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martes, 21 de abril de 2020

El poder de la resiliencia


La resiliencia no sólo es la capacidad de resistir y recuperarse de un acontecimiento o proceso adverso. No es un concepto puramente estratégico que mire a restablecer el equilibrio, previendo los riesgos y anticipando desde la experiencia vivida las respuestas a situaciones de vulnerabilidad o cualquier tipo de desastre. Lo que importa realmente no es hacer frente a la adversidad, ni siquiera superarla, sino la transformación positiva del propio sujeto, sistema o sociedad ante el infortunio, rehacerse verdaderamente. La resiliencia exige un cambio de mirada para acoger y hacer propia la desdicha de otros. Hemos de impregnar la política de la virtud de la compasión. La ‘política de la compasión’ difiere de la política meritocrática y distingue con claridad el mundo de la representación y el de la acción. El sufrimiento nunca es virtual, aunque se contemple en la distancia o la pantalla, y a diferencia de la lástima la compasión siempre es práctica, se implica para actuar sobre determinadas realidades, apela a gobiernos y ciudadanos, y debe movilizar a la opinión pública en ese compromiso de participación. La preocupación resiliente por el presente es el modo afectivo/efectivo de crear el futuro que se nos escapa. La resiliencia, lejos de consagrar estructuras o equilibrios del pasado, invita a ‘reconstruir mejor’.

La crisis del COVID-19 ha sido un acontecimiento inesperado que nos afronta brutalmente a ello. Europa y Estados Unidos se han convertido en poco tiempo en epicentro de la pandemia y del desastre ocasionado por el virus. Incredulidad, miedo social y pánico económico ante el colapso inminente, cuando se creía superada la crisis de 2008: el regreso a la realidad ha sorprendido a algunos gobiernos, que no supieron adoptar medidas preventivas a tiempo y han mostrado su ineficacia en plena gestión de la emergencia. En su declaración de guerra al enemigo invisible los hiperlíderes no han resistido a la tentación de la propaganda y la unilateralidad, buscando el cierre de filas en torno a ellos. Pero la fuerza de los hechos ha permitido a la opinión pública celebrar el retorno del conocimiento cualificado frente a la posverdad fútil. Y en la experiencia vivida, hacerse cargo de la realidad de tantas personas de otros continentes que sufren confinamientos, cierre de fronteras, falta de recursos sanitarios y viven en la incertidumbre o conviviendo con la muerte indiscriminada de manera habitual. El virus invisible ha hecho ver realidades invisibles.

El virus nos encierra, pero a diferencia de la antigua peste esta distancia social ha sido capaz de crear un nuevo sentimiento colectivo de comunidad y fraternidad. Nadie se salva si se salva solo. La resiliencia social se ha manifestado más fuerte que la política, emplazada por su parte a situar responsablemente la vida de los individuos por delante de la economía sin convertir el escudo social en argumento de lucha ideológica. Los políticos están siendo poco sensibles al dolor de quienes no pueden acompañar en la muerte a sus mayores ni despedirse de ellos. Las democracias han de aprender a llorar mejor. La crisis del COVID-19 deja a las democracias en una encrucijada donde su propia lectura de la resiliencia será decisiva. La primera elección supone una visión corta de la resiliencia, ligada a las ideas de resistencia y refuerzo de la vigilancia para adelantarse a la adversidad, vencerla y preservar a la sociedad y el Estado, una concepción que habría salido reforzada de la crisis ante el aparente éxito de las técnicas de biovigilancia y big data aplicadas en algunos países asiáticos. Esta opción, aun salvando la voluntad de autolimitación del Estado, afianza las dictaduras digitales. La segunda es más ambiciosa e implica un rearme ético, no sólo para encarar con valentía el futuro, sino para edificarlo sobre bases auténticamente humanas. 

La resiliencia puede alumbrar una democracia afectiva y compasiva, que haga prevalecer la unión y el entendimiento mutuo sobre la dinámica de mutuas exclusiones, las batallas de la identidad o el nuevo culto a la frontera, forzando a los políticos a asumir sus verdaderas responsabilidades: a) el mantenimiento del orden de libertad, sabiéndolo adaptar a las circunstancias cambiantes (siempre desde el respeto a las instituciones democráticas y la cultura de la libertad); y b) la preocupación efectiva por el bien común y el bienestar de todos, que conlleva ciertamente la mejora de la dura situación presente. El poder del algoritmo no nos vuelve inmunes, ni reduce la vulnerabilidad a cero. La resiliencia realmente tampoco, pero al hacernos conscientes de nuestros límites nos hace más humanos y consiguientemente más capaces de superarlos para lograr la transformación personal y social. La democracia consciente precisa a su vez de un ‘capitalismo consciente’ (Mackay y Sisodia, 2013), con una visión más amplia y un propósito superior, capaz de transformarse e implicarse en la construcción de un futuro más cooperativo, humano y esperanzador. Será el mejor antídoto frente a las nuevas tentaciones de estatalismo.

Publicado en Diario de Navarra, 21 de abril de 2020

jueves, 19 de abril de 2018

Talento político


El talento político escasea. En España, de manera escandalosa en comparación con los países de nuestro entorno, y Navarra en esto no es una excepción. Es lo que tenemos. Nos resignamos, haciendo gala de virtud cristiana, pero pecando de falta de virtudes cívicas. La distancia, el divorcio mejor, entre los políticos y la ciudadanía es responsabilidad de la clase política, pero también nuestra. 

El jacobinismo, que algo bueno tuvo, apeló a una ciudadanía activa y virtuosa, atenta y preocupada por la cosa pública, capaz de hacerse presente en el escenario y el debate público, atando en corto a sus representantes. No se trata hoy de cortar cabezas, pero sí de exigir responsabilidades directas cuando quienes gobiernan dejan de preocuparse por la defensa concreta del orden de libertad y del bienestar general, y únicamente se ocupan de su propio interés, dejándose llevar por una excesiva ambición, 

Hemos dejado de lado la virtud de la participación, que compete a todos, tengamos o no una responsabilidad política directa, y los políticos campean a sus anchas, creciendo y reproduciéndose en sus propios viveros. Nos sorprende que aquí no dimita nunca nadie, señal de que las gentes ordinarias somos vistas como excesivamente ordinarias por parte del poder y sus cortesanos, y no piensan que deban dar cuentas ante la opinión. Somos responsables de los políticos que tenemos. 

Nos sorprende también que el segmento más poblado de nuestra fauna política no haya conocido otra actividad profesional que la relacionada con la política, a diferencia de lo que sucediera con la generación de la Transición, hoy tan denostada y en liquidación. Eso puede explicar la obsesión por los títulos de tanta legión de ministros y ministras, consejeros y consejeras, diputados y diputadas, y hasta de algún presidente o presidenta autonómica, en busca de honores y riquezas que llevan a perder la cabeza.

Esa necesidad sentida de tapar las propias vergüenzas o de realzar la presencia ante una audiencia a la que realmente se desprecia, es la más clara manifestación de falta de talento político. Nuestros próceres y ‘próceras’ reducen el talento político a su dimensión más simple. Necesitamos políticos con formación más allá del manual del partido, sí. Pero cuando se pretende disfrazar el capital intelectual y las competencias funcionales que todo político debe poseer, con resultonas prendas académicas al uso, fáciles de poner, como han venido a ser los másteres, es señal de que no hay otra cosa que ofrecer. 

Elementos sustanciales del talento político son también –o sobre todo– la calidad humana, la inteligencia moral, la cultura del compromiso, la responsabilidad social, los comportamientos, la comunicación entendida no como propaganda o demagogia –síntoma igualmente alarmante de falta de auténtico capital intelectual– sino como capacidad de dar razón de las propias acciones y decisiones a una ciudadanía …que ya ha salido a la calle como Diógenes con su lámpara en busca de políticos verdaderamente sabios y honestos.

Publicado en La Ventana-Sociedad Civil Navarra, 19 de abril de 2018

martes, 11 de noviembre de 2014

Esperpento


‘La tragedia española no es una tragedia’. No hay nada sublime en la grotesca realidad que contemplamos, ni sus protagonistas son héroes. La reflexión la vierte Valle-Inclán en ‘Luces de Bohemia’, una obra de teatro que hace de la corrupción política su entramado, y donde se introduce el término ‘esperpento’ como un concepto estético que permita expresar y denunciar la deformación de la vida social, sus desatinos –‘la vida miserable de España’–, al modo que los espejos cóncavos transforman en ridículas las formas más bellas. Nuestros representantes han forzado tanto las cosas en los últimos tiempos, hasta doblegar la realidad y hacerla verdaderamente esperpéntica, que hay que hacer un esfuerzo crítico para reconocer un mínimo grado de humanización en la política española actual. La caída de las máscaras, ante la sucesión de escándalos, siempre puede mostrar entre los más próximos algunos semblantes con lágrimas.

Al igual que en el mundo estético, hay tres modos de ver la política: de rodillas, en pie y desde el aire. Vista desde abajo, la realidad aparece enaltecida y los actores se convierten en ídolos o seres superiores. Observada al mismo nivel, el espectador se identifica con los personajes, sintiéndolos cercanos. Desde arriba, los dioses se reducen a figuras de sainete. Valle Inclán adoptaba una mirada que se alzaba por encima de sus personajes, contemplándolos con impasibilidad y superioridad, la misma distancia con que la sociedad considera hoy a los políticos, perdida la confianza en ellos. Cuando se pierde el respeto y la cara al público, cuando la política real se limita a los movimientos entre bastidores, fuera de control y al margen de las verdaderas demandas de los ciudadanos, es la propia política la que se corrompe, y el voto, además de la cartera del contribuyente, lo que aparece como un objeto robado.

La intención directa de voto plasmada en el último barómetro del CIS constituye un esperpento. La ira popular se ha vuelto valleinclanesca y produce una pintura negra como las de Goya. El sistema devora a sus hijos, proyectando una imagen de España en trance de ruina, que los grandes datos económicos de la recuperación no van por sí solos a cambiar. Nada escapa a este proceso esperpentizador, ni siquiera el gran personaje creado, ‘Podemos’, que crece a medida que el espectáculo se va haciendo mas inquietante. Por efectivo que sea en estos momentos, ni siquiera su discurso contra ‘la casta’ es original, pues remite a tertulianos de derecha dura que le precedieron en algunos canales televisivos (E. De Diego, ‘La casta parasitaria’, 2008). Y todavía se permite el lujo de vaciarse cada día de cualquier otro contenido a la espera de que nuevas manifestaciones de lo bufo completen la labor.

Todos los elementos del esperpento –personajes, ambientes, palabras y gestos– presentes en los escándalos de la Gürtel, los ERE de Andalucía, el clan Pujol, las tarjetas black o las redadas de la operación Púnica, han tenido un efecto demoledor. Pero igualmente esperpénticas se revelan algunas situaciones que los han precedido o seguido. Los esfuerzos de la presidenta del PP madrileño, Esperanza Aguirre, por presentarse como paladín de la lucha contra la corrupción y de la participación dentro de los partidos resultan absurdos, a poco que se repase su biografía política. El escenario catalán es mucho más feo. La figura del presidente Mas, representante del Estado y convertido en un astuto jugador y traficante de emociones con la pretensión de engañar no sólo al propio Estado, sino al pueblo catalán y a sí mismo, encarna ciertamente un personaje de Valle-Inclán, y aunque sea jaleado como un campeón puede terminar como Max Estrella en ‘Luces de Bohemia’: abandonado a la puerta de su casa muerto de frío.

A escala foral, nuestra política de ficción, con su partecica de escándalos, guarda imágenes no menos esperpénticas, como la del expresidente Sanz constituido en opinión combativa dentro de su partido porque su sucesora se resiste a ser manejada como un muñeco desde arriba; tanto como el titiritero a dejar de manejar los hilos de su tabladillo… El nuevo Nobel Patrick Modiano afirma en su última novela que en los periodos de cataclismo o de angustia moral no hay más remedio que buscar un punto fijo para mantener el equilibrio ‘et ne pas basculer par-dessus bord’. Urge recuperar la medida y la correcta visión de nuestra realidad para reafirmar con mayor fuerza que la regeneración política y democrática no es posible sin un rearme moral, individual y colectivo, inherente a la misma historia de Europa, capaz de trascender los puros valores materialistas y el corto cálculo electoral. En el esperpento confluyen en un mismo horizonte el impulso ético y el estético. Lo que hay, pero también lo que viene, si no hay reacción, no es una tragedia, sino –completando la primera cita de Valle-Inclán– una ‘deformación grotesca de Europa’.

Publicado en Diario de Navarra,  11 de noviembre de 2014

domingo, 14 de septiembre de 2014

Política y resiliencia


La resiliencia es un concepto que, procedente de la física, despierta cada vez más interés en los campos de la sociología, la psicología o la educación. Atiende a la capacidad de las personas para afrontar y salir fortalecido de la adversidad, algo que en la actual situación de crisis prolongada, se presenta más necesario que nunca. En Navarra se acaba de constituir una asociación para su promoción y desarrollo. Esperemos que su influencia llegue también a la política, donde al igual que en otros ámbitos, unos sobreviven y otros sucumben, aunque no esté claro que esa diferente suerte obedezca aquí a una clave resiliente en el modo de encarar la vida.

La presidenta Barcina, reforzada tras el fiasco de la comisión de investigación y la moción de censura, ha anunciado su voluntad de volver a ser candidata en las próximas elecciones. Pese a la presión de toda la oposición, lejos de quebrarse, ha recuperado la forma y disposición original. En su discurso de apertura del curso político, hizo referencia a las dificultades atravesadas, al sufrimiento experimentado, a los errores cometidos y a lo mucho aprendido de los mismos. Podrían considerarse, a primera vista, elementos de una política resiliente, pero un chequeo oportuno encuentra enseguida fallos.

La resiliencia en política no ha de contemplarse ni medirse fundamentalmente desde la perspectiva de los políticos sino de los ciudadanos, a quienes se debe la actividad política. Cuando de verdad se es consciente del dolor causado por las medidas de gobierno que había que tomar, pero que el propio descrédito generalizado de la política y de los partidos hacía más sangrantes, es obligado atender en justa reciprocidad a las exigencias ciudadanas que pesan sobre los políticos, aunque fuera como pobre reparación de las intrusiones, equivocaciones y abusos cometidos. Lo que importa realmente no es hacer frente a la adversidad, ni siquiera superarla, sino ser transformado positivamente por ella.

De los cuatro factores de la resiliencia mencionados por Grotberg, la presidenta ha enfatizado el ‘yo soy’ y el ‘yo puedo’, su autoestima, su fortaleza y sus habilidades. Pero ha relativizado el ‘yo tengo’, los apoyos externos, y el ‘yo estoy dispuesto a hacer’, la voluntad de progresar en los objetivos y la oportunidad de recontextualizar los hechos. En este sentido, ha sacrificado su compromiso de renovación del partido en beneficio de la unidad interna, necesaria pero no suficiente y difícil de garantizar mediante simples pactos de salón. UPN ha quedado descolgada y a contra pie en la carrera de la regeneración política, cuando estaba en disposición de tomar la delantera antes del vendaval de las elecciones europeas, que ha forzado a otros a moverse.

Pudiéndose haber adelantado a los acontecimientos, renovado la percepción del partido y legitimado el propio liderazgo de Barcina con un sistema innovador de elección de candidatos que fuera más allá del cabeza de lista, y que estuvo sobre la mesa, UPN ha fallado la ocasión y acabado por reforzar una imagen de cerrazón y resistencia a cualquier cambio, que resulta preocupante y muy poco resiliente. Malograda su propia iniciativa, sólo le queda hacer seguidismo de las dudosas e incompletas propuestas de regeneración del PP que pueden dar la impresión de que la única adversidad contemplada por los políticos es perder el poder o sus privilegios.

El conformismo es contrario a la resiliencia. El afán de superación y de trabajar para ello, con optimismo y esperanza, debe sobreponerse a cualquier discurso perdedor. El éxito político de Podemos, aun comerciando con el desencanto y la protesta, obedece a su propia ambición, al gran anhelo neosesentayochista que transmite (‘seamos realistas, pidamos lo imposible’) y que contiene en sí mismo un mensaje ganador, con mayor expectativa de voto cuanto más evidente resulte la falta de respuesta de los partidos de gobierno. Sólo quien no aspira a romper su propio techo electoral es imposible que lo haga.

Lo único demostrado en Navarra es que el voto del ‘miedo’ no proporciona mayoría absoluta. UPN debe reflexionar sobre ello. Su enemigo efectivo no es el nacionalismo ni el populismo ahora, sino la abstención, que no se vence exacerbando las pasiones políticas ni negando la presencia del otro. Tampoco el ‘odio’ a UPN o a Barcina puede ser garantía de una alternativa de gobierno. La resiliencia implica la disposición a ver con los ojos del otro y a dejarse penetrar también por su mirada, algo básico para poder llegar a acuerdos políticos y cuya ausencia compromete los asuntos más cruciales de la comunidad, como se ha comprobado en el reciente pleno sobre el autogobierno. Cuando los políticos no hacen lo que pueden para transformar las cosas, y se confía en que los ciudadanos no tendrán más remedio que votarles, no se puede responsabilizar a éstos de las consecuencias de sus dejaciones. Resiliencia no es resignación.

Publicado en Diario de Navarra, 14 de septiembre de 2014

viernes, 20 de junio de 2014

El nuevo rey ante el espejo

Azaña, gran amante del teatro, evoca en sus cuadernos un diálogo figurado con el rey Alfonso XIII, a quien ve reflejado en el espejo en que se mira, y que le pregunta qué está haciendo con España: “enseño a vivir en democracia, es difícil”, responde el gobernante republicano. La Monarquía como institución no ha sido ajena a este empeño fundamental de las sociedades contemporáneas y actuales. La proclamación de la monarquía de 1830, tras la segunda revolución francesa, entronizó al rey ciudadano y fue comprendida como una monarquía republicana. Asumida la condición liberal, un rey al frente del estado, con sus propias reglas de sucesión, ajenas a la lucha política partidista, ofrecía la ventaja de significar mejor el ideal de neutralidad del juez o árbitro que no puede ser parte, algo que no logran alcanzar algunos modelos republicanos. Esa monarquía constitucional es la que arraigó en España, con más luces que sombras, en el siglo XIX y es también la que ha proporcionado el régimen democrático más fecundo de nuestro siglo XX. Tiene razón el nuevo rey Felipe VI al apelar a la continuidad democrática como una clave de su reinado, pero también ha de serlo el cambio efectivo.

Al mirarnos en el espejo vemos la imagen que reflejamos en el propio espacio desde donde nos miramos, y que nos interpela ciertamente. El nuevo rey ante el espejo no puede sino contemplar a una sociedad que habla y se manifiesta cada vez con mayor criticismo y claridad, exigiendo respuestas a las propias demandas ciudadanas. La limitación del papel institucional del rey le ha despojado de la vieja prerrogativa de ser el único que todo lo ve y a quien no se podía mirar de frente –la más expresiva muestra de la negación de un público en el Antiguo Régimen–, pero la democracia no le impide convertirse en el gran escuchador y articulador de los mensajes de la sociedad, diluidos dentro del estruendo del espacio público. Atendiendo a la centralidad de la sociedad se justifica la propia función de la Corona, que no está alejada del concepto de representación. Si bien el rey no es representante ni elegido del pueblo, la monarquía sí puede proporcionar una viva expresión de esa imagen de sociedad ideal que toda cultura política necesita y persigue: la unidad y la estabilidad como garantía de la prosperidad de una comunidad diversa. El poder del rey es simbólico, y por ello mismo visible, y de enorme importancia para el rearme o derrumbe de la moral colectiva.

Paradójicamente una democracia puede degenerar en una sociedad de corte cuando se consiente la formación y acción incontrolada de triarquías oligárquicas, esa alianza entre timócratas, plutócratas y demagogos –esto es, entre políticos que sólo buscan su propio provecho personal, entramados económicos que se benefician del poder político, y medios de comunicación que juegan a extender la partidización de la vida colectiva–, una asociación de intereses ajena al bien común que tanto ha erosionado en los últimos tiempos la credibilidad de nuestro sistema y de la propia institución monárquica. Paradoja por paradoja, una monarquía puede ser el revulsivo democratizador que la política, a requerimientos de la sociedad actual, necesita. El nuevo rey, como su bisabuelo Alfonso XIII, llega imbuido de un atmósfera regeneracionista en un contexto difícil. Responder a esa expectativa afectará a la suerte de la Corona, pero también a la normalidad de la imagen reflexiva de la sociedad española, sometida en exceso a las deformaciones de los espejos mágicos de los políticos de feria, tan abundantes en tiempos de desolación. La consistencia del mensaje de Felipe VI en el acto de su proclamación ante las Cortes es una garantía de futuro y nuevo entendimiento.

Publicado en Diario de Navarra, 20 de junio de 2014

jueves, 5 de junio de 2014

Tres generaciones


Toda generación se presenta como un sujeto colectivo portador de un tiempo humano y social propio, que predispone a pensar y a actuar de una manera semejante. Por encima del factor biológico, se cuenta una generación allá donde un grupo de hombres y mujeres, relativamente coetáneos, comparten una misma sensibilidad, un estilo y, sobre todo, una misión, porque sin proyecto o empresa histórica no se da formalmente una conciencia generacional. Al ritmo de predecesores, contemporáneos y sucesores, el juego generacional proporciona claves imprescindibles tanto para la comprensión de la gramática o narrativa de la comunidad política como para la explicación del cambio. En el caso de España, dos generaciones han resultado fundamentales para la historia del siglo XX, las de 1914 y 1978, y una tercera, aún por definir en la encrucijada actual, ha de marcar el XXI.

La generación de 1914, cuyo centenario celebramos, liderada por Ortega y Azaña, hizo bandera de una idea democrática y europea de España, imbuida de un fuerte sentido regeneracionista. La crítica de la vieja ‘España oficial’ se acompañó de una voluntad de hacer emerger una segunda España, una ‘España vital’, “una España vertebrada y en pie”, que implicaba una nueva política y nuevos políticos: hombres ilusionados, capaces y ejemplares, comprometidos con la reinstitucionalización de la vida española y la tarea de nacionalización de las masas. Este planteamiento reformista, que era aún posible dentro de la Monarquía de Alfonso XIII, empujaría a la ruptura pacífica cuando el rey pactó con la Dictadura de Primo de Rivera. La Segunda República acabó siendo la hora forzosa de la generación del 14. Y aunque la hipercrítica dirigida hacia el legado de la Transición tienda a contraponer la experiencia democrática republicana con la actual, no es difícil ver la esencial continuidad existente entre los proyectos de las generaciones de 1914 y 1978.

La generación de 1978 ha hecho exitoso el proyecto de modernización y democratización de la generación de 1914. Y ello se ha debido fundamentalmente al pacto Monarquía-Democracia impulsado por el rey Juan Carlos que acaba de abdicar, seguido de un pacto no menos fundamental, el pacto Democracia-Autonomía que aunaba las visiones de Ortega y de Azaña, reconocibles ambas en la doctrina García de Enterría, expresión académica de la mente política de Adolfo Suárez, donde la ‘generalización’ autonómica viene acompañada del principio clave de “autonomías potencial pero no necesariamente iguales” (la ‘particularización’ para atender situaciones también singulares), vulnerado en buena manera por el desarrollo autonómico posterior, pero que salvaguarda el texto constitucional vigente. Tampoco se puede obviar que la reconciliación, la concordia y el consenso abanderados por el rey Juan Carlos y Suárez enlazan con el “paz, piedad y perdón” del último Azaña, marcando así el camino de la transición a la democracia, con aciertos y errores personales y colectivos.

Al igual que fue necesaria la llegada normalizada del PSOE al poder para consolidar la democracia, también es necesaria ahora la sucesión para consolidar la monarquía democrática. En lo más significativo de su discurso de abdicación, el rey apelaba a una nueva generación. La tercera, invitando al próximo rey Felipe a encabezarla, como él lideró con Suárez (y luego con González y Aznar) la de 1978. ¿Para proceder a una Segunda Transición? Para ir de la democracia a la democracia, profundizando en ella. Volver a plantear la alternativa Monarquía o Democracia es un falso debate. Y si se habla de legitimidad, la monarquía después de Franco –dentro del proceso por ella iniciada de devolución de la soberanía al pueblo español– ha sido sometida a referéndum en dos ocasiones, en 1976 y 1978, a diferencia de la historia de las dos repúblicas españolas.

El proyecto del 14, tal como lo formuló Ortega, tiene nueva actualidad. Aquella generación fue desbordada por los extremos y, en cierta manera, la de 1978 también lo ha sido por los nacionalismos y la izquierda radical. Las últimas elecciones europeas así lo han significado. El problema actual no es la forma de Estado ni el papel del nuevo rey, sino cargar de nombres y contenidos el nuevo proyecto de convivencia. La primera irrupción de la tercera generación en el poder, con Zapatero, fue fallida y aceleró el deterioro presente jugando frívolamente con los pilares de la Transición. De ahí la relevancia del proceso interno abierto en el PSOE tras el 25-M. La proclamación de Felipe VI ha de despertar a las fuerzas de centroderecha y centroizquierda llamadas a entenderse para acometer las reformas estructurales, institucionales y constitucionales que precisa este país. El futuro no está en el pasado, pero ha de seguir escribiéndose sin falseamientos históricos desde la moderación. Las palabras del todavía Príncipe de Viana en Leyre, convocando a “ampliar el campo de esperanza”, constituyen las iniciales de la Tercera Generación, dispuesta en su ánimo a dar “lo mejor de sí misma” al servicio de una España “unida y diversa”.

Publicado en Diario de Navarra, 5 de junio de 2014

miércoles, 26 de marzo de 2014

Giro lingüístico y política


Si es verdad que el llamado ‘giro lingüístico’ ha dejado de marcar hace algún tiempo el debate en el seno de las ciencias humanas y sociales, en el ejercicio de la política tiene plena actualidad, no sólo en Navarra. La tesis de que el lenguaje es el agente constitutivo de la conciencia y de la producción social de significado, alimenta más que nunca algunos discursos políticos, según los cuales no existe una realidad al margen de las categorías del observador. Cualquier idea de un universo objetivo, independiente del discurso, se considera una ilusión porque el lenguaje no refiere a una realidad extra-lingüística. La materialidad misma de lo real no posee ningún significado al margen de su enunciación.

Esto es algo que afecta particularmente al socialismo navarro en las últimas semanas. El pacto de la oposición para incluir, contra las evidencias, el término corrupción en las conclusiones de la comisión de investigación no bastó para salvar el veto de Ferraz que como una espada de Damocles se cernía sobre Jiménez y la actual dirección del PSN, su credibilidad en juego. Tras el fiasco de la moción de censura no ha habido empero dimisiones, por más que hayan sido reclamadas desde distintos sectores de la militancia, y se imponga desde el sentido común. El principal argumento de Jiménez para no dimitir ha sido apelar a la tranquilidad de su conciencia y a la responsabilidad, lo cual es paradójico pues lo primero no puede servir para soslayar las responsabilidades debidas en el espacio público.

Lo que es kafkiano no es que el PSN tenga que pagar los platos rotos de una crisis del gobierno de Navarra, como ha argumentado el todavía líder socialista, sino que una misma dirección política haya fracasado en todos los roles, contradictorios por demás, que ha pretendido jugar, y ello no tenga mayores consecuencias, como si efectivamente no hubiera sucedido nada. Jiménez fracasó en el gobierno, pretendiendo hacer desde ahí oposición, y ha fracasado igualmente en la oposición buscando liderar a la propia oposición. ¿Qué más le queda por hacer, después de intentar todavía que los críticos de UPN le solucionasen la papeleta, obviando que Barcina ha salido claramente fortalecida tras la crisis provocada por él?

Cuando se valora la performatividad del lenguaje, esto es, su utilización para ‘hacer algo más que decir algo’, resultan más visibles los límites del giro lingüístico. Hay ‘actos de habla’ que por sí mismos instauran realidades, como la realización de una promesa. Que es lo que la oposición de manera interesada ha trasladado al PSN, enfrentándolo al valor de la palabra dada y descalificándolo como sujeto de cambio. ¿Qué es lo que no sabía el PSN desde el principio? ¿Que se precisaban los votos de Bildu? ¿O que no había corrupción y por eso se empeña en reafirmarlo después? Llegados aquí, la alternativa es clara: o se cae Jiménez con todo su equipo y da paso a una inmediata reorganización del partido con nuevas personas, ideas y estrategias, o renuncia a la actitud de bloqueo total en que se ha instalado.

Barcina le hace un favor al PSN no convocando ahora elecciones. Pero el PSN no puede afrontar lo que queda de legislatura como el perro del hortelano, que ni come ni deja comer. Pues acaba por no saberse qué huerto cuida, ni para quién trabaja incluso. Nadie le pide que se siente con Barcina, si no quiere. Basta que se abstenga, y deje gobernar al partido mayoritario, como sucede en la CAV o en Extremadura. La política no puede reducirse a simples juegos de lenguaje, de gran tremendismo verbal (corrupción, desgobierno, inestabilidad, bloqueo, exclusión) aunque nada inocentes, pues desde la perspectiva de la realidad construida por el lenguaje político la situación es ciertamente insostenible.

Ante los excesos del giro lingüístico se impone en la política –como ha sucedido en las ciencias humanas y sociales- un ‘retorno a lo real’. A la verdadera realidad que sacude a los ciudadanos, para quienes los políticos constituyen un obstáculo para la solución de sus problemas, tal es el grado de inoperancia al que ha llegado la política instalada en el lenguaje, degradado además al mero insulto. Por ello, la voluntad de agotar la legislatura compromete particularmente a UPN. Asisten razones para hacerlo. Para que la recuperación económica llegue a los más castigados por la crisis. Para impulsar la regeneración política, no con palabras sino con hechos, con pruebas, con el concurso de todos los grupos, como una exigencia previa que permita recuperar la fe en la política, o que revele si no el juego pequeño de quienes no quieren que nada cambie, con ánimo de continuar beneficiándose del sistema. Y, en fin, para clarificar al norte y sur del Ebro la dimensión de Navarra como comunidad política diferenciada dentro de España, con el mejor Concierto, claro.

Publicado en Diario de Navarra, 26 de marzo de 2014

lunes, 17 de febrero de 2014

Conjeturas y sables


Asistimos en la política foral a un desenlace que estaba escrito, y que no ayuda a devolver la fe en nuestros profesionales de la cosa pública. Si yo caigo, tú caes conmigo, o antes de que me cesen, dimito. Eternos lugares del mundo de las relaciones profesionales y del viejo oficio de la política, que acaban jugando a veces un papel decisivo en el desarrollo de los dramas sociales, como sucede en la representación del último acto de la crisis navarra. La verdadera gramática de los motivos, ni se lee ni se escribe –no siempre se corresponde con las razones aducidas–, pero inspira y conduce la acción. Desencuentros, rencores, despechos, venganzas encubiertas, personalismos y pasiones humanas, demasiado humanas, provocan incendios y terremotos políticos, cuyas consecuencias sus responsables son incapaces de medir.

Si la conjetura es común a la actividad científica, en la política tiene patente de corso, sobre todo si afecta a un posible caso de corrupción. La conjetura se eleva a certeza y que vengan detrás a demostrar que es falso. Esa es una tarea para estudiosos del pasado, pues la actividad política ya está enfrascada en nuevas conjeturas y aventuras de futuro que reclaman la decisión de los actores. El líder del PSN, sorprendiendo a todos al decir ‘el partido soy yo’, se ha autopostulado para presidir un gobierno de transición, como teórica segunda fuerza, contraviniendo la actual aritmética parlamentaria. Falto de discurso y de credibilidad, ha proclamado un deseo regeneracionista a lo Miguel Primo de Rivera –abrir ventanas, levantar alfombras, airear– que como aquél, con quien en su día colaboró el PSOE, podría resultar sospechoso en cuanto a su verdadera finalidad.

Hay prisas para no agotar la actual legislatura.  Se trata esta vez de ‘no fallar la ocasión’.  Aunque no se sepa bien o no se quiera saber adónde vamos. Urge y no sólo por las previsiones legales acerca del posible adelanto electoral. Debe realizarse antes de que pueda evidenciarse la salida de la crisis económica, y ello beneficie al gobierno de UPN, desvaneciéndose la imagen de fin de ciclo y de corrupción del sistema que la oposición se ha empeñado en focalizar en Barcina, por más que haya sido la última en llegar al poder y se haya encontrado con fuertes resistencias para cambiar las cosas, como se ha comprobado a propósito de la Fundación CAN. La vieja política de camarillas, que siempre esconde intereses vergonzosos, se alía con la política de sables, deseosa de hacer rodar cabezas o preocupada de conservar la propia.

El PSN de Jiménez busca su supervivencia como actor jugando a dos barajas, con Geroa Bai y con los críticos de UPN, antes de que las urnas le releguen a un simple papel de extra en la política navarra. Los críticos de UPN, muchos o pocos, se comportan como ciegos que pretenden guiar a otros ciegos, sin asimilar aún su reciente derrota ante Barcina y su responsabilidad histórica en la actual imagen de deterioro del partido. Geroa Bai siempre gana en el juego lanzado con la cabriola del PSN y también con el miedo a Bildu pregonado desde UPN. Y lo hace sin despeinarse, sin bajar a la tierra en carne mortal, instalada en la pura conjetura, sin despejar ninguna incógnita de las muchas que le conciernen. El discurso anti-UPN ha calado como el antiamericanismo de los años 60: nada puede ser peor que la realidad conocida. Pero al nacionalismo no le basta con la salida de Barcina del gobierno, pretende reventar UPN, con o sin colaboración interna, lo que indirectamente beneficiaría al mortecino PPN.

Cualquiera que sea la salida a la presente situación, será en todo caso ‘fallida’ en los términos de la regeneración política que solicita la ciudadanía. Un año más de legislatura se justificaría sobradamente para promover una verdadera transformación de los partidos, con medidas e iniciativas concretas que pudieran ser convenidas y adoptadas por todos los grupos, recogiendo fórmulas de participación abiertas en la selección y elección de todos los candidatos (no de uno sólo), y de relación directa entre los electores y los elegidos. Un tiempo político nuevo exige vino nuevo en odres nuevos. Pero, como expresa Magris en ‘Conjeturas sobre un sable’, para esa actitud de ayuda y diálogo con los demás –‘el más auténtico oficio religioso’–, para ‘escuchar al otro y seguirle en sus laberintos sin extraviar el propio camino’ ya no nos valemos. Exige ciertas dosis de conversión y no va haber confesión pública ni peticiones de perdón, ni rectificación alguna ante los ciudadanos. Todos los partidos tendrían necesidad de hacerlo, pero ya no hay tiempo… Volverán a las andadas porque entre tanta conjetura y sable, no están buscando la verdad sino –como decía Magris- ‘las razones que expliquen el falseamiento de la verdad’.

Publicado en Diario de Navarra, 16 de febrero de 2014

martes, 7 de enero de 2014

Historia y política



Paul Valéry no dudó en afirmar que la historia era el producto más peligroso que la química del intelecto hubiese fabricado jamás. A través del relato histórico, el historiador define metas, aúna voluntades, persuade, presiona, organiza el tiempo; negocia en suma el pasado desde el presente con vistas al futuro. Ejerce con frecuencia, antes que una función social, una clara función política. Sin duda lo hizo en el siglo XIX –la historia al servicio de la Nación como en el XVI y XVII lo había estado al servicio del Príncipe– y también lo ha hecho en el XX, en medio de tanto totalitarismo y conflicto de nacionalismos. Observando el modo en que se ha contado y se cuenta la historia a los niños en el mundo entero, un ejercicio practicado por Marc Ferro, se hace patente cómo la historia sigue siendo una herramienta imprescindible para la fundamentación y supervivencia de cualquier nacionalismo. 

La historiografía o el uso de la historia, en general, es un arma peligrosa en la medida que, apoderándose de la memoria y del olvido, proyecta sobre la comunidad, como valores, los mitos y contenidos ideológicos inmediatos del propio grupo organizado, pudiendo inducir al odio y también a la violencia. No hace falta que lo diga ningún informe de los Cuerpos de Seguridad. No cualquier relato de la historia hace justicia a la Historia, tampoco es necesario preguntárselo a las víctimas del terrorismo. La historia como la política puede reducirse a la dialéctica amigo-enemigo, incluso en medios pretendidamente académicos. El congreso ‘España contra Cataluña’ promovido por la Generalitat es un buen ejemplo de historia oficial-militante en el siglo XXI, bien engranado en la gran operación de propaganda nacionalista en que se ha convertido el desafío secesionista catalán. 

Todo el movimiento conduce a 2014 con una doble finalidad simbólica: la conmemoración del final de la Guerra de Sucesión (1714) entendida no como un conflicto dinástico sino como un conflicto entre España y Cataluña que acabó con sus fueros y libertades, haciendo coincidir esa celebración histórica con la fiesta política de una consulta popular que abra las puertas a la nueva libertad. Es un nuevo caso de ‘invención de la tradición’, que cambia el significado de los hechos históricos para su utilización política, tejiendo el relato de una supuesta lucha por la independencia, inevitable por la ambición española, como hiciera en su día Sabino Arana para el País Vasco. La aranización de Artur Mas rompe con la tradición catalanista autocontenida dentro de una afirmación de España, en un deseo de explotar la debilidad española ocultando la propia, puesto que la Cataluña locomotora de España es ya un mito, y hoy más que nunca es preciso hacer responsable a España de sus males. 

Por grosera que parezca la manipulación, no se pueden menospreciar sus efectos. En Navarra, con ocasión del Quinto Centenario de 1512, la batalla académica –en una curiosa guerra de congresos– la ganaron unos y quienes están rentabilizando sus efectos políticos son otros, a tenor de la crecida nacionalista que parece haber arrastrado consigo a quienes no tienen la brújula suficientemente imantada. Las relaciones culturales y políticas entre Cataluña y Navarra han sido desde finales del XIX de ida y vuelta. Resulta extraño el ominoso silencio acerca de las posibles repercusiones del secesionismo catalán en la política navarra al tiempo que se defiende una alternativa de gobierno que pivota necesariamente sobre el nacionalismo vasco. Pretender remontar el pasado para construir el futuro, como se desprende de los usos y abusos de fechas como 1512 ó 1714, es empeñarse en avanzar hacia atrás, encallando voluntariamente en la rocosidad de las fronteras y de las soberanías irreductibles, en lugar de salir al mar abierto del nuevo tiempo global. 

 El origen y desarrollo de los nacionalismos catalán y vasco son ajenos en el fondo a la estructura del Estado, por lo que resulta ingenuo pensar que en un cambio de la misma radica la solución. El debate actual sobre el federalismo tiene mucho de falso y cansino, cuando hace tiempo que se ha asentado la idea del Estado de las Autonomías como ‘moderno federalismo’, por más que aún se pueda perfeccionar. Desde la Transición, los nacionalismos periféricos nunca han apostado por el federalismo, ni apunta ahora Mas a él en la tramposa primera pregunta de su anunciado referéndum. En cualquier caso, el federalismo no es una mera carcasa organizativa, implica una cultura política federal que tiene en el pacto y en la lealtad al pacto su máxima expresión. No es un descubrimiento afirmar que, dentro de la España de las Autonomías, Navarra es el mejor reflejo de ese ‘espíritu federal’, y que aunque algunos se apresuren a certificar un ‘fin de régimen’, invocar ‘más Navarra, más España y más Europa’ es toda una profesión de ‘soberanía compleja’, es decir, del final de cualquier planteamiento exclusivo de la soberanía. 

Publicado en Diario de Navarra, 4 de enero de 2014

miércoles, 27 de noviembre de 2013

Política para la esperanza


El desencanto social es consecuencia de una espera sin esperanza, que se vuelve contra las falsas promesas de la política, y por extensión de la democracia. Mientras se apercibe una débil luz al final del túnel económico, la crisis política permanece estancada y amenaza  la recuperación. La hipercrítica al legado de la Transición es fruto de la desilusión de los más  jóvenes, pero incorpora incuestionables elementos de verdad. Si desde los años sesenta pudo presenciarse en España un cierto desarrollo de la sociedad civil, paradójicamente después de 1975 el poder político tendió a reafirmar su control sobre la sociedad. Bajos los imperativos de la pluralidad y la permanencia democráticas, la Transición apostó por un modelo de partidos y sindicatos fuertes, que a día de hoy se han convertido en férreas estructuras de poder, dominadas por sus cúpulas, y son factor principal –además de corrupción– de la actual crisis de representación e inestabilidad políticas. Si algo debemos cambiar, empecemos por ahí.

Lamentablemente los partidos están a otra cosa, mirándose el ombligo, inquietos sus prohombres por cuestiones de liderazgo, buscando alzarse con él o seguir ejerciéndolo cuando ya no se tiene, manifestando un enfermizo apego al propio criterio y modos de hacer y, en último término, un mono de poder que algunos expresidentes no consiguen superar. Los políticos se resisten a proporcionar alguna prueba que introduzca una pizca de futuro en el presente y haga más soportable el ‘todavía-no’. La última Conferencia Política del PSOE ha resultado desconcertante. Su coordinador postulaba volver a la política sensata, recuperar consensos y liderar desde la moderación; pero lo que proclaman sus dirigentes es un giro a la izquierda y mayor radicalismo. Era un foro de ideas, pero en los pasillos se habló del calendario de primarias. La ponencia aprobada ofrece lo que nadie quiere, una reforma federal de la Constitución, pero se queda muy corta en expectativas de más calado para la sociedad como la reforma electoral, abogando únicamente por fórmulas de desbloqueo de las listas.

La crisis de representación política exige respuestas más audaces, con o sin reforma del actual marco constitucional. Es verdad teórica y práctica que la democracia no es el gobierno de los mejores, y que por ello el sistema puede degenerar. Está claro también que el ‘demos’ no asume el poder que formalmente se le atribuye, y que en su nombre se lo reparten unos profesionales de la política cuyos intereses se han alejado progresivamente del servicio a los ciudadanos. La regeneración democrática implica, en consecuencia, un nuevo acercamiento de los representantes a sus representados, fortaleciendo las posibilidades de control de los electores a los elegidos, a través por ejemplo de un sistema de distritos electorales, compatible con el criterio de proporcionalidad vigente, que aproxime los efectos del voto a quienes lo emiten, y garantice que no se diluya la responsabilidad contraída por el político electo. Esto es mucho más efectivo, y peligroso para el poder de los partidos, que la apertura controlada de las listas.

Pero no basta con ese movimiento, que obligaría a los partidos a buscar candidatos conocidos por los ciudadanos. Ni con la exigencia de una mínima  ética social (transparencia, honestidad, responsabilidad). Los partidos tienen que asegurar niveles de formación, competencia y dedicación entre sus políticos, estableciendo las correspondientes reglas internas y estimulando la participación en la política de lo mejor de la sociedad civil. El retorno a la sociedad no se consigue con nuevas ventanillas u oficinas virtuales a la espera de que el ciudadano se acerque a ellas para obtener información por simple curiosidad. Es el político el que ha de realizar el esfuerzo de buscar y dirigirse a la sociedad, no para vender un programa prefabricado de partido, sino para escuchar –a las familias, empresas, universidades, asociaciones voluntarias, no sólo a los movimientos sociales que más gritan– como requisito previo para llegar realmente a comunicar y hacer comunidad. El líder es siempre un buen escuchador capaz de inspirar objetivos comunes con visión de futuro.

Una política para la esperanza exige moderación y realismo, no radicalizaciones y utopismos incapaces de establecer políticas viables y prioridades en circunstancias cambiantes. Requiere igualmente voluntad de regeneración, que haga esa esperanza fiable, manifestada en reformas que abran la posibilidad de una política futura, donde la ejemplaridad deseable del político se corresponda con la necesaria participación del ciudadano, investido de facultades reales para que pueda ser un ciudadano activo y vigilante, ejerciendo al menos –en las condiciones más favorables para él– el escaso poder del voto que le queda cada cuatro años. Si los partidos grandes manifiestan mayores resistencias al cambio, la oportunidad puede ser para los pequeños con libertad de movimiento, como David frente a Goliat, apurando las posibilidades políticas domésticas con imaginación y resolución, y obligando al resto a ensanchar el deseo: la manera más eficaz de transformar la política.

Publicado en Diario de Navarra, 27 de noviembre de 2013

sábado, 22 de enero de 2011

Tribunal Político Constitucional

Deberíamos estar orgullosos. El Tribunal Constitucional ya tiene nuevo presidente, y además es juez de carrera, Pascual Sala. El garante de la Constitución, garante a su vez de las reglas del juego, está despierto y vigilante. Qué tranquilidad en medio de la noche. Deberíamos estar orgullosos, pero no lo estamos. España no tiene un Tribunal Constitucional. Tiene uno Político Constitucional.

La anterior presidenta Casas tronó en su despedida contra los partidos políticos por no respetar la Constitución, y fue aplaudida y comentadas sus palabras por los sabios, ella que fue abroncada públicamente por la ex vicepresidenta del gobierno de la Vega, ofreciendo una pobre imagen de la independencia del alto tribunal durante su mandato.

El problema no es que los partidos tarden en ponerse de acuerdo sobre los nombres del TC que han de renovar las cámaras. El problema es la vuelta de tuerca al sistema de elección forzada por Zapatero, y el cinismo con que se actúa. El problema es la politización del tribunal, la presión política que se ejerce sobre él y la naturalidad con que se aplican desde fuera las etiquetas progresista y conservador a sus miembros.

Para que parezca normal la dinámica de bloques como norma de funcionamiento. Pues no lo es, ni tampoco sostenible, ahora que tanto nos gusta el término. Se oculta la viga para señalar la paja, la cabezonería de los partidos en determinados nombres, como si el problema se redujera a un nombre y en su rechazo quisieran evitarse todos los males de la politización.

Los sectores afines al PSOE han cargado sobre el PP la responsabilidad del retraso de años en la renovación parcial del TC. Fieles a la lógica de bloques, y con la esperanza puesta en ella, defendieron incluso que el Tribunal se renovara urgentemente ante el fracaso de las primeras ponencias más favorables al Estatut catalán, para que no se desbarataran sus propósitos.

Y se habló de traidores, como Manuel Aragón, que han pagado en el presente su desafecto, viéndose privados de la presidencia. Ahora preocupan las futuras sentencias sobre el aborto y el matrimonio homosexual. Urgia el desbloqueo de la renovación en el senado y posiblemente no urja tanto que se proceda a ello en el congreso, ahora que la mayoría y su nuevo presidente basculan hacia el lado progresista.

Unos dicen sin pudor que el presidente electo era el candidato de Rubalcaba o que tal puesto es un tributo a los nacionalistas catalanes. Otros contestan con cierta ingenuidad, cuando se les pregunta sobre qué harán ante determinadas leyes si llegan al gobierno, que primero valorarán lo que señale al respecto el TC.

Esta es la gran pantomima que presencian los ciudadanos. Por una parte, se quiere trasladar sobre el TC la lógica más puramente partidista, a costa de la propia división de poderes que consagra la Constitución. Por otra, todos hemos de actuar como si no existiera esa politización ni esa presión y fuera realmente una instancia independiente por encima de los políticos.

El problema no es únicamente español pues, en último término, responde a una diferencia de fondo entre la cultura política norteamericana y la cultura política europea de matriz francesa: la piedra angular que define la Constitución para la primera, es desplazada por el concepto de soberanía en la segunda, con efectos históricos conocidos (la partidización jacobina y la inherente debilidad institucional).

Pero eso no quiere decir que los españoles y sus políticos no tengan nada sobre que reflexionar: a la desafección existente entre los ciudadanos hacia la clase política comienza a unirse la desafección a las instituciones. Y esto no se soluciona con un suspiro. Cuántas cambios tendrá que acometer el nuevo gobierno, y cuántas cosas tienen que cambiar antes, para que esos cambios sean posibles.

viernes, 30 de abril de 2010

El umbral de resistencia

España no es Alemania; ni Francia, a la que se iba a superar; ni Italia, a la que ya se había sobrepasado como potencia económica, según nos había anunciado nuestro guía y conductor Zapatero, emulando los entusiastas mensajes que la propaganda de Stalín lanzaba dentro de la Rusia comunista vaticinando la disposición del país a adelantar a los creídos capitalistas en vísperas de la Gran Depresión. España ciertamente está más cerca de Portugal y Grecia y, por desgracia, lejos de haber emprendido la senda de la recuperación, sigue en recesión y con escasas perspectivas de crecimiento real -aquél capaz de generar empleo- en mucho tiempo. No basta el voluntarismo utópico para cambiar la realidad. Cualquiera desea transformarla, mucho más cuando los datos son tozudos y no permiten ignorarla, si es que éstos consiguen ver la luz a tiempo, sin maquillajes, aunque sea a base de filtraciones.

El paro sobrepasa el umbral dantesco del 20% y nos precipita a todos a los infiernos; las agencias internacionales de calificación de riesgos, como la prestigiosa S&P, rebajan la calidad de nuestra deuda, que es como decir que has entrado en barrena e impedir al tiempo que puedas recuperar la posición, pero el espectáculo que no falte. Que no cunda el pánico, dice la ministra Salgado con la cara desencajada. Que no se apodere de nosotros la desesperanza, clama la obispa laica. Que no flaquee nuestra fe en quien una y otra vez asegura que hemos tocado techo y que lo peor ya ha pasado. Que se arrepienta de sus pecados el PP, para que pase la tormenta económica y este duro tiempo de prueba que nos ha traído. Que vuelva el solícito Garzón para tensionar el debate político, que es utilizando ese tipo de tensores como Zapatero puede mostrar su musculatura ideológica y se encuentra realmente a gusto en la escena pública.

Maldita economía. Pero ¿cuál es el umbral de resistencia que puede aguantar España? ¿Hasta donde pueden seguir ascendiendo los niveles de paro o de déficit público? ¿Dónde está la presunta fortaleza de nuestro sistema financiero que precisa un duro reajuste de las cajas de ahorro? ¿Cuánto más puede soportar España, sin reformas estructurales, antes de venirse abajo como Grecia? ¿Cuál es el umbral de resistencia del propio Zapatero? ¿Su resistencia sin limites lo es únicamente para aplazar de modo indefinido, o al menos hasta las próximas elecciones, cualquier solución drástica, aunque eso malogre las posibilidades -si no de remontar el vuelo- de estabilización a tiempo? ¿Qué potencial está demostrando la oposición para confiar, en todo caso, que un simple cambio político pueda obrar la recuperación de España?

Resistencia única la que están demostrando los españoles para soportar la fatiga infinita que produce la inevitablemente obscena contemplación de los políticos. ¿De qué pasta están hechos, que ni padecen ni sienten, o simplemente son unos inconscientes? Los políticos. Los ciudadanos trabajan para los políticos, pero ¿quién trabaja para los ciudadanos, quién inteligente y esforzadamente se aplica para que los españoles tengan trabajo? Los sindicatos se conforman con que cobren el paro, como si ellos tuvieran la maquinita de hacer dinero. Mañana veremos a sus dirigentes en las calles, celebrando con poca cara de fiesta no sé qué día del trabajo. Con los últimos datos de la EPA, y el seguidismo que hacen del gobierno resistente a cualquier cambio, mucha compañía no van a tener.

jueves, 15 de abril de 2010

La gran fraternidad

La derecha de este país aún no se ha enterado de lo que es el progresismo, y ya va siendo tiempo, ahora sobre todo que un nuevo progresismo campea por sus fueros en estos pagos por obra y gracia de Zapatero. Del viejo trilema revolucionario francés Libertad, Igualdad y Fraternidad lo que prevalece sin duda es la fraternidad, una gran fraternidad. La fraternidad se alza hasta por encima de la libertad y de la igualdad. En nombre de la fraternidad se acaba relativizando la división e independencia de poderes, que es garantía del auténtico espacio de libertad. Y, como un acto de fraternidad, se pueden también justificar las grandes diferencias entre iguales apelando a la libertad. Es lo que está sucediendo en los últimos días con los hermanos Garzón y Bono.

La bohême progresista, respaldada por miembros del gobierno socialista, se ha movilizado en favor del juez Garzón, para evitar que la Falange y los hijos de la dictadura -con quienes Zapatero siempre ha querido identificar al PP- se salgan con la suya y acaben con los logros históricos del progresismo de los últimos años. Artistas, intelectuales y sindicatos se encierran o cierran filas con el juez estrella, el juez conferenciante, el juez socialista; y como si de un poder revolucionario se tratase, intentan presionar al Tribunal Supremo, como antaño en torno a las sociedades secretas, las logias masónicas o los soviets se constituían poderes paralelos contra los poderes legales.

Son los mismos que preconizan la acción directa contra los corruptos del Gürtel, obviando los tiempos y garantías procesales, más preocupados en descalificar al PP como alternativa de gobierno -cuando más evidente se hace la ineficiencia de Zapatero-, que en defender la dignidad de la política y las instituciones. Amparado en la bendita fraternidad el gobierno sigue demostrando que sólo sabe hacer oposición de la oposición, en detrimento de los verdaderos intereses de los españoles, dejados a su suerte en esta dura situación de crisis. Y en nombre de la fraternidad otros prescinden de las facultades intelectuales, se renuncia a cualquier actitud crítica hacia el poder constituido (por los hermanos) y se convierte a la oposición en un auténtico enemigo simplemente porque -digan lo que digan o hagan lo que hagan- no son ni pueden ser de los nuestros. Esa fraternidad es puro sectarismo.

Con todo, no todos son iguales entre los nuestros. Así se lo está pasando la derecha por las narices al hermano Bono. El socialista cristiano manchego, lejos de imitar la pobreza evangélica de los primeros cristianos, que tanto cautivó al primer socialismo de Saint-Simon, prefiere los palacetes de los obispos a quienes tanto crítica. La prensa maligna le está sacando áticos y pisos millonarios hasta debajo de las piedras. Es la extrema derecha, muy montaraz, una vez más, dice él, la que se empeña en difamarle y calumniarle, para hacer creer que todos son iguales o están unidos por la misma corrupción que está abrasando al PP. Iguales ciertamente no. Puestos a defender al pobre Bono, los hermanos y amigos no tienen más remedio que reconocer que lo suyo no será muy socialista, pero no es ilícito. ¡Santa fraternidad que está socavando los cimientos de la política!

viernes, 26 de febrero de 2010

Hijoputizados

Dice Pérez Reverte que no admite lecciones de memoria histórica analfabeta; que ése es el problema, que esa memoria reescrita por políticos que no han leído un libro en su vida es muy peligrosa; que la suya no se agota en tres años de historia -los mitos de la guerra civil-, sino que abarca tres milenios; y que ya está bien de hablar de buenos y malos, que "cualquiera que haya leído historia de España sabe que aquí todos hemos sido igual de hijos de puta, todos". Vamos, que el que no sea un hijoputa, que tire la primera piedra.

No sé si se le puede dar a eso categoría de verdad, pero lo que sí parece mucho más claro es que nuestros políticos y sus atleteres se están hijoputizando enormemente de día en día, si es que no se han hijoputizado ya todos del todo. Maleado el que menos, nadie se anda ya con complejos ni rodeos, y se va por la directa. El lamento histórico de Pérez Reverte es que, a diferencia de Francia a fines del XVIII, no haya habido en España una guillotina en la Puerta del Sol que obligara a ser libre a la fuerza a quien no quisiera. "Nos faltó eso, pasar por la cuchilla a media España para hacer libre a la otra media".

Nunca es tarde, y a la vista de lo que está sucediendo, no es fácil saber si nuestros políticos se devoran unas a otros porque permanecemos aún en el estado de naturaleza hobbesiano de guerra de todos contra todos; o porque a falta del trabajo de aquella gran guillotina, cada cual viene ahora con su pequeña guillotina para ir introduciendo espacios de libertad definitivos donde le parece oportuno. Esperanza Aguirre se descubrió tal cual es gloriándose a micrófono abierto de haber quitado un puesto en el consejo de Caja Madrid al "hijoputa". Todos entendieron que se refería a Gallardón, y de hecho el "innombrable" se sintió ofendido, sin saber que la presidenta de Madrid se comportaba así para impelirnos a ser más libres.

Por otra parte, quienes quieren ver rodar la cabeza de Gallardón en la Puerta del Sol y defienden a la lideresa, son calificados de "ultras" por los cruzados de la libertad que siempre ha representado El País. Inducidas por esta actitud hijoputizada de la insignia del grupo Prisa (que bravuconea ante la llegada de la bota del duce Berlusconi a Cuatro), algunas llamadas de telespectadores inteligentes envían ya calificativos de "hijoputas, sois unos fascistas" a algunos programas de la TDT donde la "derecha sin complejos" campea por sus fueros.

Las cosas en el gobierno no van mejor. Las vicepresidentas andan a palos, haciéndose mutuas trastadas a costa del sueldo de los funcionarios. Una, que presumía de mando, porque no está en la Comisión negociadora del Pacto; y la otra, que pecaba de ingenua, porque se ha hijoputizado. Si miden las palabras y no se mentan a la parienta, es por ideología de género y no por falta de ganas, porque están que se tiran de los pelos. Es una pena por la obispa laica, ya casi dimisionaria. El gobierno dice querer aunar voluntades, pero su rostro negociador (Salgado, Blanco y Sebastián) no sale ya bien en las fotos. Antes que una Comisión para el Pacto parece el Comité de Salud Pública, dispuesto a hacer rodar cabezas a diestro y siniestro.

La crisis es dura, nadie está para bromas, nadie se corta un pelo, todos hemos sufrido mucho. ¿Todos hijoputas? Evidentemente no, pero hijoputizados, me temo que sí. Con perdón del vocablo, que para mi propio susto dice de sí misma con una sonrisa mi mujer. Hasta los ciudadanos, que han aguantado lo indecible, se han hijoputizado, y se nota en las últimas encuestas, donde dejan caer al gobierno con placer. Todos hijoputas, no; hijoputizados, sí.

miércoles, 20 de enero de 2010

Resurrección de Haití


Haití se ha convertido desde el 12 de enero, como consecuencia del brutal terremoto, en un campo de desolación y muerte, en un gran cementerio, donde no se sabe si hay lugar a la esperanza. Las miradas del mundo se concentran en esa pequeña parte del globo, antaño puerta de un Nuevo Mundo -La Española- y que alzó después confiada la bandera de la libertad, siguiendo los pasos de Estados Unidos y Francia, antes de que lo hicieran los territorios americanos pertenecientes a la Monarquía Hispánica.

Una tierra de esclavos cobraba una enorme fuerza simbólica al arrancar de la Nueva Nación francesa -la patria de la soberanía nacional- su propia independencia. La filosofía del progreso no pudo, sin embargo, erigirse en el faro de la población haitiana, ni asegurar su perfeccionamiento. La dirección de la historia lejos de evidenciar un proceso de mejora de forma constante, ha conducido a evidentes retrocesos. No cabe hablar siquiera, para describir la evolución de Haití, de reproducción del declive a través del propio progreso. Las fuerzas de la naturaleza dificultan aquí la interpretación de que cualquier revés, por fuerte que sea, es algo pasajero o pueda ser incluso un claro estímulo para nuevos progresos.

Haití es hoy "el peor de los mundos posibles" y ante él la respuesta de la Comunidad Internacional no ha hecho hasta ahora sino manifestar sus mismas carencias, bastantes evidentes a propósito de las fuerzas destacadas de la ONU o del papel de la UE, más preocupada ésta última en discutir la filosofía de la ayuda o en criticar la iniciativa estadounidense, que en dar un paso adelante para compartir un liderazgo en la coordinación, que no es capaz en definitiva de asumir. Han hablado EEUU y Francia, pero no se ha escuchado aún realmente la voz de España en esta crisis que afecta a la antigua La Española, cuando Zapatero preside la UE, lo que sin duda favorecería una mayor receptividad de sus propuestas.

Cuando llega la hora de los hechos, al otro lado del Atlántico se llega tarde o no se llega. Estados Unidos ha anunciado que los huérfanos de Haití tienen las puertas de entrada al país abiertas. En España se dice que se acelerarán los trámites de adopción que ya estaban en curso antes del terremoto. Pero a todas las familias españolas que han contactado con los organismos oficiales para ofrecerse para acoger a las víctimas más débiles de esta tragedia, se les dice simplemente que en la práctica no es posible, al tratarse de un país perteneciente a la categoría de países en conflicto o expuestos a desastres naturales, por lo que las garantías para tener la seguridad jurídica de que puede procederse a la adopción son mayores.

Para quienes no sean duchos en leyes en general y españolas en particular, el asunto golpea al sentido común de la gente. Que la situación es desesperada es evidente; que hay miles de niños abandonados en la calle, también; que la posibilidad de que caigan en manos de mafias traficantes es ya un hecho, si no hoy mañana mismo. La realidad de Haití repugna a cualquier sensibilidad. Está muy bien que se defienda, apelando al Estado de derecho, que los inmigrantes sin papeles deben ser empadronados por los ayuntamientos (como se debate en España estos días a propósito de la actitud contraria del ayuntamiento de Vic). Pero, ¿no se puede hacer o proponer siquiera algo más?

¿Hemos de plegarnos a una interpretación sui generis del concepto de "perfectibilidad" que acuñó Rousseau para explicar la tensión entre progreso y declive? Para el ginebrino, como ha subrayado Koselleck, el ser humano está destinado a progresar, a dirigir todos sus esfuerzos a dominar las fuerzas de la naturaleza, a introducir los principios de la civilización en la esfera cotidiana, a organizarse política y económicamente según el uso creciente de la razón. Pero la otra columna del balance contabiliza la pérdida de la inocencia natural, la decadencia de las costumbres, la corrupción y el crimen, la quiebra de la integridad, en suma.

¿Vamos a conformarnos con la idea de que, en tiempos de globalización, esta tensión no se manifiesta en el tiempo sino en el espacio y que de forma inexorable unos están llamados al progreso acelerado y otros condenados a las mayores catástrofes? ¿Vamos a discutir si estamos ante una nueva ocupación de EEUU, como en Irak, o ya que quien lidera la intervención es esta vez el premio nobel de la paz vamos a implicarnos todos de verdad en la reconstrucción de esta pequeña parte del mundo, bastante asequible, aunque sólo sea para demostrarnos que otro mundo es posible?

La vieja Haití ha muerto. Pensemos y creamos en la resurrección de Haití, en un futuro abierto, de progreso razonable y, más que sostenible, sostenido. Lo que Haití necesita no son discursos progresistas, anclados en un concepto ingenuo y desnaturalizado de progreso, pero incapaces de hacerse cargo del alcance real de los problemas y de resolverlos, sino recursos técnicos y apoyo político y cívico para construir una sociedad y unas instituciones habilitadas para combatir las propias servidumbres que la naturaleza impone de forma salvaje en el Caribe.

martes, 4 de agosto de 2009

Juego de máscaras (I)


Erving Goffman, un sociólogo canadiense que se consideraba heterodoxo dentro de la profesión porque se contentaba con observar atentamente a sus conciudadanos, en lugar de pretender explicar su comportamiento sirviéndose de encuestas más o menos alambicadas, llegó a una conclusión que continúa haciendo pensar. La vida social, como el teatro, donde los distintos actores interaccionan en el escenario ante una audiencia, es esencialmente una actuación que se basa esencialmente en ofrecer al otro la imagen que él espera de nosotros. Al final, no hacemos sino representar un papel conforme al guión determinado por la situación en la que nos encontramos, y por las personas con las que interactuamos. La vida individual y colectiva no es más que un desfile de máscaras, que varían en el tiempo y en función del contexto particular en que nos movemos.

La mirada de Goffman descansó observando la vida cotidiana de los habitantes de la isla de Shettland, pero puede enervar a cualquiera que la aplique a la jungla política. El juego político multiplica los escenarios y las audiencias y acaba construyendo una fachada tan imponente, que a base de solemnizar la actuación, acaba pervirtiendo su sentido. La actuación política se vuelve esencialmente cínica, muy alejada del carácter "natural" que le atribuye Goffman, atendiendo al proceso complejo que nos dispone a ser sujetos sociales. La premeditación y alevosía, la apariencia buscada y la hipocresía definen frecuentemente la práctica y la puesta en escena política al servicio de objetivos determinados que llegan a ir en contra del normal juego político, o que hacen simplemente denigrante la actividad política, apartándola diametralmente de su natural función y ejercicio. Es lo que ha sucedido de manera muy particular a propósito de la trama valenciana del caso Gürtel, y lo que estamos presenciando ante la decisión del tribunal competente de archivar la causa y exculpar al presidente Camps y sus colaboradores de un posible delito de cohecho.

Desde sus inicios, el caso Gürtel ha puesto en marcha una inmensa maquinaria teatral. Ya hemos comentado aquí algunos aspectos del asunto. Lo más relevante y perverso del caso es que ninguno de los actores implicados se ha limitado realmente a desempeñar su verdadero papel. El presidente de la Generalitat valenciana tiente tanto empeño en dignificar la institución que representa, y se considera a sí mismo tan honorable o más que cualquier político catalán que en la historia haya sido (también a Jordi Pujol los socialistas quisieron antaño quitárselo de encima con el caso Banca Catalana), que es incapaz de pronunciar mortal palabra mínimamente convincente. Se ha preocupado tanto por parecer honrado que ha terminado generando dudas, por tontas que resulten, de que realmente lo sea. Se ha mostrado en esta situación, sin duda difícil para él, tan preocupado por mantener una interpretación, por insostenible que fuera, con tal de que no se destruyera la idea de lo que él quería que el resto pensara de él, que ha sido incapaz de reconocer que -escaloncito a escaloncito- tuvo la debilidad de aceptar algunos regalos de personas indeseables a quienes inexplicablemente consideraba "amiguitos del alma" en la intimidad.

Admitir esa circunstancia puede ser una molestia política, pero no esconde un delito penal. Lo que sí tiene delito político es pretender que la audiencia crea que uno se comporta en el ejercicio de sus responsabilidades públicas de manera del todo irreprochable, cuando no importa sin embargo que quede acreditado ante ella (como se ha derivado del mini proceso judicial) que los amigos que se tienen sean unos auténticos rateros. No deja de ser una actitud cínica, pues lo segundo lleva a dudar de las virtudes cívicas (prudencia y veracidad, entre otras) que deben acompañar a un político, mucho más que lo primero. Camps ha sobrevivido políticamente, pero la política de trajes a la que se ha visto sometido, le ha llevado a un cambio de disfraces que le ha perjudicado seriamente. Cambio de disfraces y de máscaras. La sonrisa hipócrita que ha lucido este tiempo está por ver si desaparecerá con el cambio de decorado.