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lunes, 14 de mayo de 2018

El legado ambivalente del 68


El 68 fue un movimiento que alcanza al conjunto de los países industrializados estableciendo referentes subversivos fuera de esas fronteras. Los historiadores han enfatizado el carácter transnacional del fenómeno, así como la pertinencia de atender a un contexto temporal más amplio (‘los años 68’, la década 1965-1975), donde los movimientos de los 60 y el propio 68 francés no serían más que el acelerador de un conjunto de transformaciones en marcha desde la segunda posguerra mundial. Asimismo, han insistido en la dimensión cultural del 68 y retomado desde esa perspectiva la reflexión sobre el legado del 68 como derivada de una memoria global del 68.

La originalidad del escenario francés, con la conjunción incompleta y conflictiva del movimiento estudiantil y la huelga obrera, dificulta su interpretación, aunque refuerce el sentimiento de rechazo frontal a una sociedad volcada al consumismo y que es percibida como hipócrita y conformista. ¿Qué fue el 68 francés? ¿Una experiencia “insaisissable”(de Gaulle), una revolución “introuvable” (Aron), un acontecimiento “monstre” (Nora) o un fundamental “événement de paroles” (Canut y Prieur)? “Se puede hacer decir todo a mayo del 68”, consideraba un antiguo activista al filo del 40º aniversario. Por ello, medio siglo después, es más necesario que nunca repensar el 68.

El mayo francés significó una doble explosión de la palabra y la acción.La imagen de Certeau, en la inmediatez de los hechos, resulta sugestiva: “En mayo pasado, se tomó la palabra como se tomó la Bastilla en 1789”. El 68 se presenta como una liberación de la palabra, la reivindicación del ‘derecho a hablar’ de todos, pero en nombre propio. Por primera vez, una revolución social se vuelve un fenómeno de lenguaje, que resulta al mismo tiempo un desafío político. La palabra impertinente y excesiva, como nueva arma simbólica, se convierte en una fuerza de emancipación política.

El mito de la barricada adquiere un nuevo sentido: pierde su utilidad militar para constituir la “delimitación de un lugar de la palabra, de un lugar donde el deseo puede inscribirse y llegar a la palabra” (Geismar). La ciudad como libro colectivoacoge la “palabra salvaje” (Barthes) de las auténticas fuerzas vivas del movimiento, ansiosas de pronunciarsecontra el orden establecido o simplemente de desenmascarar a través del humor, la parodia, la paradoja o lo insólito los límites de todoslos viejos discursos. Se trata de poner la palabra al servicio de la vida, como refleja la proximidad del situacionismo con el lenguaje de mayo (“Queremos vivir”, “Vivir sin tiempos muertos”, “Sed solidarios y no solitarios”, “La cultura es la inversión de la vida”, “Creatividad, espontaneidad, vida”).

El 68 apela a una política creativa donde la vida cotidiana quede en el centro de la cuestión social, y sea capaz de alumbrar una nueva civilización que trascienda la cosificación económica (Marcuse). Esa aspiración ha recobrado actualidad: una nueva política sensible a la vida de la gente, que mueve a la presencia y participación ciudadanas, un deseo de vivificar las instituciones tanto como el lenguaje. El 68 establece así un doble compromiso con la creatividad y la crítica, entendidas como herramientas fundamentales para la construcción social. El deseo inscrito en la palabra no como carencia sino como producción y extensión del campo social (Deleuze).

La sublimación subversiva del deseohizo aflorar una cultura de la autenticidad entendida como afirmación absoluta del propio ser singular. Frente a cualquier norma externa se defiende el derecho a la diferencia, sea cual fuere. Las normas de vocación universal desaparecen en beneficio de los particularismos, lo que dificulta seriamente la comunicación y el fortalecimiento del pensamiento: el pensamiento débil acabará identificado con el pensamiento correcto, soslayándose toda discusión sobre una política de límites. Esta es, sin duda, la parte más incómoda del legado del 68, y la que invita a reflexionar. 

De la dinámica de transgresión del orden establecido se ha pasado a la banalización actual de cualquier realidad, reducido todo a una única dimensión, lo que nos devuelve a la crítica marcuseana. El relativismo del 68 ha favorecido, por paradójico que resulte respecto a la atmósfera en que se desenvolvió el movimiento, un nuevo conformismo –la instalación en el presente, sin mayores expectativas de futuro– cuyos contornos ideológicos superan el individualismo liberal/libertario de los 80, tal y como ha sugerido Castoriadis al caracterizar el posmodernismo como conformismo generalizado. 

Esta ausencia de verdades madres facilita la disgregación de la comunidad, el abandono de la búsqueda de la unidad, y reduce la pluralidad a una amalgama (posmoderna) de espíritus que erosiona el valor de la democracia. La actual amenaza populista, de derecha o izquierda, no es una casualidad. Es lo que sobreviene cuando la palabra liberada prescinde de toda palabra de autoridad, y acaba convertida en vieja demagogia, como se registra últimamente en el discurso de algunos grupos o movimientos que, en su origen, como el 68, hicieron de la calle un lugar de la palabra al que atender y escuchar.

Publicada en Diario de Navarra, 14 de mayo de 2018

martes, 3 de octubre de 2017

La paradoja del 1-O


miércoles, 27 de noviembre de 2013

Política para la esperanza


El desencanto social es consecuencia de una espera sin esperanza, que se vuelve contra las falsas promesas de la política, y por extensión de la democracia. Mientras se apercibe una débil luz al final del túnel económico, la crisis política permanece estancada y amenaza  la recuperación. La hipercrítica al legado de la Transición es fruto de la desilusión de los más  jóvenes, pero incorpora incuestionables elementos de verdad. Si desde los años sesenta pudo presenciarse en España un cierto desarrollo de la sociedad civil, paradójicamente después de 1975 el poder político tendió a reafirmar su control sobre la sociedad. Bajos los imperativos de la pluralidad y la permanencia democráticas, la Transición apostó por un modelo de partidos y sindicatos fuertes, que a día de hoy se han convertido en férreas estructuras de poder, dominadas por sus cúpulas, y son factor principal –además de corrupción– de la actual crisis de representación e inestabilidad políticas. Si algo debemos cambiar, empecemos por ahí.

Lamentablemente los partidos están a otra cosa, mirándose el ombligo, inquietos sus prohombres por cuestiones de liderazgo, buscando alzarse con él o seguir ejerciéndolo cuando ya no se tiene, manifestando un enfermizo apego al propio criterio y modos de hacer y, en último término, un mono de poder que algunos expresidentes no consiguen superar. Los políticos se resisten a proporcionar alguna prueba que introduzca una pizca de futuro en el presente y haga más soportable el ‘todavía-no’. La última Conferencia Política del PSOE ha resultado desconcertante. Su coordinador postulaba volver a la política sensata, recuperar consensos y liderar desde la moderación; pero lo que proclaman sus dirigentes es un giro a la izquierda y mayor radicalismo. Era un foro de ideas, pero en los pasillos se habló del calendario de primarias. La ponencia aprobada ofrece lo que nadie quiere, una reforma federal de la Constitución, pero se queda muy corta en expectativas de más calado para la sociedad como la reforma electoral, abogando únicamente por fórmulas de desbloqueo de las listas.

La crisis de representación política exige respuestas más audaces, con o sin reforma del actual marco constitucional. Es verdad teórica y práctica que la democracia no es el gobierno de los mejores, y que por ello el sistema puede degenerar. Está claro también que el ‘demos’ no asume el poder que formalmente se le atribuye, y que en su nombre se lo reparten unos profesionales de la política cuyos intereses se han alejado progresivamente del servicio a los ciudadanos. La regeneración democrática implica, en consecuencia, un nuevo acercamiento de los representantes a sus representados, fortaleciendo las posibilidades de control de los electores a los elegidos, a través por ejemplo de un sistema de distritos electorales, compatible con el criterio de proporcionalidad vigente, que aproxime los efectos del voto a quienes lo emiten, y garantice que no se diluya la responsabilidad contraída por el político electo. Esto es mucho más efectivo, y peligroso para el poder de los partidos, que la apertura controlada de las listas.

Pero no basta con ese movimiento, que obligaría a los partidos a buscar candidatos conocidos por los ciudadanos. Ni con la exigencia de una mínima  ética social (transparencia, honestidad, responsabilidad). Los partidos tienen que asegurar niveles de formación, competencia y dedicación entre sus políticos, estableciendo las correspondientes reglas internas y estimulando la participación en la política de lo mejor de la sociedad civil. El retorno a la sociedad no se consigue con nuevas ventanillas u oficinas virtuales a la espera de que el ciudadano se acerque a ellas para obtener información por simple curiosidad. Es el político el que ha de realizar el esfuerzo de buscar y dirigirse a la sociedad, no para vender un programa prefabricado de partido, sino para escuchar –a las familias, empresas, universidades, asociaciones voluntarias, no sólo a los movimientos sociales que más gritan– como requisito previo para llegar realmente a comunicar y hacer comunidad. El líder es siempre un buen escuchador capaz de inspirar objetivos comunes con visión de futuro.

Una política para la esperanza exige moderación y realismo, no radicalizaciones y utopismos incapaces de establecer políticas viables y prioridades en circunstancias cambiantes. Requiere igualmente voluntad de regeneración, que haga esa esperanza fiable, manifestada en reformas que abran la posibilidad de una política futura, donde la ejemplaridad deseable del político se corresponda con la necesaria participación del ciudadano, investido de facultades reales para que pueda ser un ciudadano activo y vigilante, ejerciendo al menos –en las condiciones más favorables para él– el escaso poder del voto que le queda cada cuatro años. Si los partidos grandes manifiestan mayores resistencias al cambio, la oportunidad puede ser para los pequeños con libertad de movimiento, como David frente a Goliat, apurando las posibilidades políticas domésticas con imaginación y resolución, y obligando al resto a ensanchar el deseo: la manera más eficaz de transformar la política.

Publicado en Diario de Navarra, 27 de noviembre de 2013

sábado, 19 de mayo de 2012

Éxito y fracaso del 15-M

El teatro es una metáfora útil para el análisis de la realidad social, pues permite materializar el concepto de representación colectiva, tan central en la sociología. Los teóricos recientes de la social performance han puesto de manifiesto, sin embargo, las dificultades propias de las sociedades avanzadas para el logro de representaciones exitosas. Este marco de reflexión puede ayudar a entender el éxito y fracaso del 15-M, un carácter dual que encierra el hecho mismo de que haya vuelto a la escena para la conmemoración de su primer aniversario. 

La pluralidad y creciente complejidad de nuestras sociedades explica que sólo en momentos excepcionales o de crisis sea posible realmente una auténtica articulación o fusión de los elementos propios de la representación social (sistema de valores y creencias colectivas, guión, actores, medios de producción simbólica, puesta en escena, poder y audiencia), que tienden a disgregarse en la actualidad y sin cuya re-fusión la representación no puede ser convincente. 

El 15-M logró concitar la atención de todos hace un año por la misma originalidad que comportaban algunos aspectos de la nueva representación. Los espectadores invaden de repente la escena para erigirse ellos mismos en actores al considerar hipócrita y conformista la actuación de los actores políticos profesionales, y porque rechazan el sistema de valores que determina el guión y la puesta en escena de la política actual. El movimiento pudo verse como la rebelión de una parte de la audiencia crítica o reflexiva, los propios estudiantes, los jóvenes, los nuevos desesperados, particularmente sensibles a la inacción y contradicciones de la clase dirigente. 

Los más nostálgicos pudieron evocar a Marcuse o revivir los vientos del 68, aun prescindiendo del telón de fondo inmediato (la sociedad de la abundancia de entonces frente al empobrecimiento actual). Pero realmente se iba mucho más atrás. Llevados de la espontaneidad del momento, parecía volverse a los orígenes de la democracia, al ágora griega, a la plaza pública de la ciudad, la Plaza Mayor de Madrid, de Cataluña, o la Plaza del Castillo de Pamplona, para hablar rozándose y alcanzar una puesta en común. No hay guión previo, ni actores elegidos, sino que uno y otros surgen de la misma improvisada puesta en escena. Hasta ahí el éxito del 15-M, y el movimiento de empatía y simpatía por parte de la audiencia que continuaba y continúa siendo audiencia. 

 Pero su propio éxito es la razón de su fracaso. Una vez en la escena pública, y manifestada su voluntad de permanecer, como han vuelto a reiterar ahora, tienen que elaborar un guión, y precisan de actores que asumiendo ese rol acaban ocultando su verdadero rostro bajo la máscara, sin que sea posible ya arrebatársela, y sobrevienen las contradicciones inevitables derivadas de la búsqueda de una representación exitosa. La decepción se abre paso entonces cuando se comprueba que no hay mayor novedad, que el movimiento no engendra pensamiento, y que el nuevo guión representado por los improvisados actores sólo expresa una gran ingenuidad, amén de no pocas afirmaciones radicales que son identificadas por la audiencia general como los valores y puesta en escena propios de las fuerzas antisistema. 

Del diálogo inquieto en el ágora se pasó al simple campamento ocupa y a la degradación del espacio público, con ribetes sesentayochistas que un año después y tras el cambio de gobierno no se han vuelto a consentir. La espontaneidad en el uso de la palabra fue sucedida por la filtración de los mensajes y el control de los portavoces. Lo nuevo enseguida se hizo excesivamente conocido. De la protesta y la denuncia que dieron cuerpo al movimiento social, se llegó muy fácilmente a un discurso de carácter partidista, que irrumpió en plena campaña a favor de algunos partidos, olvidando la parte de responsabilidad que les tocaba en la extensión de la desesperanza. Los mismos resultados de las últimas elecciones generales muestran, desde esta perspectiva, el fracaso último del 15-M. 

El 15-M se ha manifestado incapaz de hacerse cargo de los verdaderos desafíos planteados en la actualidad por la Gran Recesión ante el doble fallo experimentado de mercados y estados. La resurrección del 15-M tiene algo de melancólico recuerdo de lo que no pudo ser, y de lo que de seguro volverá a no ser si se pretendiera convertir el movimiento en una simple correa de transmisión de partidos u organizaciones de izquierda, que han manifestado su agotamiento, con el simple objeto de secundar estrategias de oposición de escaso vuelo al gobierno que ha recibido de la ciudadanía el encargo de gestionar la salida de la crisis, y que más allá de las diferencias legítimas de enfoque constituye una tarea de todos. Releyendo el pensamiento de Marcuse, profundizar en el desencanto a través de los desesperados sería el mejor modo de certificar el fracaso del 15-M.

Publicado en Diario de Navarra, 19 de mayo de 2012

lunes, 22 de agosto de 2011

Rebeldes e indignados

Vivimos tiempos de incertidumbre y confusión, acompañados de evidentes signos de debilidad moral, sin que el ámbito público sea una excepción. El tiempo desordenado de la actualidad es la manifestación del relativismo cultural y del déficit crónico de virtud cívica y política que arrastramos. La crisis que nos agobia, no es exclusivamente económica; mucho antes y ante todo lo es de valores.

Desde el pasado mes de mayo, Madrid ha sido el escenario simbólico de los jóvenes 'indignados'. Se ha querido hacer del movimiento del 15M -la 'spanish revolution' llamada a extenderse por el mundo desarrollado- la conciencia crítica del malestar actual que aflige particularmente a los jóvenes, corneados por el paro. Son las víctimas propiciatorias donde las haya de la crisis, al verse desposeídos del futuro, de su futuro, el gran tesoro de la juventud.

La frescura del movimiento y el propio cuerpo y fuerza del mismo ha ido malográndose a medida que éste fue adquiriendo voz y manos rectoras. En pocas semanas y meses, el movimiento pasó de provocar la curiosidad de la ciudadanía a desafiar a las autoridades (incumpliendo el día de reflexión previo a las elecciones municipales) y a intimidar a los representantes políticos (cercando sedes parlamentarias).

Al final nadie sabe qué quieren y qué hacen estos jóvenes que ni pueden trabajar ni quieren estudiar, mitad anti-sistema por principio y mitad inquisidores en la práctica que no conciben que exista salvación más allá del Estado al hacer de él la instancia última y el destinatario final de sus propuestas inconexas, muchas de ellas vacías de contenido o impregnadas de un idealismo estéril y dogmático, que ha acabado por clamar contra la visita del Papa a Madrid que terminó ayer.

Quienes convirtieron la puerta del Sol en un campamento asambleario de ribetes sesentayochistas que arruinó, contando con la paciencia de muchos y la tolerancia de la fuerza pública, los intereses de muchos comerciantes y la imagen misma del movimiento ante los ciudadanos, han protestado ahora o se han hecho altavoz de quienes se indignan por la ocupación de espacios públicos por parte de otra juventud mucho más numerosa (cerca de dos millones) llegada de todo el mundo.

Han denunciado también la disposición de servicios públicos en favor del evento, la Jornada Mundial de la Juventud, sin valorar los evidentes beneficios económicos que ésta ha supuesto para la capital española y para los mismos sectores perjudicados por el 15M. La degeneración del 15M se ha hecho visible al vincular su propio nombre a actitudes anticlericales trasnochadas y a provocaciones violentas que no son compartidas siquiera por la mayoría de los primeros animadores del movimiento.

Aquellos que hicieron gala de protesta y rebeldía se han erigido con motivo de la JMJ 2011 en celosos guardianes del pensamiento único. Frente a la concepción del hombre, varón y mujer, como imagen de Dios, se alzan quienes hacen de sus cuerpos y de sus mentes los nuevos dioses que buscan imponer sus preceptos y reducir al ámbito privado cualquier otra creencia personal y colectiva, comenzando por la religión.

Los actos de la JMJ han supuesto una provocación sin duda para quienes creen a pie juntillas que la religión debe quedar fuera del espacio público, confinada en el reducto de lo privado. Muchos se habrán sorprendido ante estos otros jóvenes que han llenado las calles de Madrid. No pretenden una nueva unión de la Iglesia y el Estado y ni siquiera han proclamado consignas o eslóganes políticos. Tampoco han hecho gala de fanatismo, ni han hecho seguidismo de antiguos hábitos clericales.

No menos ha llamado la atención la sencillez y la cercanía de Benedicto XVI, el supuesto martillo de herejes, un Papa anciano y sabio, claro y profundo en sus mensajes, muy consciente de la situación actual de la familia humana, sobre la que ha reforzado su liderazgo moral, sin temor a ahuyentar a unos jóvenes que le han manifestado todo su cariño, como hijos de un padre común. Los jóvenes de la JMJ se han presentado alegres y divertidos, pacíficos y ordenados, preocupados por la búsqueda de la verdad, unidos en la variedad, con una estimable capacidad de interiorización, de sufrir y de compartir con los demás.

Jóvenes ciertamente inconformistas, se antojan como los auténticos rebeldes dentro de un mundo profundamente turbado y desconcertado por el propio fallo de estados y mercados evidenciado por la evolución y persistencia de la crisis. El 15M ha quedado desbordado por la JMJ en Madrid. A las imágenes de la acampada de Sol han seguido las del campamento de Cuatrovientos. Madrid ha sido el mejor escaparate de una juventud con fuerza suficiente para conquistar el futuro, lo cual es motivo de esperanza para la propia Iglesia católica y para el mundo.

La ciudad de Dios vive en la ciudad de los hombres. La religión necesariamente influye en la esfera pública en cuestiones centrales como la libertad, la justicia, el derecho a la vida, consustanciales a los anhelos de verdad y belleza que habitan en la fe y el sentimiento religiosos. Tienen fuertes motivos para dudar quienes se empeñan en defender lo contrario.