevado el número de víctimas, y "se abstenga de culpabilizar de sus problemas internos a países extranjeros". Si la propaganda de la Alianza de Civilizaciones de Zapatero no sirve para favorecer y apoyar la libertad y la democracia en el mundo islámico, entonces es eso, pura propaganda de escaso recorrido. La condescendencia con el islamismo radical, en la que incurre el gobierno Zapatero, como si no existiera otra violencia condenable que la del terrorismo de Al-Qaeda, es un flaco servicio a la defensa de los valores universales.

Hay "problemas internos" de determinados países que no pueden dejar indiferentes a nadie. Irán protagonizó en 1979 una revolución que fue determinante para la extensión del fundamentalismo islámico a otros países. La propia experiencia de la transición española, y su reconocido carácter modélico, debe conducir a valorar la importancia de determinados signos externos dentro de un régimen autoritario en términos de cambio de la estructura de oportunidad política y, a fin de cuentas, de movilización y liberalización política. Los cambios que pudieran producirse desde el interior del propio régimen iraní, como consecuencia de la propia presión popular y de su repercusión internacional gracias a la revolución tecnológica, adquieren potencialmente la misma trascendencia que los que tuvieron lugar a raíz de los sucesos de 1979, ahora como inicio de una ola de democratización que afectase a otros países del mundo islámico. Pero claro, Zapatero está a otra cosa; y Bono, que quiso en su día ser Zapatero, y que ahora disfruta de su sillón pontifical, también.

viernes, 26 de junio de 2009

Gobierno enredado

Hay comedias de enredo y hay situaciones de enredo general que son sinónimo de crisis permanente de quien las padece, y que a nadie pueden hacer gracia. Es lo que sucede con el gobierno de Zapatero. Obsesionado con borrar las diferencias entre lo público y lo privado, y en convertir todo el espacio público en ideología, esta constante presión hacia la ideologización, por mucho que se disfrace de un anticuado concepto de "secularización", está encaminada a conseguir una ficticia unidad de pensamiento y acción, que tiene poco de pensamiento porque no pasa de fórmulas cuya evidencia depende de un punto de vista partidista, y que por eso mismo lejos de orientar la solución de los problemas reales, acaba por enredarlo todo. Zapatero sueña con inventar la izquierda del siglo XXI y no ha hecho sino representar la vieja figura del jefe de la democracia rousseauniana, deseoso de señalar al pueblo el camino recto que ha de seguirse, y de armar su voluntad, como antaño la iglesia pretendía conducirlo y llenarlo todo. Lástima que esa fatua "religión civil" de Zapatero, como la de Rousseau, sea escasamente respetuosa con el verdadero pluralismo.

La democracia de Rousseau solo era imaginable en comunidades sencillas y en ausencia de verdaderos problemas y diferencias dentro de la sociedad. Zapatero parece disfrutar estatalizando la censura moral (decretando las pautas de comportamiento aceptables) o ejerciendo de ideólogo jefe. Nada debe quedar fuera del control político del estado, controlado a su vez por el partido gobernante, y dentro de éste por personas de la estricta confianza del jefe, con independencia de sus méritos y capacidades. La confianza es el mérito, de la que depende la fuerza y el valor, por más que el valor probado no asegure el éxito. Bajo estas premisas la política de Zapatero se ha convertido en un enredo monumental. Lo que se advierte en los últimos días, tristemente es la parte más cómica.

Los propios excesos de los socialistas explican que anden enredados entre ellos, y que Zapatero duerma mal. La vicepresidenta De la Vega y la ministra de defensa Chacón tienen las espadas en alto con motivo de la polémica suscitada por las actividades del director del CNI Alberto Saiz, que no se sabe bien con qué fondos paga sus jornadas de pesca transoceánica y con qué personal limpia su piscina privada, tan despreocupados y desocupados andan nuestros espías en la actualidad. Para que no se confundiera el CESID con el CSIC se creó el CNI y ahora tenemos la Inteligencia por los suelos y hecha unos zorros, todos espiando a todos y el propio director (protegido de la vicepresidenta contra el criterio de la ministra) denunciando la "rebelión interna". Bastante tiene Chacón con sus propios errores (retirada de Kosovo, gripe A, espías judíos en el Líbano) como para que ahora esta guerra de espías españoles acabe por laminarla políticamente, con lo cerca que estuvo ella de llegar a la vicepresidencia y ser la mano derecha de Zapatero, su protector, en sustitución de la obispa laica. Enredos de espías y de mujeres, a cuál más destructivo de "imágenes fabricadas" (o prefabricadas).

De imagen no anda tampoco muy sobrada Leire Pajín. Está empeñada en ser senadora porque la número tres de un partido tiene que tener algún empaque parlamentario, y se queja de los enredos del PP para su designación autonómica por Valencia. Pero el mayor lío lo tiene ella dentro de su partido después del fracaso en las elecciones europeas. De ahí que vaya a someterse a un cambio de imagen que se antoja como todo un plan de reeducación, ante el cual habrá quien siga planteándose si no es más sencillo cambiar de número tres. Más en la cuerda floja anda Chaves con el asunto de las subvenciones a su hija. Las pruebas documentales publicadas casi le han echado la soga al cuello, y así no hay quien pueda solucionar el espinoso problema de la financiación autonómica, que además no lo va a resolver él sino en todo caso la vicepresidenta Salgado, que es quien maneja el presupuesto, al menos sobre el papel. Triste consuelo es ver al PP enredado con el caso Gürtel y a su tesorero Barcenas en el Supremo, porque -con independencia del fallo judicial- va tener menos consecuencias políticas que el caso Chaves.

Salgado quiso ser honesta después de las elecciones, confesando ella misma que no hay brotes verdes, por mucho que insistiese en ello el último vídeo propagandístico del PSOE. Y en un alarde de realismo dio unos datos atroces sobre las previsiones del gobierno acerca del futuro inmediato de la economía española. El verdadero mazazo, para el gobierno y para todos, llegaría pocos días después cuando la OCDE anunciaba que sí, que sí hay brotes verdes, pero para el resto, no para España, atreviéndose a facilitar unos datos para el caso español que empeoraban todavía más las previsiones del gobierno, que ya no sabe cuánto puede gastar más, y menos de dónde sacar el dinero para seguir gastando, que es lo único que se le ocurre para dar la impresión de que hace algo.

Lo primero, como era de esperar, ha sido subir los impuestos ligados al tabaco y los combustibles, no tanto por necesidad recaudatoria, dicen, sino para favorecer una vida saludable y el ejercicio sano entre los ciudadanos. De eso sí que sabe Salgado. De lo demás, se ignora quien marca el rumbo. Rodeado de sus fieles escuderos, Zapatero se enfrenta cada día con mayor casancio a su situación de minoría parlamentaria. No se trata ya de recabar votos para sacar adelante determinadas iniciativas que se consideran necesarias, sino que se cambian de un día a otro el sentido de las propuestas, con giros espectaculares, en función de quién este dispuesto a dar su apoyo al gobierno dentro del parlamento, o de qué lobby le plante cara fuera. Con el PSOE se están desarrollando elementos propios de una sociedad corporativista, combinados con otros de una sociedad de corte, que se conjugan mal con un verdadero orden de libertad.

El anuncio de una mayor subida de impuestos a los "ricos", pactada con IU, pero finalmente votada en contra por el propio PSOE porque a CiU no le gustaba y se comprometía a cambio a abstenerse en la votación que más importaba al gobierno sobre la elevación del techo de gasto, constituye por sí mismo un embrollo suficientemente ilustrativo de la situación en que se encuentra el gobierno: falto de rumbo, aún más por la dificultad del PSOE de asegurar la estabilidad parlamentaria del gobierno. Alonso y Madina, al frente del grupo parlamentario, son tan cercanos y a la medida del presidente, que han hecho notar la ausencia de Ramón Jáuregui al día siguiente de su marcha al parlamento europeo. El problema del PSOE es que cada dia el escenario está más enredado y no saben qué decisiones tomar.

Enredado en su discurso ideológico, Zapatero está como inmovilizado, incapaz de acometer ninguna reforma estructural y reaccionando de manera teatral, haciendo gala de un reduccionismo populista de izquierda, ante todo aquel que se atreva siquiera a sugerirlo. Se podrá discutir la naturaleza y el alcance de las reformas, pero no hacer nada es simplemente hundirse. El se permite desoír la opinión de los "expertos", por muy gobernadores del Banco de España o del Banco Central Europeo que sean, porque su responsabilidad es "gobernar a la ciudadanía". Fernández Ordóñez y Trichet no dejan de advertirle, pero Zapatero deforma sus palabras como si tocaran a degüello contra los trabajadores para instaurar el despido libre. El problema es que Zapatero no tiene la maquinita de hacer dinero, y que la solidez del modélico sistema financiero español (que hacía inexcusable la presencia del presidente español en las cumbres internacionales para pregonar sus virtudes) comienza a resquebrajarse, y ya hemos aprobado hoy un fondo para acudir en ayuda o intervenir en cajas y bancos.

Disparar el gasto público de forma imprudente y masiva, actuar de manera irresponsable haciendo que los ciudadanos se endeuden hasta lo imposible, es hipotecar su futuro, no trabajar para ellos. La metáfora del barco que navega con referencia al gobierno o al estado es vieja, pero sigue siendo útil cuando se trata de insistir en la cuestión del rumbo. No basta que el barco se mantenga a flote, debe conservar el rumbo fijado. Zapatero se comporta como un timonel que ni admite que se discuta el destino, ni parece él mismo conocerlo. Lo preocupante no es que dé bandazos o que vaya en zigzag, si hiciera todo lo posible por mantener el rumbo. La impresión que da es que navega en círculo, mal distribuida la carga de la nave y enredado el timón en el mar de sus propias dudas y contradicciones, rodeado de unos pocos marineros, "aprendices profesionales" la mayor parte, más interesados en su propia supervivencia que en realizar eficazmente su trabajo para que la nave y su pasaje lleguen felizmente a puerto.