Mostrando entradas con la etiqueta Basagoiti. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Basagoiti. Mostrar todas las entradas

lunes, 1 de noviembre de 2010

Verborrea sobre ETA

De ETA es mejor no hablar mucho, pero esta semana ha habido una auténtica verborrea sobre el tema. Quien debía controlar y ser más prudente en sus manifestaciones al respecto, el presidente del gobierno, ha sido el primero en alentar todo tipo de especulaciones, expectativas y alarmismos por el tono mesiánico que suele imprimir a sus palabras sobre ETA, y que la realidad se encarga luego de desbaratar. Sucedió en vísperas del atentado mortal de la T4 en Barajas, que arrumbó la pasada tregua y negociación con ETA, cuando lo que Zapatero había profetizado era un salto seguro hacia la paz. Y ahora, lejos de haber escarmentado, se permite frases que emulan a las de Jesús al Buen Ladrón, aseverando -yo, os aseguro- que los pasos dados por la izquierda abertzale no serán en balde.

Los exegetas se han lanzado a discernir el misterio que encierran tan prometedoras palabras, y hasta el modo en que habrá de producirse la llegada colectiva al paraíso, tanto urge a todos la celebración de la paz. Demasiado ruido, demasiada confusión, demasiadas conversaciones de todos con todos, reales, inexistentes o desmentidas, cuando aquí lo que importa es el lenguaje de los hechos, que también tiene su gramática y ortografía. Aquí quien tiene prisa es Batasuna para poder presentarse a las elecciones; pero los demás no deben tenerla, si no se quiere asistir a otro déjà vu. Y si Batasuna es ETA, como han dicho los jueces, pues el asunto es para tomárselo con calma. No basta una declaración de Batasuna condenando la violencia o desmarcándose de ETA, por bienvenida que sea, sino que debe poder verificarse con el análisis del lenguaje de los hechos que Batasuna ya no es ETA. O que ETA, si diera el paso de anunciar el abandono definitivo de las armas y su autodisolución, ha dejado de existir efectivamente.

Un entramado como el de ETA no desaparece de la noche a la mañana y el estado de derecho debe exigir garantías, o no lo será, entre otras muchas razones por respeto a las víctimas del terrorismo, ignoradas y menospreciadas durante excesivo tiempo. De todo lo que se ha oído esta semana sobre ETA, tal vez lo más cuerdo lo ha dicho el nuevo ministro de la Presidencia Jaúregui, esperemos que reflejando el sentir del presidente y del vicepresidente todopoderoso, y no a título personal. No da tiempo de aquí a las elecciones municipales a todo ese proceso de verificación, aún en el supuesto de que los sucesivos anuncios anunciados que se van a producir se terminaran produciendo. Esto es así, y tiene que ser así porque lo que queremos primordialmente los españoles es la construcción de una paz duradera -dentro y fuera de Euzkadi- y no resolver los 'conflictos' o los problemas políticos de nadie (sea el futuro de Zapatero, la continuidad o maniobrabilidad del lehendakari López con el PP vasco de Basagoiti, las expectativas electorales o de gobierno futuro del PNV si irrumpe Batasuna en el escenario, etc.).

Si esto es así, y tiene que ser así, entonces sobra la verborrea, sobran las ligerezas, las conversaciones efectuadas con torpeza y silenciadas o negadas con hipocresía, sobran las impaciencias, los triunfalismos, los cálculos interesados, y también las desconfianzas por principio. Falta, por el contrario, un poco más de responsabilidad por parte de todos, incluidos los medios de comunicación (de uno y otro lado), un poco más de diálogo abierto y veraz por parte de los principales partidos políticos, un poco más de sentido de estado, la simple capacidad dentro del respeto escrupuloso a las reglas del estado de derecho -sin atajos de ningún tipo- de pasar de la verborrea al lenguaje de los hechos. No estaría de más que el final de ETA pudiera reeditar el éxito de la Transición como un hecho histórico de todos, un mérito colectivo, algo realizado verdaderamente juntos y de lo que todos puedan sentirse satisfechos, tal vez no plenamente satisfechos, ninguno, pero sí satisfechos. Todos.

domingo, 6 de diciembre de 2009

Ex Euskadi lux

En este día sombrío, donde el calendario se empeña en celebrar la Constitución, sin que los ánimos acompañen mucho, lo único novedoso es la presencia del lehendakari vasco en los actos conmemorativos de la carta magna. Lo extraordinario es la normalidad vasca, la bandera política que levanta con decidida voluntad Patxi López desde el PSE, con el apoyo del PP de Basagoiti.

El hecho invita a la reflexión, en un momento en que el gobierno Zapatero anda a la deriva perdiendo crudo, y cuando el chapapote alcanza ya a los principales lugares de la política española. A estas alturas nadie duda de que el más cierto proyecto de Zapatero es la ausencia de todo verdadero proyecto. Los errores de Zapatero no sólo han comprometido su política sino que han puesto en cuestión la cultura política de 1978. Ese ha sido su error más ontológico, si es que no ha sido algo deliberado, y el problema es que ahora, encallados, no sabe como salir de ahí.

No lo sabe él y no se sabe si alguien lo sabe. Queremos creer que el Tribunal Constitucional nos sacará del atolladero del Estatut, auténtico nudo gordiano de la deconstrucción política del espíritu de la Transición a que nos ha sometido Zapatero, alentando de modo irresponsable una auténtica reforma de la Constitución y de la organización del Estado por la puerta falsa de las reformas estatutarias, todo condimentado con el picante del regreso al mito de dos Españas, que de su mano nos retrotrae no ya a los años 30 del siglo pasado, sino a los comienzos mismos de la historia de España, si es que podemos hablar de España en algún momento concreto de la historia de nuestros ancestros.

No es fácil celebrar con un poco de entusiasmo una Constitución en la que el gobierno ni cree ni deja de creer, porque ni siquiera plantea su reforma, pero que sin duda ha contribuido a debilitar estos últimos años. El PSOE actual de "patriotismo constitucional" anda más bien escaso, por mucho que en otros tiempos tocara esa tecla. Claro que tampoco son necesarios muchos ardores guerreros, pero cuando no abundan las ideas, más imprescindible se hace un mínimo de lealtad constitucional.

Un poco de lealtad basta. El ejemplo de Euskadi es elocuente. El escenario más conflictivo –si obviamos ahora el terrorismo– se ha trasladado a otros lares políticos, cuando Ibarretxe había conseguido no hace mucho extenuar hasta a los suyos. A los más pesimistas, que no ven una salida fácil a la actual situación política española, ciertamente enrarecida, con un gobierno desnortado, descoordinado y con signos visibles de nerviosismo y agotamiento, únicamente hay que decirles: ex Euskadi lux.

La luz viene de Euskadi. Cuando parece que no hay solución, o que es imposible convenir nada, en esas circunstancias el consenso, como el río, acaba abriéndose paso precisamente porque no hay más remedio que ponerse de acuerdo. Y el acuerdo más sencillo siempre es cumplir y hacer cumplir la Constitución. La actual, la que se tiene. Es la vía más segura a la normalidad. La normalidad política que anhela –que sigue anhelando, 31 años después– la sociedad española. Es preferible la falta de imaginación a la confusión y el desorden incontrolado.

PS. Por cierto: ¿dónde estaba hoy la presidenta madrileña Esperanza Aguirre, tan deseosa de articular un "discurso nacional" alternativo dentro de su partido? Si los políticos posponen la Constitución a su propio descanso ¿para cuando dejan el sentido de responsabilidad?

miércoles, 6 de mayo de 2009

López Jaunak


López Jaunak no se humillará mañana ante Dios al tomar posesión bajo el roble de Gernika de su cargo de Lehendakari, responsabilidad de la que fue investido ayer en una histórica sesión del Parlamento vasco. No veremos a López Jaunak "ante Dios humillado" -según reza la tradición vasca- pero necesitará sin duda la ayuda del Señor de lo Alto para recorrer el nuevo camino que se abre en el País Vasco, y que por más que pivote sobre los socialistas, no será de rosas.


Ayer, en efecto, fue un día de discursos y emociones en el parlamento vasco. Se cantaron algunas verdades y afloraron no pocos rencores, antes de que se vivieran con suma intensidad momentos verdaderamente solemnes: la despedida de la política de Ibarretxe, el Lehendakari que no fue, y la votación final que confirió la mayoría requerida y (lo que es más importante, aunque duela a algunos) toda la legitimidad al señor López para convertirse en el nuevo habitante de Ajuria Enea, una casa preciosa que, a tenor de sus palabras, será felizmente a partir de ahora la de todos los vascos. La alternancia, tan necesaria para consolidar y refrescar la democracia, ya es una realidad en Euskadi.


No hay mucho más que decir. Las obviedades que repitieron una y otra vez los detentadores de la nueva mayoría, explicando el acuerdo suscrito y públicamente conocido con anterioridad, no son más que la apuesta por la "normalidad" vasca frente al estado de "excepción" y el "fracaso" a que ha conducido la política de Ibarretxe. Donde no existe plena libertad para todos, donde la ley se cuestiona o se incumple, donde se atenta contra la vida, se desconsidera a las víctimas y se instaura la exclusión y el medio, se vive ciertamente en una situación o estado de excepción, muy alejada de los valores y normas que definen una cultura política democrática, y que impiden el normal funcionamiento de la sociedad civil y de los mercados. Sin una adecuada articulación de todas las instituciones (también de las autonómicas con las estatales) los vascos -por muy distintos o superiores que se crean o hayan sido- no conseguirán salir de esta crisis que atenaza al común de los mortales (vascos y españoles incluidos).

No es la identidad vasca la que está amenazada, sino la vida cotidiana de los vascos. No es ningún anatema pasar de la "cultura nacionalista" (o las culturas nacionalistas) a la "cultura de la pluralidad". Es una auténtica necesidad, una exigencia cívica y hasta moral. El desafío y la responsabilidad que tienen por delante el nuevo gobierno y la nueva mayoría parlamentaria es enorme. Pero no es menor la del PNV en este nuevo escenario. Y es de esperar que la marcha de Ibarretxe suponga un auténtico revulsivo en la regeneración del nacionalismo democrático, y no un nuevo terremoto de soberanismo radical, que tendría efectos devastadores para las instituciones y para todos, nacionalistas incluidos. Los señores Urkullu y Egibar tienen la palabra, no sólo López Jaunak.

Todos necesitan estar a la altura, y no todos lo estuvieron ayer. Se estrenó bien el nuevo líder del PP vasco, Basagoiti, aunque flaco favor le hace el ex presidente Aznar cuando, preocupado de aumentar su medallero personal, encumbra el pasado de Mayor Oreja y San Gil como verdaderos promotores del constitucionalismo y del cambio acaecido en Euskadi, obviando los últimos episodios protagonizados por esos nombres insignes que tanto daño hicieron al propio PP vasco. Pero sí, es verdad, el alejamiento y pérdida de influencia de Mayor Oreja en la política vasca, más aún tras la estrepitosa salida misma de San Gil -su sombra- de la dirección del PP vasco, es lo que ha facilitado el cambio. El enroque de Mayor Oreja y San Gil durante la segunda legislatura de Aznar, profundamente identificados con él, dejó maniatado al PP vasco y ha bastado dar un poco de respiro a quienes se habían fajado tanto como ellos en los tiempos de hierro, para que los populares puedan comenzar a contar realmente en la política vasca.

Las circunstancias actuales y las actitudes que manifiestan López y Basagoiti son diferentes a las protagonizadas por Mayor Oreja y Nicolás Redondo en 2001, por más que Ibarretxe pretendiera ayer demostrar lo contrario en su discurso. El cambio fue entonces tan directamente buscado y cantado (haciendo buenas las etiquetas de "bloque constitucionalista" y "frente españolista"), fueron tan señaladas las afinidades personales entre los artífices del deseo, que esa posibilidad se desvaneció como por obra de encanto, sin lograrse el resultado electoral apetecido. No ha sido así en esta ocasión, cuando hasta la propia trayectoria del PSOE con Zapatero parecía abrigar otras prioridades políticas. El cambio se ha presentado sorpresivamente, encabalgado sobre el poder dividido y contradictorio (en términos de derecha e izquierda) de PSE y PP vasco, y ello augura una seria dificultad de gobierno, podrá objetarse.

No es una situación radicalmente nueva la que se presenta, puesto que ya la contempló Montesquieu. Desde cierta lógica o forma de hacer política, la realidad de un poder dividido puede parecer que impide o dificulta seriamente la toma de decisiones. No hay que preocuparse en exceso. Con cabeza y buena voluntad, PSE y PP serán capaces de convenir y no tendrán más remedio que ponerse de acuerdo, a pesar de sus evidentes diferencias en muchas cuestiones, precisamente porque es necesario tomar decisiones. Son muchas las decisiones que esperan al futuro gobierno vasco y mucho lo que tiene que decir también el PNV, tanto en su capacidad de acuerdo con el PSE como con el PP vasco, y no se entendería que no lo quisiera hacer.

La triangulación va a ser un ejercicio corriente a partir de ahora en la política vasca, que va a poner a prueba las verdaderas habilidades y las lealtades de todos. No sólo de López Jaunak.

lunes, 16 de marzo de 2009

Euskadi, voces extrañas (y II)


A principios de la semana pasada el partido socialista le dijo que no al PNV, cuando éste intentó cambiar como si nada el discurso y la estrategia de Lizarra de los últimos diez años por la vuelta a la “normalidad” (entiéndase la idea de la “transversalidad” de hace veinte años, la vuelta a los gobiernos de coalición PNV-PSE de finales de los ochenta y noventa), como si nada hubiese pasado y el tiempo fuera prácticamente inmóvil. Así se percibe, en efecto, el curso político desde la profundidad de la intrahistoria vasca en la que se instala el nacionalismo, donde todo se cuenta por siglos.

El PSE parece que enseguida se ha recobrado de su inicial desconcierto (por no haber logrado el sorpasso y tomado la delantera al PNV en votos) y no ha dejado de manifestarse y comportarse con excesiva naturalidad, como si efectivamente hubiera ganado las elecciones y no dependiera de nadie para poner gobernar, lo que resulta algo extraño. Da por seguro el apoyo del PP, sin ni siquiera referirse a él, como si fuese el PP quien está obligado necesariamente a dárselo (y no el PSE a solicitárselo), porque de lo contrario la responsabilidad de haber malogrado el cambio recaerá (con toda la fuerza de la historia: de la historia no hay quien se libre) sobre los populares.

Los socialistas han expresado con sorprendente e inexplicada claridad su “decisión” de gobernar “en solitario”, con socialistas e independientes, sin plantearse la posibilidad de un gobierno de coalición con el PP. Se acabó la lógica del frentismo y de la exclusión, salvo –según parece- en lo que se refiere al PP, del que curiosamente se puede prescindir o no cuenta en definitiva, puesto que desde el entorno político o intelectual socialista se ve como lo más “natural” las dos cosas: el apoyo de los populares vascos a la investidura de Patxi López y su exclusión del gobierno liderado por el PSE. Por una parte los socialistas no admiten que el PNV sólo hable de frentismo en caso de acuerdo entre los no nacionalistas (y no cuando pactan los nacionalistas entre sí), pero por otra parte admiten esa lógica y se resisten hasta a cualquier formalización de acuerdo con el PP.

El PP también dice algunas cosas extrañas, como la afirmación de Basagoiti de que “es el PP quien quita y pone lehendakari”. A fuerza de ser de Bilbao, el nuevo líder popular vasco parece de Madrid. Tanta chulería política no ha pasado desapercibida ni al PNV, pero algo de razón tiene. Del PP no se puede prescindir si falla (como todo parece) el entendimiento entre socialistas y nacionalistas. La lógica de los números también admite un gobierno PNV-PP, y hasta existe mayor afinidad ideológica si se prescinde de la variable nacionalista. De hecho hoy alguna prensa daba como noticia una oferta generosa que se habría producido del PNV al PP, para que los populares vascos entrasen en un gobierno vasco presidido por ellos. Estas voces secretas por extrañas o infundadas que puedan resultar, fortalecen en cualquier caso la posición negociadora del PP.

De hecho, el PP ha planteado un acuerdo por escrito (como hizo en 1996 con CiU y PNV, a diferencia de la práctica previa de Felipe González en su relación con los nacionalismos), argumentando que no caben "contratos de adhesión", menos todavía atendiendo a los antecedentes de los socialistas, y el PSOE ha comenzado a recular. El gobierno, con independencia de su composición, requiere de una mayoría parlamentaria estable, mucho más en Euskadi, y es lógico que el PP solicite garantías de que su apoyo está orientado a determinadas políticas de cambio (que ha comenzado a precisar, antes de que lo hagan los socialistas, lo que se antoja igualmente extraño, siendo el PSE el partido llamado a liderar el cambio).

Queda aún mucho por ver y oír en Euskadi antes de que se pueda formar un nuevo gobierno. El PP tiene derecho a marcar, y a que se respete, su territorio, pero no debe cometer errores, y puede aprender muchas cosas de los socialistas vascos que deben, en cualquier caso, defender y asegurar una auténtica pluralidad en el País Vasco. Al fin y al cabo, es el PP quien más gana con la nueva situación, tanto si entra como si no entra en el gobierno, y hasta le es más cómodo no entrar y evitar el desgaste en una situación que, sin duda, va a ser de dificultad. Condicionar necesariamente el cambio en Euskadi, y romper la estrategia de Zapatero mantenida en la última legislatura (de entendimiento estable con los nacionalistas para excluir de manera duradera al PP del poder), dejándole en una situación de deblidad política en el Congreso, es de por sí ya mucha ganancia para los tiempos de crisis que corren.

jueves, 5 de marzo de 2009

La madeja vasca (y II)


La posibilidad real de un lehendakari socialista abre un escenario nuevo en el País Vasco. Patxi López se siente legitimado tras los resultados electorales para liderar el cambio. Nadie puede obviar el sustancial aumento de voto de los socialistas en estas elecciones, aunque eso no le permite al PSE proclamarse vencedor. Más extravagante resulta que, no siendo el partido más votado (a lo que aspiraba, desbancando al PNV), se considere llamado a gobernar en solitario, buscando apoyos puntuales aquí y allá al estilo Zapatero. A Zapatero le faltan 7 diputados de 176 para disponer de la mayoría absoluta. A López el doble en una cámara que cuenta con 100 diputados menos. Que no se engañe. Y, sin embargo, el cambio es deseable y posible al haberse producido un escenario nuevo: el parlamento vasco recién elegido cuenta, por primera vez en su historia, con una mayoría no nacionalista (que no es lo mismo que anti-nacionalista).

Sin duda los socialistas deseaban que el PSE hubiese obtenido más votos y escaños que el PNV, para hacer evidente su derrota. El PNV no ha sido derrotado, pero su política sí. Al PNV no se le pueden negar méritos de gestión en sus treinta años de gobierno (en solitario o compartido), pero no sólo ha fracasado en lo principal –la normalización de la sociedad vasca– sino que se ha hecho evidente a ojos de muchos (particularmente desde Lizarra) que el PNV, lejos de ser la solución, es parte del problema. En esto estamos ahora: ante la duda fundada de que un gobierno de coalición PNV-PSE pueda ser, no ya viable, sino fiable, incluso bajo la presidencia de Patxi López (en el caso de que el PNV consintiera esta posibilidad). Por más que a nadie se le escape, que esta solución sería la más beneficiosa para Zapatero, puesto que le permitiría seguir contando con el apoyo parlamentario del PNV en Madrid (evidentemente más cómodo que tener que volver a trabajarse y sufrir el costo de los apoyos de ERC o BNG, si es que estos partidos –escaldados de Zapatero– estuvieran por la labor, que CiU aún no le perdona su salida de la Generalitat).

La conclusión a la que se llega es que si se quiere cambio de verdad en Euskadi (y la situación y los votantes parecen requerirlo), el PNV debe perder el poder del todo. El mismo PNV lo necesita para poder regenerarse. Las relaciones entre PNV y PSE deben ser a partir de ahora intensamente democráticas, pero no de socios, por mucho que contraríe esta eventualidad al PNV. El PSE necesita entonces articular una mayoría parlamentaria y un gobierno con otros socios. No sería razonable que pretendiera el apoyo del PP para la investidura sin ningún compromiso ulterior, por mucha “ingeniería política” de la que quiera presumir López. La cosa política no funciona así. Y sin estabilidad tampoco hay cambio.

¿Sería antinatura la alianza de socialistas y populares en el País Vasco? No es fácil determinar la procedencia de los votos, pero algunos números hablan. Patxi López no ha sacado más votos ahora que Mayor Oreja en 2001. El PP ha resistido en número de escaños, aunque ha perdido 65.000 votos respecto a 2005. ¿Dónde han ido? Los 40.000 de más del PSOE y los 22.000 obtenidos por Rosa Díez algo tendrán que ver. Hay un trasvase de voto (útil) PP-PSOE y PSOE-PP en el País Vasco de sentido autonomista y españolista (al vaivén de los cambios de gobierno de Madrid) que no puede ignorarse, y cuyo análisis seguramente pesara en el debate interno del PSE. Sería paradójico que el mito de las dos almas, que ha abandonado al PNV (sólo tiene una, no hay que engañarse más), hallase cobijo y cobrase fuerza en el PSE por capricho de alguno de sus dirigentes, en contra de sus bases o votantes.

La coalición PSOE-PP en el País Vasco no es antinatura (ni presupone el triunfo de la tesis de la gran coalición a nivel nacional español, cuestión discutida y discutible, por supuesto). Por el contrario, la presencia cotidiana en el País Vasco del chantaje de la violencia terrorista, la interconexión todavía visible entre política y violencia, o la debilidad del Estado de derecho derivada de la misma utilización de las instituciones vascas contra el estado español, que deja desguarecidos derechos y libertades fundamentales de una parte considerable de ciudadanos, son realidades claramente contrarias al orden democrático, que afectan a la propia confianza de los vascos en su futuro y a su bienestar, secularmente envidiado, pero tan amenazado por la crisis económica como el que más. En todo esto, que es lo que debe cambiar realmente en Euskadi (ese cambio por el que Patxi López comprometió su palabra durante la campaña), están –o deberían estar– PSOE y PP más unidos que nadie. Con Basagoiti el PP no ha perdido firmeza en su discurso y sí ha ganado muchas posibilidades de diálogo y entendimiento con todos, sin renuncias en lo esencial.

Desde un análisis estrictamente partidista el PSOE de Zapatero podría llegar a la conclusión de que cualquier fórmula de coalición le perjudica. El PSOE siempre pierde tanto si pacta con los nacionalistas como con los populares. Puede valorar qué factura le resultará más costosa. O puede –armado de la lógica de los números– romper la lógica del estado de las banderías que él mismo tanto ha contribuido a desarrollar (un juego de suma cero), y acometer este reto con alta responsabilidad política y sentido de Estado, confiando en que si a España y al País Vasco les va bien, a él como político también le irá bien (con o sin Pepiño Blanco a su lado).