domingo, 8 de marzo de 2015

Podemos versus Ciudadanos


Se ha celebrado el debate sobre el estado de la nación. Pero ¿de qué nación se trataba? De la nación oficial, de la minoría instalada en las instituciones, azotada por los escándalos de corrupción en la presente legislatura, de la España fantasmagórica que decía Ortega, vacía e irreal en sus discursos triunfantes o teñidos de negra espesura, falsa imagen de las dos Españas envuelta en la dialéctica gobierno-oposición, que sólo sirve para reivindicar el supuesto derecho de unos y otros a perpetuarse como la nación en el poder. El verdadero mito de las dos naciones está más vivo que nunca. Frente a la España oficial, emerge y se opone a ella la nación del subsuelo, la España real, vital e inquietante, ausente en el reciente debate parlamentario, pero dispuesta a encararse de inmediato con los viejos partidos en la arena electoral.

La nueva política se anuncia de la mano de Podemos y Ciudadanos, las fuerzas emergentes que buscan representar a la segunda España. Ambas formaciones tienen puntos en común, que las hacen crecer con fuerza. Están sabiendo recoger el profundo desencanto social hacia los partidos tradicionales y alzar la bandera de la regeneración política desde la cercanía a la ciudadanía, manifestando con claridad su voluntad de escuchar y su capacidad de comunicar, que no es poco. Lo hacen con estilos ciertamente diferentes, pero no son sólo diferencias de estilo las que les separan. Mucho más de lo que puedan ofrecer PP y PSOE, o decirse entre ellos, lo que convendrá dilucidar durante los próximos meses son los diferentes mensajes y movimientos de Podemos y Ciudadanos, en el marco de las expectativas de la segunda España.

Aun sufriendo las consecuencias de una sobreexposición mediática, Podemos no ceja en su ambición. La llamada marcha del cambio sobre Madrid sustituyó el lenguaje crítico hacia la ‘casta’ por la lucha contra los ‘privilegiados’, emulando a los héroes de 1808, el empoderamiento del pueblo, la vuelta al poder constituyente, el principio de la soberanía nacional, la ruptura contra el antiguo régimen. Todo un imaginario revolucionario y ‘patriota’, sensible y efectivo en la audiencia afectada por la crisis y que hace resonancia con los nuevos poderes ‘crueles’ y ‘despóticos’, llámense la Unión Europea, la Troika o el Gobierno del PP. La idea de un nuevo recomienzo se sobrepone a las oscuridades de origen o de destino que puedan afectar a Podemos.

Es evidente que la triste actualidad del régimen venezolano, después de haber trascendido el caso Monedero, no favorece a Podemos, como tampoco sus estrategias dinamiteras para lograr la hegemonía de la izquierda, aunque pretendan ocultarse apelando a la transversalidad. Podemos maneja bien el manual de guerrillas, el de 1808 y el latinoamericano. Lo nuevo que propugna tiene bastante de viejo, pues viejas son las estrategias de desbordamiento de poder y el asamblearismo post-sesentayochistas, que malamente pueden resolver la actual crisis de representación política. La lógica generacional, la sobreposición de las nuevas generaciones a una generación dominante, como ha sido la de 1978 en España, empuja al deseo de pensarlo y hacerlo todo de nuevo. Pero no está nada claro que por eso deba hacerse. Que alguien no haya participado en la redacción o votación de una constitución no es un buen argumento para cambiarla.

Manipular con mayor o menor habilidad el sistema de representaciones colectivas tiene un efecto movilizador y puede dar votos, pero no soluciona problemas. Reduce más bien la política a propaganda y reabre el drama moral, la pregunta acerca de la autenticidad de los nuevos actores, las ganas de arrebatarles a ellos también la máscara. El foco recae igualmente sobre Ciudadanos y su discurso de regeneración, sobre su capacidad de atraer a la vida pública en toda España a gentes ilusionadas, ejemplares y comprometidas, y no simples arribistas. Su planteamiento, en todo caso, contrasta claramente con Podemos. Ciudadanos aboga por la reforma permanente y no por la ruptura, no reniega de la Transición y hasta recupera alguno de sus símbolos, el Adolfo Suárez del CDS obsesionado por alcanzar el Centro puro…

¿Es Ciudadanos comparable con la Operación Reformista de mediados de los ochenta? ¿Puede ser como entonces un lastre el origen catalán? Es evidente que Ciudadanos ha mostrado una actitud decidida en Cataluña frente al maximalismo nacionalista, y no sobra precisamente en la actual encrucijada, todo lo contrario, cualquier voluntad de conjugar con normalidad lo catalán y lo español, sin necesidad de catalanizar ni españolizar a nadie, sino profundizando en los lazos de una identidad compuesta consustancial a la propia cultura política de 1978. ¿Y en Navarra? En Navarra, Podemos ha dado ya algunos pasos que pueden reducir significativamente la intención de voto registrada por el Navarrómetro, tal vez porque no han sabido leerlo. Ciudadanos de momento no está, aunque se le espera.

Publicado en Diario de Navarra, 8 de marzo de 2015

jueves, 29 de enero de 2015

El valor del centro


Josep Meliá cerraba hace treinta y cuatro años su crónica de la caída de Adolfo Suárez con un “Epílogo para españoles de centro” que recobra actualidad, ahora que en nombre de las nuevas generaciones algunos tienen prisa en enterrar la Transición, como si todo lo obrado entonces fuera la causa de nuestros males presentes y no hubiera otra salida que el sueño revolucionario, la ruptura o la independencia como fórmula global de solución. La sensación puede resultar real en este año electoral si los “moderados”, la mayoría silenciosa y a menudo silenciada, “la España de centro” decide permanecer callada, abrumada por la propia degeneración del sistema.

Sería contraproducente pensar que la oportunidad del verdadero centro político ha pasado ya en España. Meliá anotaba en caliente que Suárez dimitió como presidente para que esta oportunidad no se perdiera y para que el centro político no desnaturalizara sus señas de identidad. En cierto modo es lo que ocurrió tras la aventura del CDS, vencido Suárez en su segunda salida por Aznar, quien al frente del refundado PP reivindicó la herencia de UCD y acomodado luego en el poder demostró todo lo diestro que era… Su intervención en la última convención del PP ha respondido a la derecha bronca que representa, para suplicio de Rajoy, cuyo posibilismo, pragmatismo y realismo acaba siendo reducido desde su partido a ausencia de principios y valores o al comportamiento de una derecha avergonzada.

La pregunta no es dónde está el PP sino ¿dónde está el centro? ¿Lo ha abandonado el PP o, quizá mejor, ha abandonado al PP? ¿Ha dejado de disputarlo definitivamente el PSOE, preocupado por igualarse a Podemos? Algo parecido cabe plantear en Navarra respecto a UPN o PSN, ya que el PPN ha dejado de contar, y el nacionalismo parece imponerse a Podemos como polo de definición y atracción ideológica, hasta el punto de que esta última fuerza podría renunciar a su marca estrella para añadirse al juego de bloques. Por otra parte, ¿implica Ciudadanos como fuerza ascendente en España una recuperación del centro? ¿Tendría futuro político en Navarra? Porque está claro que UPyD, no.

El centro político ha sido el amortiguador de las tensiones históricas entre las dos Españas. También puede serlo de las tensiones territoriales, conjugando sin prejuicios ni complejos la defensa de la pluralidad cultural y de los hechos diferenciales con la del orden constitucional y en su caso de la foralidad. Aún más en tiempos de crisis, el centro debe ser lugar de encuentro de las clases sociales, de las creencias e ideas, de las generaciones y de la experiencia vital de los hombres y mujeres que conforman la trama de una sociedad. Como sucedió con UCD y pasa hoy, el drama del centro se precipita cuando los políticos, atraídos por la atmósfera del poder, pierden la sintonía con los ciudadanos para perseguir intereses de facción.

Meliá contempla el centro como “el punto en el que se cruzan la impaciencia de los que lo esperan todo del futuro y la carga de paciencia de los que todavía no han perdido las ilusiones ni han endurecido su corazón con descargas de egoísmo y desesperanza”. Este es el valor del centro en la actual encrucijada, que esclarece también Meliá cuando apuntaba que “la oligarquía económica o la minoría rectora de un proceso revolucionario pueden descansar sobre el mesianismo de una secta de iluminados, a partir del férreo liderazgo de un puñado de condottieros”.

Frente a quienes sólo aspiran a explotar la ira y el desencanto social para convertirse en simple élite de reemplazo, Podemos a la vanguardia, prometiendo lo imposible, el centro tiene que apostar de nuevo por el cambio seguro y estable, demostrando su voluntad cierta de reformas profundas, si quiere ser expresión política de la nueva sociedad española, sensible a los problemas de todos. La crisis y la recuperación no son un puro problema económico sino un drama ético y social que debe golpear las conciencias de todos. No hay política de centro sin solidaridad ni sin preocupación efectiva por acortar las diferencias entre los que más y los que menos tienen.

Europa ha prosperado bajo idearios centristas. Sería triste que se verificase en España, una vez más, que la clase dirigente ha fallado, incapaz siquiera de reconocer sus errores, ni de transmitir si realmente creen en lo que dicen. Pero la regeneración política es responsabilidad también de los ciudadanos, más aún de aquellos que se consideran adultos y bien informados, pero que raramente emergen en la vida pública, como suele suceder con quienes sustentan la idea del centro. “No hay nada definitivo escrito en el libro de los hados. Sucederá, pura y simplemente, lo que nosotros propiciemos. Todavía es posible que triunfe la España de la moderación”, sigue Meliá. Oigan: ¿Dónde está el centro? 

Publicado en Diario de Navarra, 29 de enero de 2015

domingo, 21 de diciembre de 2014

Discursos sin proyecto



Un conocido historiador ha subrayado la capacidad de Podemos para construir mensajes sin llegar a generar discurso. No es una habilidad exclusiva. Otros partidos, que continúan aspirando a más, son capaces de articular discursos sin expresar ningún proyecto. Hemos perdido la idea, el proyecto, la ilusión. La crisis ha favorecido la hipercrítica del legado de la Transición, pero quienes se apresuran a la liquidación del 78 no ofrecen un producto de nueva temporada.

La renovación generacional que ha impulsado la Monarquía al servicio de un ‘tiempo nuevo’, se ha ido abriendo rápidamente camino en otras instituciones, interpretando los deseos de cambio de la sociedad. En pocos meses han aparecido nuevos líderes políticos y espacios de comunicación que hacen del ‘tiempo nuevo’ su bandera, a veces con enorme simpleza, incluso en TV, donde alguna cadena parece haber asociado el término a las andanzas del pequeño Nicolás.
La bondad de una nueva generación no es automática. Lo que define propiamente a una generación no es el hecho biológico sino la capacidad de compartir un ideal colectivo. No hay generación sin proyecto. No lo tiene el nuevo PSOE, tampoco Podemos, y si lo tuvo el PP parece que lo ha perdido por el camino, o eso piensan gran parte de sus votantes. La juventud no es necesariamente un mérito y en tiempos difíciles no cabe la frivolidad, que parece acompañar a los nuevos actores, con excepción del Rey: el mejor con diferencia entre ellos, aunque no haya surgido de unas primarias. 

Que la democracia no es el régimen de los mejores, y que se puede corromper, es una verdad que está explotando Podemos, jugando con las emociones y el estado de ánimo colectivo, no se sabe con qué propósito. Su discurso regeneracionista, la escoba y barrer, es tan antiguo como el del dictador Primo de Rivera, y al igual que aquél, vacío de propuestas alternativas reales. Además de contradictorio. Enfatiza la participación ciudadana, pero desprecia la representación municipal (ha comenzado a rectificar), porque lo que le interesa es la Moncloa. Al final lo de siempre, se impone el afán de mandar.

La definición ideológica da igual: del bolivarismo a la socialdemocracia y el centro político, Podemos pretende convertirse en un nuevo partido ‘acaparalotodo’. Reniega de la Transición, pero evoca el 28-O del PSOE de 1982, que la consolidó, al mismo tiempo que el actual Pablo Iglesias salva a Anguita, que fue quien hizo la pinza a Felipe González con Aznar, aunque en este caso se olvide del ‘programa, programa, programa’ que honró al histórico califa rojo. El estribillo de Podemos ahora es otro, pero manifiestan no poca intolerancia en cuanto prueban el mismo producto anti-casta que ellos aplican. 

Con semejante acometida, Pedro Sánchez anda más pendiente de su promoción personal que de hacer propuestas coherentes y sensatas. Su proyecto es ser candidato, y no lo tiene asegurado. Se han olvidado del proyecto, aunque todos anden preocupados en hacer grandes proclamas de coaliciones para el día después: PP-PSOE (siguiendo la estela del imperativo categórico UPN-PSN en Navarra), IU-Podemos, o incluso Bildu-Podemos. Cuando todo el discurso se agota en la voluntad de permanecer en el gobierno, reconquistarlo o conseguirlo por primera vez, renunciando de entrada a hacer valer el propio proyecto, la política se vuelve realmente patética.

La defensa o no de un cambio constitucional, por vía de reforma o aun de ruptura, se ha convertido en el actual momento político en el gran exponente de la tenencia o carencia de un proyecto para España. Resultan muy pobres los términos del debate. Sería realmente un paso atrás convertir la Constitución en un sinónimo de programa o proyecto partidista. Se puede convenir en su necesidad de reforma, pero alentar la iniciativa sin perfilar contenidos, como pretende el PSOE al tiempo que reniega de los cambios recientes que promovió junto al PP, es un juego fútil.

Reintroducir el debate sobre el federalismo como solución, un día asimétrico, otro simétrico, Pedro Sánchez versus Susana Díaz, es como reinventar la pólvora. Sin asimetría no es posible ‘contentar’ al nacionalismo, si es que una reforma del Estado pudiera hacerlo, cosa harto dudosa valorando la lección de la Transición. A no ser que la insistencia actual del PSOE en la reforma federal no tenga más propósito que satisfacer el discurso cortoplacista de la ‘tercera vía’ del PSC en el embrollo catalán.

Que nadie contemple en la posible reforma aspectos sustantivos de la regeneración, como el modelo electoral y de partidos subyacente, por ejemplo, es síntoma de la general ausencia de proyecto. Un tiempo nuevo, un nuevo inicio, volver a empezar, supone un proyecto de renovación que no es hacer tabla rasa, sino preguntarse en que momento del camino nos hemos perdido para no volver a las andadas, primando los simples ejercicios tácticos o aritméticos.

Publicado en Diario de Navarra, 21 de diciembre de 2014

martes, 11 de noviembre de 2014

Esperpento


‘La tragedia española no es una tragedia’. No hay nada sublime en la grotesca realidad que contemplamos, ni sus protagonistas son héroes. La reflexión la vierte Valle-Inclán en ‘Luces de Bohemia’, una obra de teatro que hace de la corrupción política su entramado, y donde se introduce el término ‘esperpento’ como un concepto estético que permita expresar y denunciar la deformación de la vida social, sus desatinos –‘la vida miserable de España’–, al modo que los espejos cóncavos transforman en ridículas las formas más bellas. Nuestros representantes han forzado tanto las cosas en los últimos tiempos, hasta doblegar la realidad y hacerla verdaderamente esperpéntica, que hay que hacer un esfuerzo crítico para reconocer un mínimo grado de humanización en la política española actual. La caída de las máscaras, ante la sucesión de escándalos, siempre puede mostrar entre los más próximos algunos semblantes con lágrimas.

Al igual que en el mundo estético, hay tres modos de ver la política: de rodillas, en pie y desde el aire. Vista desde abajo, la realidad aparece enaltecida y los actores se convierten en ídolos o seres superiores. Observada al mismo nivel, el espectador se identifica con los personajes, sintiéndolos cercanos. Desde arriba, los dioses se reducen a figuras de sainete. Valle Inclán adoptaba una mirada que se alzaba por encima de sus personajes, contemplándolos con impasibilidad y superioridad, la misma distancia con que la sociedad considera hoy a los políticos, perdida la confianza en ellos. Cuando se pierde el respeto y la cara al público, cuando la política real se limita a los movimientos entre bastidores, fuera de control y al margen de las verdaderas demandas de los ciudadanos, es la propia política la que se corrompe, y el voto, además de la cartera del contribuyente, lo que aparece como un objeto robado.

La intención directa de voto plasmada en el último barómetro del CIS constituye un esperpento. La ira popular se ha vuelto valleinclanesca y produce una pintura negra como las de Goya. El sistema devora a sus hijos, proyectando una imagen de España en trance de ruina, que los grandes datos económicos de la recuperación no van por sí solos a cambiar. Nada escapa a este proceso esperpentizador, ni siquiera el gran personaje creado, ‘Podemos’, que crece a medida que el espectáculo se va haciendo mas inquietante. Por efectivo que sea en estos momentos, ni siquiera su discurso contra ‘la casta’ es original, pues remite a tertulianos de derecha dura que le precedieron en algunos canales televisivos (E. De Diego, ‘La casta parasitaria’, 2008). Y todavía se permite el lujo de vaciarse cada día de cualquier otro contenido a la espera de que nuevas manifestaciones de lo bufo completen la labor.

Todos los elementos del esperpento –personajes, ambientes, palabras y gestos– presentes en los escándalos de la Gürtel, los ERE de Andalucía, el clan Pujol, las tarjetas black o las redadas de la operación Púnica, han tenido un efecto demoledor. Pero igualmente esperpénticas se revelan algunas situaciones que los han precedido o seguido. Los esfuerzos de la presidenta del PP madrileño, Esperanza Aguirre, por presentarse como paladín de la lucha contra la corrupción y de la participación dentro de los partidos resultan absurdos, a poco que se repase su biografía política. El escenario catalán es mucho más feo. La figura del presidente Mas, representante del Estado y convertido en un astuto jugador y traficante de emociones con la pretensión de engañar no sólo al propio Estado, sino al pueblo catalán y a sí mismo, encarna ciertamente un personaje de Valle-Inclán, y aunque sea jaleado como un campeón puede terminar como Max Estrella en ‘Luces de Bohemia’: abandonado a la puerta de su casa muerto de frío.

A escala foral, nuestra política de ficción, con su partecica de escándalos, guarda imágenes no menos esperpénticas, como la del expresidente Sanz constituido en opinión combativa dentro de su partido porque su sucesora se resiste a ser manejada como un muñeco desde arriba; tanto como el titiritero a dejar de manejar los hilos de su tabladillo… El nuevo Nobel Patrick Modiano afirma en su última novela que en los periodos de cataclismo o de angustia moral no hay más remedio que buscar un punto fijo para mantener el equilibrio ‘et ne pas basculer par-dessus bord’. Urge recuperar la medida y la correcta visión de nuestra realidad para reafirmar con mayor fuerza que la regeneración política y democrática no es posible sin un rearme moral, individual y colectivo, inherente a la misma historia de Europa, capaz de trascender los puros valores materialistas y el corto cálculo electoral. En el esperpento confluyen en un mismo horizonte el impulso ético y el estético. Lo que hay, pero también lo que viene, si no hay reacción, no es una tragedia, sino –completando la primera cita de Valle-Inclán– una ‘deformación grotesca de Europa’.

Publicado en Diario de Navarra,  11 de noviembre de 2014

martes, 30 de septiembre de 2014

Regeneración, valores y conveniencia



El aborto no es una cuestión retórica ni simplemente ideológica, sino un drama personal y social, capaz de provocar una crisis política, como se ha visto esta semana. El asunto, tal y como se ha desarrollado en España en los últimos cinco años, resulta paradójico. El PSOE se empeñó en reformar la ley del aborto, sin que ello figurara en su programa electoral, pasando de la ‘despenalización’ del aborto en determinados supuestos a su reconocimiento como ‘derecho’ en una ley de plazos. El PP, que sí llevaba ese punto en su programa de 2011, ha renunciado finalmente a su proyecto de reforma de la ley Aído. El PSOE de Zapatero levantó la bandera de la liberación de la mujer invocando el ‘derecho a decidir’ sobre su propio cuerpo; la Conferencia episcopal no tuvo entonces mejor ocurrencia que apelar al lince ibérico en peligro de extinción; y el PP no sabe ahora qué decir a sus propios votantes. Es toda una muestra de un debate cerrado en falso.

Porque más que debate, ha habido cálculo, ideológico y electoral sobre todo. Lo tuvo el PSOE, pensando en las elecciones europeas y generales, y lo tiene el PP con la mirada puesta en las inmediatas municipales. No hay interés por debatir, ni desde el punto de vista sociológico, ni científico, ni moral la cuestión del aborto, aunque menudeen los planteamientos demagógicos, simplistas o frívolos. El aborto no es lo que permite disfrutar de la sexualidad de forma segura, ni puede convertirse en un método anticonceptivo más. La clave no está en que ninguna mujer que aborte tenga que ir a la cárcel, o deba ser torturada a costa de una política integrista o conservadora sobre la materia. Por lo mismo, cabría preguntarse cómo en nombre de la igualdad se puede prescindir de los débiles y los más desprotegidos, que en este caso son evidentemente los no nacidos y las mujeres que quisieran verse no forzadas a abortar. Se impone menos ideología y más antropología.

El gobierno se ha adelantado a decir que revisará lo concerniente a que una menor de 16 años pueda abortar al margen de los padres. Pero no es lo único que ha suscitado dudas o rechazo de la actual ley. Convertir el aborto en un “derecho fundamental”, como hace el preámbulo, contraviene toda la tradición jurídico-política occidental de los derechos y libertades, de la que supuestamente un partido liberal es garante. El ejercicio de un derecho es siempre una realidad gozosa, lo que en ningún caso se da en el aborto. Difícilmente se puede entender la permisividad hacia el aborto como un triunfo de la libertad. El aborto es siempre un acto cruel. Trasladar al aborto el lenguaje de los derechos supone banalizar tanto la vida del no nacido –ni cosa, ni bicho, sino vida humana– como el duelo de la conciencia, por mucho que esa doble presencia incomode al feminismo radical.

La regeneración política y democrática, de la que todos hablan, debe responder a una política de principios y de valores, no a razones de conveniencia. En ese sentido, la dimisión del ministro Gallardón es ejemplar. El Gobierno de Rajoy ha presentado la retirada de la reforma del aborto como un acto de concordia en busca del necesario consenso. Un consenso que en ningún momento buscó ni importó al anterior gobierno socialista, y al que tampoco parece dispuesto la actual oposición cuando, lejos de contentarse con el paso atrás dado por el PP, insiste en que no se toque ni una coma de la norma actual y en la retirada también del recurso pendiente ante el Tribunal Constitucional. Desde ese complejo de superioridad moral de la izquierda, no menos intolerante y avasallador que el supuesto dogmatismo católico que todavía anida en la derecha española, es ciertamente complicado fabricar un consenso. 

La pelota está en el tejado del alto tribunal, a no ser que el PP decida también retirar ese recurso, haciendo buena la ley no escrita según la cual la izquierda puede revocar sin complejos cualquier ley promovida por un gobierno anterior, y el centro-derecha no. El aborto no puede reducirse a una simple prestación sanitaria más. Ha de ser posible el diálogo y llegar con realismo político a un terreno común que favorezca la reducción de abortos y la regulación de la objeción de conciencia. Es necesario pararse verdaderamente a pensar en la realidad y en las consecuencias del aborto, conscientes de la gravedad de la materia. La que llevó sin éxito a un socialista como Rodríguez Ibarra a reclamar, en la anterior legislatura, un auténtico debate sobre la cuestión en los órganos internos de su partido antes de tramitar la reforma de la ley, y que se sometiese luego a referéndum. Se puede retomar la idea, ahora que a todos gusta convocarlos. 

Publicado en Diario de Navarra, 30 de septiembre de 2014

domingo, 14 de septiembre de 2014

Política y resiliencia


La resiliencia es un concepto que, procedente de la física, despierta cada vez más interés en los campos de la sociología, la psicología o la educación. Atiende a la capacidad de las personas para afrontar y salir fortalecido de la adversidad, algo que en la actual situación de crisis prolongada, se presenta más necesario que nunca. En Navarra se acaba de constituir una asociación para su promoción y desarrollo. Esperemos que su influencia llegue también a la política, donde al igual que en otros ámbitos, unos sobreviven y otros sucumben, aunque no esté claro que esa diferente suerte obedezca aquí a una clave resiliente en el modo de encarar la vida.

La presidenta Barcina, reforzada tras el fiasco de la comisión de investigación y la moción de censura, ha anunciado su voluntad de volver a ser candidata en las próximas elecciones. Pese a la presión de toda la oposición, lejos de quebrarse, ha recuperado la forma y disposición original. En su discurso de apertura del curso político, hizo referencia a las dificultades atravesadas, al sufrimiento experimentado, a los errores cometidos y a lo mucho aprendido de los mismos. Podrían considerarse, a primera vista, elementos de una política resiliente, pero un chequeo oportuno encuentra enseguida fallos.

La resiliencia en política no ha de contemplarse ni medirse fundamentalmente desde la perspectiva de los políticos sino de los ciudadanos, a quienes se debe la actividad política. Cuando de verdad se es consciente del dolor causado por las medidas de gobierno que había que tomar, pero que el propio descrédito generalizado de la política y de los partidos hacía más sangrantes, es obligado atender en justa reciprocidad a las exigencias ciudadanas que pesan sobre los políticos, aunque fuera como pobre reparación de las intrusiones, equivocaciones y abusos cometidos. Lo que importa realmente no es hacer frente a la adversidad, ni siquiera superarla, sino ser transformado positivamente por ella.

De los cuatro factores de la resiliencia mencionados por Grotberg, la presidenta ha enfatizado el ‘yo soy’ y el ‘yo puedo’, su autoestima, su fortaleza y sus habilidades. Pero ha relativizado el ‘yo tengo’, los apoyos externos, y el ‘yo estoy dispuesto a hacer’, la voluntad de progresar en los objetivos y la oportunidad de recontextualizar los hechos. En este sentido, ha sacrificado su compromiso de renovación del partido en beneficio de la unidad interna, necesaria pero no suficiente y difícil de garantizar mediante simples pactos de salón. UPN ha quedado descolgada y a contra pie en la carrera de la regeneración política, cuando estaba en disposición de tomar la delantera antes del vendaval de las elecciones europeas, que ha forzado a otros a moverse.

Pudiéndose haber adelantado a los acontecimientos, renovado la percepción del partido y legitimado el propio liderazgo de Barcina con un sistema innovador de elección de candidatos que fuera más allá del cabeza de lista, y que estuvo sobre la mesa, UPN ha fallado la ocasión y acabado por reforzar una imagen de cerrazón y resistencia a cualquier cambio, que resulta preocupante y muy poco resiliente. Malograda su propia iniciativa, sólo le queda hacer seguidismo de las dudosas e incompletas propuestas de regeneración del PP que pueden dar la impresión de que la única adversidad contemplada por los políticos es perder el poder o sus privilegios.

El conformismo es contrario a la resiliencia. El afán de superación y de trabajar para ello, con optimismo y esperanza, debe sobreponerse a cualquier discurso perdedor. El éxito político de Podemos, aun comerciando con el desencanto y la protesta, obedece a su propia ambición, al gran anhelo neosesentayochista que transmite (‘seamos realistas, pidamos lo imposible’) y que contiene en sí mismo un mensaje ganador, con mayor expectativa de voto cuanto más evidente resulte la falta de respuesta de los partidos de gobierno. Sólo quien no aspira a romper su propio techo electoral es imposible que lo haga.

Lo único demostrado en Navarra es que el voto del ‘miedo’ no proporciona mayoría absoluta. UPN debe reflexionar sobre ello. Su enemigo efectivo no es el nacionalismo ni el populismo ahora, sino la abstención, que no se vence exacerbando las pasiones políticas ni negando la presencia del otro. Tampoco el ‘odio’ a UPN o a Barcina puede ser garantía de una alternativa de gobierno. La resiliencia implica la disposición a ver con los ojos del otro y a dejarse penetrar también por su mirada, algo básico para poder llegar a acuerdos políticos y cuya ausencia compromete los asuntos más cruciales de la comunidad, como se ha comprobado en el reciente pleno sobre el autogobierno. Cuando los políticos no hacen lo que pueden para transformar las cosas, y se confía en que los ciudadanos no tendrán más remedio que votarles, no se puede responsabilizar a éstos de las consecuencias de sus dejaciones. Resiliencia no es resignación.

Publicado en Diario de Navarra, 14 de septiembre de 2014

viernes, 20 de junio de 2014

El nuevo rey ante el espejo

Azaña, gran amante del teatro, evoca en sus cuadernos un diálogo figurado con el rey Alfonso XIII, a quien ve reflejado en el espejo en que se mira, y que le pregunta qué está haciendo con España: “enseño a vivir en democracia, es difícil”, responde el gobernante republicano. La Monarquía como institución no ha sido ajena a este empeño fundamental de las sociedades contemporáneas y actuales. La proclamación de la monarquía de 1830, tras la segunda revolución francesa, entronizó al rey ciudadano y fue comprendida como una monarquía republicana. Asumida la condición liberal, un rey al frente del estado, con sus propias reglas de sucesión, ajenas a la lucha política partidista, ofrecía la ventaja de significar mejor el ideal de neutralidad del juez o árbitro que no puede ser parte, algo que no logran alcanzar algunos modelos republicanos. Esa monarquía constitucional es la que arraigó en España, con más luces que sombras, en el siglo XIX y es también la que ha proporcionado el régimen democrático más fecundo de nuestro siglo XX. Tiene razón el nuevo rey Felipe VI al apelar a la continuidad democrática como una clave de su reinado, pero también ha de serlo el cambio efectivo.

Al mirarnos en el espejo vemos la imagen que reflejamos en el propio espacio desde donde nos miramos, y que nos interpela ciertamente. El nuevo rey ante el espejo no puede sino contemplar a una sociedad que habla y se manifiesta cada vez con mayor criticismo y claridad, exigiendo respuestas a las propias demandas ciudadanas. La limitación del papel institucional del rey le ha despojado de la vieja prerrogativa de ser el único que todo lo ve y a quien no se podía mirar de frente –la más expresiva muestra de la negación de un público en el Antiguo Régimen–, pero la democracia no le impide convertirse en el gran escuchador y articulador de los mensajes de la sociedad, diluidos dentro del estruendo del espacio público. Atendiendo a la centralidad de la sociedad se justifica la propia función de la Corona, que no está alejada del concepto de representación. Si bien el rey no es representante ni elegido del pueblo, la monarquía sí puede proporcionar una viva expresión de esa imagen de sociedad ideal que toda cultura política necesita y persigue: la unidad y la estabilidad como garantía de la prosperidad de una comunidad diversa. El poder del rey es simbólico, y por ello mismo visible, y de enorme importancia para el rearme o derrumbe de la moral colectiva.

Paradójicamente una democracia puede degenerar en una sociedad de corte cuando se consiente la formación y acción incontrolada de triarquías oligárquicas, esa alianza entre timócratas, plutócratas y demagogos –esto es, entre políticos que sólo buscan su propio provecho personal, entramados económicos que se benefician del poder político, y medios de comunicación que juegan a extender la partidización de la vida colectiva–, una asociación de intereses ajena al bien común que tanto ha erosionado en los últimos tiempos la credibilidad de nuestro sistema y de la propia institución monárquica. Paradoja por paradoja, una monarquía puede ser el revulsivo democratizador que la política, a requerimientos de la sociedad actual, necesita. El nuevo rey, como su bisabuelo Alfonso XIII, llega imbuido de un atmósfera regeneracionista en un contexto difícil. Responder a esa expectativa afectará a la suerte de la Corona, pero también a la normalidad de la imagen reflexiva de la sociedad española, sometida en exceso a las deformaciones de los espejos mágicos de los políticos de feria, tan abundantes en tiempos de desolación. La consistencia del mensaje de Felipe VI en el acto de su proclamación ante las Cortes es una garantía de futuro y nuevo entendimiento.

Publicado en Diario de Navarra, 20 de junio de 2014