lunes, 17 de febrero de 2014

Conjeturas y sables


Asistimos en la política foral a un desenlace que estaba escrito, y que no ayuda a devolver la fe en nuestros profesionales de la cosa pública. Si yo caigo, tú caes conmigo, o antes de que me cesen, dimito. Eternos lugares del mundo de las relaciones profesionales y del viejo oficio de la política, que acaban jugando a veces un papel decisivo en el desarrollo de los dramas sociales, como sucede en la representación del último acto de la crisis navarra. La verdadera gramática de los motivos, ni se lee ni se escribe –no siempre se corresponde con las razones aducidas–, pero inspira y conduce la acción. Desencuentros, rencores, despechos, venganzas encubiertas, personalismos y pasiones humanas, demasiado humanas, provocan incendios y terremotos políticos, cuyas consecuencias sus responsables son incapaces de medir.

Si la conjetura es común a la actividad científica, en la política tiene patente de corso, sobre todo si afecta a un posible caso de corrupción. La conjetura se eleva a certeza y que vengan detrás a demostrar que es falso. Esa es una tarea para estudiosos del pasado, pues la actividad política ya está enfrascada en nuevas conjeturas y aventuras de futuro que reclaman la decisión de los actores. El líder del PSN, sorprendiendo a todos al decir ‘el partido soy yo’, se ha autopostulado para presidir un gobierno de transición, como teórica segunda fuerza, contraviniendo la actual aritmética parlamentaria. Falto de discurso y de credibilidad, ha proclamado un deseo regeneracionista a lo Miguel Primo de Rivera –abrir ventanas, levantar alfombras, airear– que como aquél, con quien en su día colaboró el PSOE, podría resultar sospechoso en cuanto a su verdadera finalidad.

Hay prisas para no agotar la actual legislatura.  Se trata esta vez de ‘no fallar la ocasión’.  Aunque no se sepa bien o no se quiera saber adónde vamos. Urge y no sólo por las previsiones legales acerca del posible adelanto electoral. Debe realizarse antes de que pueda evidenciarse la salida de la crisis económica, y ello beneficie al gobierno de UPN, desvaneciéndose la imagen de fin de ciclo y de corrupción del sistema que la oposición se ha empeñado en focalizar en Barcina, por más que haya sido la última en llegar al poder y se haya encontrado con fuertes resistencias para cambiar las cosas, como se ha comprobado a propósito de la Fundación CAN. La vieja política de camarillas, que siempre esconde intereses vergonzosos, se alía con la política de sables, deseosa de hacer rodar cabezas o preocupada de conservar la propia.

El PSN de Jiménez busca su supervivencia como actor jugando a dos barajas, con Geroa Bai y con los críticos de UPN, antes de que las urnas le releguen a un simple papel de extra en la política navarra. Los críticos de UPN, muchos o pocos, se comportan como ciegos que pretenden guiar a otros ciegos, sin asimilar aún su reciente derrota ante Barcina y su responsabilidad histórica en la actual imagen de deterioro del partido. Geroa Bai siempre gana en el juego lanzado con la cabriola del PSN y también con el miedo a Bildu pregonado desde UPN. Y lo hace sin despeinarse, sin bajar a la tierra en carne mortal, instalada en la pura conjetura, sin despejar ninguna incógnita de las muchas que le conciernen. El discurso anti-UPN ha calado como el antiamericanismo de los años 60: nada puede ser peor que la realidad conocida. Pero al nacionalismo no le basta con la salida de Barcina del gobierno, pretende reventar UPN, con o sin colaboración interna, lo que indirectamente beneficiaría al mortecino PPN.

Cualquiera que sea la salida a la presente situación, será en todo caso ‘fallida’ en los términos de la regeneración política que solicita la ciudadanía. Un año más de legislatura se justificaría sobradamente para promover una verdadera transformación de los partidos, con medidas e iniciativas concretas que pudieran ser convenidas y adoptadas por todos los grupos, recogiendo fórmulas de participación abiertas en la selección y elección de todos los candidatos (no de uno sólo), y de relación directa entre los electores y los elegidos. Un tiempo político nuevo exige vino nuevo en odres nuevos. Pero, como expresa Magris en ‘Conjeturas sobre un sable’, para esa actitud de ayuda y diálogo con los demás –‘el más auténtico oficio religioso’–, para ‘escuchar al otro y seguirle en sus laberintos sin extraviar el propio camino’ ya no nos valemos. Exige ciertas dosis de conversión y no va haber confesión pública ni peticiones de perdón, ni rectificación alguna ante los ciudadanos. Todos los partidos tendrían necesidad de hacerlo, pero ya no hay tiempo… Volverán a las andadas porque entre tanta conjetura y sable, no están buscando la verdad sino –como decía Magris- ‘las razones que expliquen el falseamiento de la verdad’.

Publicado en Diario de Navarra, 16 de febrero de 2014

martes, 7 de enero de 2014

Historia y política



Paul Valéry no dudó en afirmar que la historia era el producto más peligroso que la química del intelecto hubiese fabricado jamás. A través del relato histórico, el historiador define metas, aúna voluntades, persuade, presiona, organiza el tiempo; negocia en suma el pasado desde el presente con vistas al futuro. Ejerce con frecuencia, antes que una función social, una clara función política. Sin duda lo hizo en el siglo XIX –la historia al servicio de la Nación como en el XVI y XVII lo había estado al servicio del Príncipe– y también lo ha hecho en el XX, en medio de tanto totalitarismo y conflicto de nacionalismos. Observando el modo en que se ha contado y se cuenta la historia a los niños en el mundo entero, un ejercicio practicado por Marc Ferro, se hace patente cómo la historia sigue siendo una herramienta imprescindible para la fundamentación y supervivencia de cualquier nacionalismo. 

La historiografía o el uso de la historia, en general, es un arma peligrosa en la medida que, apoderándose de la memoria y del olvido, proyecta sobre la comunidad, como valores, los mitos y contenidos ideológicos inmediatos del propio grupo organizado, pudiendo inducir al odio y también a la violencia. No hace falta que lo diga ningún informe de los Cuerpos de Seguridad. No cualquier relato de la historia hace justicia a la Historia, tampoco es necesario preguntárselo a las víctimas del terrorismo. La historia como la política puede reducirse a la dialéctica amigo-enemigo, incluso en medios pretendidamente académicos. El congreso ‘España contra Cataluña’ promovido por la Generalitat es un buen ejemplo de historia oficial-militante en el siglo XXI, bien engranado en la gran operación de propaganda nacionalista en que se ha convertido el desafío secesionista catalán. 

Todo el movimiento conduce a 2014 con una doble finalidad simbólica: la conmemoración del final de la Guerra de Sucesión (1714) entendida no como un conflicto dinástico sino como un conflicto entre España y Cataluña que acabó con sus fueros y libertades, haciendo coincidir esa celebración histórica con la fiesta política de una consulta popular que abra las puertas a la nueva libertad. Es un nuevo caso de ‘invención de la tradición’, que cambia el significado de los hechos históricos para su utilización política, tejiendo el relato de una supuesta lucha por la independencia, inevitable por la ambición española, como hiciera en su día Sabino Arana para el País Vasco. La aranización de Artur Mas rompe con la tradición catalanista autocontenida dentro de una afirmación de España, en un deseo de explotar la debilidad española ocultando la propia, puesto que la Cataluña locomotora de España es ya un mito, y hoy más que nunca es preciso hacer responsable a España de sus males. 

Por grosera que parezca la manipulación, no se pueden menospreciar sus efectos. En Navarra, con ocasión del Quinto Centenario de 1512, la batalla académica –en una curiosa guerra de congresos– la ganaron unos y quienes están rentabilizando sus efectos políticos son otros, a tenor de la crecida nacionalista que parece haber arrastrado consigo a quienes no tienen la brújula suficientemente imantada. Las relaciones culturales y políticas entre Cataluña y Navarra han sido desde finales del XIX de ida y vuelta. Resulta extraño el ominoso silencio acerca de las posibles repercusiones del secesionismo catalán en la política navarra al tiempo que se defiende una alternativa de gobierno que pivota necesariamente sobre el nacionalismo vasco. Pretender remontar el pasado para construir el futuro, como se desprende de los usos y abusos de fechas como 1512 ó 1714, es empeñarse en avanzar hacia atrás, encallando voluntariamente en la rocosidad de las fronteras y de las soberanías irreductibles, en lugar de salir al mar abierto del nuevo tiempo global. 

 El origen y desarrollo de los nacionalismos catalán y vasco son ajenos en el fondo a la estructura del Estado, por lo que resulta ingenuo pensar que en un cambio de la misma radica la solución. El debate actual sobre el federalismo tiene mucho de falso y cansino, cuando hace tiempo que se ha asentado la idea del Estado de las Autonomías como ‘moderno federalismo’, por más que aún se pueda perfeccionar. Desde la Transición, los nacionalismos periféricos nunca han apostado por el federalismo, ni apunta ahora Mas a él en la tramposa primera pregunta de su anunciado referéndum. En cualquier caso, el federalismo no es una mera carcasa organizativa, implica una cultura política federal que tiene en el pacto y en la lealtad al pacto su máxima expresión. No es un descubrimiento afirmar que, dentro de la España de las Autonomías, Navarra es el mejor reflejo de ese ‘espíritu federal’, y que aunque algunos se apresuren a certificar un ‘fin de régimen’, invocar ‘más Navarra, más España y más Europa’ es toda una profesión de ‘soberanía compleja’, es decir, del final de cualquier planteamiento exclusivo de la soberanía. 

Publicado en Diario de Navarra, 4 de enero de 2014

miércoles, 27 de noviembre de 2013

Política para la esperanza


El desencanto social es consecuencia de una espera sin esperanza, que se vuelve contra las falsas promesas de la política, y por extensión de la democracia. Mientras se apercibe una débil luz al final del túnel económico, la crisis política permanece estancada y amenaza  la recuperación. La hipercrítica al legado de la Transición es fruto de la desilusión de los más  jóvenes, pero incorpora incuestionables elementos de verdad. Si desde los años sesenta pudo presenciarse en España un cierto desarrollo de la sociedad civil, paradójicamente después de 1975 el poder político tendió a reafirmar su control sobre la sociedad. Bajos los imperativos de la pluralidad y la permanencia democráticas, la Transición apostó por un modelo de partidos y sindicatos fuertes, que a día de hoy se han convertido en férreas estructuras de poder, dominadas por sus cúpulas, y son factor principal –además de corrupción– de la actual crisis de representación e inestabilidad políticas. Si algo debemos cambiar, empecemos por ahí.

Lamentablemente los partidos están a otra cosa, mirándose el ombligo, inquietos sus prohombres por cuestiones de liderazgo, buscando alzarse con él o seguir ejerciéndolo cuando ya no se tiene, manifestando un enfermizo apego al propio criterio y modos de hacer y, en último término, un mono de poder que algunos expresidentes no consiguen superar. Los políticos se resisten a proporcionar alguna prueba que introduzca una pizca de futuro en el presente y haga más soportable el ‘todavía-no’. La última Conferencia Política del PSOE ha resultado desconcertante. Su coordinador postulaba volver a la política sensata, recuperar consensos y liderar desde la moderación; pero lo que proclaman sus dirigentes es un giro a la izquierda y mayor radicalismo. Era un foro de ideas, pero en los pasillos se habló del calendario de primarias. La ponencia aprobada ofrece lo que nadie quiere, una reforma federal de la Constitución, pero se queda muy corta en expectativas de más calado para la sociedad como la reforma electoral, abogando únicamente por fórmulas de desbloqueo de las listas.

La crisis de representación política exige respuestas más audaces, con o sin reforma del actual marco constitucional. Es verdad teórica y práctica que la democracia no es el gobierno de los mejores, y que por ello el sistema puede degenerar. Está claro también que el ‘demos’ no asume el poder que formalmente se le atribuye, y que en su nombre se lo reparten unos profesionales de la política cuyos intereses se han alejado progresivamente del servicio a los ciudadanos. La regeneración democrática implica, en consecuencia, un nuevo acercamiento de los representantes a sus representados, fortaleciendo las posibilidades de control de los electores a los elegidos, a través por ejemplo de un sistema de distritos electorales, compatible con el criterio de proporcionalidad vigente, que aproxime los efectos del voto a quienes lo emiten, y garantice que no se diluya la responsabilidad contraída por el político electo. Esto es mucho más efectivo, y peligroso para el poder de los partidos, que la apertura controlada de las listas.

Pero no basta con ese movimiento, que obligaría a los partidos a buscar candidatos conocidos por los ciudadanos. Ni con la exigencia de una mínima  ética social (transparencia, honestidad, responsabilidad). Los partidos tienen que asegurar niveles de formación, competencia y dedicación entre sus políticos, estableciendo las correspondientes reglas internas y estimulando la participación en la política de lo mejor de la sociedad civil. El retorno a la sociedad no se consigue con nuevas ventanillas u oficinas virtuales a la espera de que el ciudadano se acerque a ellas para obtener información por simple curiosidad. Es el político el que ha de realizar el esfuerzo de buscar y dirigirse a la sociedad, no para vender un programa prefabricado de partido, sino para escuchar –a las familias, empresas, universidades, asociaciones voluntarias, no sólo a los movimientos sociales que más gritan– como requisito previo para llegar realmente a comunicar y hacer comunidad. El líder es siempre un buen escuchador capaz de inspirar objetivos comunes con visión de futuro.

Una política para la esperanza exige moderación y realismo, no radicalizaciones y utopismos incapaces de establecer políticas viables y prioridades en circunstancias cambiantes. Requiere igualmente voluntad de regeneración, que haga esa esperanza fiable, manifestada en reformas que abran la posibilidad de una política futura, donde la ejemplaridad deseable del político se corresponda con la necesaria participación del ciudadano, investido de facultades reales para que pueda ser un ciudadano activo y vigilante, ejerciendo al menos –en las condiciones más favorables para él– el escaso poder del voto que le queda cada cuatro años. Si los partidos grandes manifiestan mayores resistencias al cambio, la oportunidad puede ser para los pequeños con libertad de movimiento, como David frente a Goliat, apurando las posibilidades políticas domésticas con imaginación y resolución, y obligando al resto a ensanchar el deseo: la manera más eficaz de transformar la política.

Publicado en Diario de Navarra, 27 de noviembre de 2013

sábado, 26 de octubre de 2013

Bloqueo político y alternativa


Navarra padece una situación de bloqueo de gobierno derivada de la estrategia de la oposición, que proclama la necesidad de unas elecciones anticipadas que pongan fin al deterioro institucional provocado por la salida abrupta del PSN del gobierno, del que sería única responsable la actual presidenta Barcina. El discurso está algo viciado, como si en Navarra siempre hubiera habido mayorías absolutas y gobiernos de coalición, o nunca hubiese primado la lista mas votada, o como si esta práctica no tuviera su propia lógica democrática, máxime cuando la inoperancia de la oposición se ha hecho evidente a la hora de sacar adelante una moción de censura.

Se repite el estribillo del fin de ciclo político para anunciar el fin del poder de UPN como si del poder blanco en EEUU o de una exigencia histórica se tratara. Vacío de contenido, porque no cabe entender ni el pasado ni el presente de Navarra como un conflicto entre diferentes comunidades étnico-culturales, sino como una comunidad pluricultural y plurilingüística políticamente diferenciada. Los límites de esa estrategia y de ese discurso quedaron de manifiesto en el pasado debate sobre el estado de la comunidad, donde la oposición renunció a sacar adelante cualquier otra resolución que no fuera la petición de elecciones inmediatas.

El PSN acabó retratándose con Bildu, dejó de lado algunos principios (el apoyo a las víctimas de ETA, que salió adelante sólo con los votos de UPN y PPN) y se desentendió de los problemas de los ciudadanos, de los que el parlamento, al menos en ocasiones tan solemnes, debe ser altavoz. La imagen final de los políticos trabajando para sí mismos resultó particularmente penosa, sobre todo para la oposición que había buscado retratar así exclusivamente al gobierno. Más sorprendente ha resultado después la defensa realizada por Patxi López ante Jiménez de los actuales compromisos de los socialistas vascos, que esgrimió Barcina en el debate, y éste desatendió de un modo u otro (la estabilidad del gobierno autonómico, la memoria y relato de las víctimas).

Cuesta aceptar que el parlamento pueda convertirse en un simple instrumento de la anti-política, dispuesto a legislar ‘ad hominem’ y con hostilidad, como ha estado a punto de suceder en el caso Donapea, consiguiendo en cualquier caso paralizar proyectos de futuro, sin verdadero criterio ni coherencia, al margen de cualquier reflexión seria sobre los intereses de la comunidad. Desde luego, episodios así son los que producen deterioro institucional –las instituciones son muy poco sin personas de peso que las hagan funcionar– y sirven también para diferenciar a los políticos oportunistas de los verdaderos hombres (o mujeres) de gobierno. Mientras los primeros únicamente piensan en disfrutar del cargo (o aspiran a tenerlo acaso sólo para lucirlo), los segundos –dentro o fuera de la política– aceptan principios y utilizan los cargos para una obra permanente.

Para descrédito de la política, la inconsistencia se está haciendo demasiado visible. No se puede construir una alternativa política suspendida en el aire, haciendo abstracción de los límites y de las reglas que rigen el propio proyecto de comunidad, definen el marco de las relaciones sociales y generan confianza, también económica. Menos aún en una coyuntura como la actual, de lenta salida de la crisis y de desafío político nacionalista a la integridad del Estado. Dos años después del abandono de la violencia terrorista, y recién producida la anulación de la doctrina Parot, se imponen determinadas exigencias a quienes aspiran a construir una alternativa en Navarra: la demanda de la inmediata disolución de ETA, que no puede reservarse un derecho de tutela sobre la política; el reconocimiento del daño causado y la petición de perdón, sin asimilación posible entre verdugos y víctimas; la defensa, en fin, de la memoria y dignidad de éstas y no de aquellos. Sortu a ETA, Bildu a Sortu, Geroa Bai a Bildu y el PSN a todos con quien pretende gobernar tienen que requerirlo sin ambigüedades.

El partido mayoritario debe reaccionar y abandonar el soliloquio del pacto con el PSN. Debe dejarse de quesitos, cuajadas y boinas, que implican de antemano una renuncia al propio deseo, a romper su propio techo, a la aspiración de liderar una gran mayoría social. Su única alternativa es volver a generar ilusión y esperanza en sus bases y en la sociedad. Debe formular nuevamente una gran ambición, un gran proyecto de libertad, de convivencia, de tolerancia, de modernización, que pasa necesariamente por la regeneración de la política y el impulso de su propio partido. Debe sorprender con su capacidad de atraer el futuro con propuestas valientes e innovadoras, con independencia de lo que hagan o acepten los demás grupos, obligados en cualquier caso a dar razón de sus propios posicionamientos y decisiones. ¿Es realmente la única opción? Bueno, hay otra: la que solicita la oposición y prepararse para morir.

Publicado en Diario de Navarra, 26 de octubre de 2013

viernes, 20 de septiembre de 2013

Metafísica y política


El secretario general del PSN ha mostrado un claro afán de marcar el inicio del curso político navarro combinando entrevistas, declaraciones y resoluciones de partido. Después de haber desafiado durante un tiempo las reglas de la lógica, su discurso fragmentado ofrece ahora un tinte metafísico que conviene analizar. Si cuestionables fueron la autocomprensión de su conducta en el gobierno o de su implicación en el escándalo de las dietas, sus movimientos con históricos de UPN alternativos a Barcina, su respuesta a la moción de censura y su obsesiva solicitud de dimisión de la presidenta, responsable única a sus ojos de la actual crisis institucional y de la podredumbre del sistema, no menos vulnerables a la crítica resultan en este momento –una vez frustrada la vía de judicialización de la política– su nueva apuesta por unas elecciones anticipadas y su propósito declarado de gobernar con Geroa Bai e Izquierda-Ezkerra, dando así respuesta a las demandas de una supuesta nueva “mayoría social de progreso” ya existente.

En verdad esa expresión adquiere en el discurso de Jiménez el carácter de un auténtico ‘trascendental’, puesto que trasciende cualquier ‘ser concreto’, y como tal puede ser convertible en ‘algo’. La cosa física política se articularía por simple exclusión de UPN y Bildu. Desde ese supuesto metafísico se proclama el advenimiento de un “nuevo ciclo en la historia de nuestra comunidad” con palabras graves y vacías, de fácil populismo y tremendismo político cuando se refiere a la necesidad de romper con las “tropelías retrógradas e involucionistas” de la derecha de los últimos días y décadas, que tiene a los navarros “exprimidos, atenazados, paralizados y prisioneros” del sistema forjado por ella. Con la ayuda decisiva del propio Jiménez y del PSN, en todo caso, que tanto ha mirado y contribuido a crear y sostener dicho sistema. Resulta sorprendente que la misma dirección política de un partido pretenda representar una posición y su contraria.

Más que un cambio de rumbo con miras regeneracionistas en la política navarra, lo que parece buscar Jiménez es su personal reinvención, lejos de quererse amortizado. Para que su discurso de las elecciones anticipadas tuviese credibilidad tendría que haber anunciado primero la celebración inmediata de unas primarias en su partido. Ni siquiera se mencionó en el texto de la resolución del último comité regional, a pesar de que se pidiera su inclusión. Jiménez no quiere elecciones inmediatas, pero el giro publicitado evidencia la decisión de dedicar la mitad à peu près que resta de legislatura a este juego, que no aportará nada a la resolución de los problemas de los ciudadanos, continuamente invocados.

Para salvar contradicciones, el discurso político de Jiménez traduce el lenguaje metafísico de los distintos ‘modos de ser’ (‘ser en acto’ y ‘ser en potencia’). Manifiesta su voluntad de ser “artífices del cambio de ciclo” sin que él ni su partido estén realmente en condiciones de afirmar ese liderazgo ni se lo reconozcan aquellos a quienes apela. La vía que pretende abrir depende del ‘ser en potencia’ de otros más que del suyo. En particular de Geroa Bai, a quien se supone gran capacidad de llegar a ser algo que todavía no es, por más que aún no se sepa bien qué es, fuera del PNV y del personalismo de Barkos. Para ser plausible, la vía Jiménez tendría que pasar por que el PSN obtuviese más votos que Geroa Bai y ésta más que Bildu, y eso es mucho adivinar. Con un PSN que prolongara su pérdida de votos y reducido a cuarta fuerza en Navarra difícilmente se puede ser artífice de algo.

Y si los números no dan, y el PSN se aferra al compromiso de Jiménez de no volver a apoyar a UPN, resulta ingenuo afrontar un hipotético gobierno como el apuntado –da igual que lo presida PSN o Geroa Bai– contando con el apoyo de Bildu para luego pretender ningunearlo pensando que no podrá alinearse con UPN contra el nuevo gobierno. ¿Es esa la garantía de un nuevo ciclo “sostenible, estable, que perdure en el tiempo y que realmente abra un horizonte distinto para nuestros ciudadanos”, como dice Jiménez? Y si apuesta por “las ideologías de verdad”, ¿qué coherencia ideológica cabe esperar del experimento?, ¿hasta donde llega el compromiso con el nacionalismo para la anunciada “reconstrucción de Navarra”? ¿Hay unanimidad respecto a todo esto en el PSN, como confusamente se ha dado a entender?

La vía metafísica de Jiménez es muy incierta. Pero aunque fuera cierta corre un evidente peligro. El PSN aspira a ser ‘sustancia’ de la política navarra y puede quedarse en puro ‘accidente’. El problema de Navarra no es la supervivencia de sus actuales políticos, ni siquiera la alternancia, que llegará, sino el cambio real, la regeneración política del sistema, trascendental donde los haya, que está por ver dónde y cómo precipita o quien sea su artífice.

Publicado en Diario de Navarra, 20 septiembre 2013

miércoles, 21 de agosto de 2013

Regeneración política


En España, el mes de agosto es el tiempo de vacaciones por excelencia, que nos permite entrar en un ritmo lento y que pone en evidencia las falacias del tiempo trepidante, el de la política en particular, de por sí acelerado, mucho más que los ritmos económico y social. Los medios de comunicación contribuyen poderosamente a esa sensación y realidad. El ritmo de la política puede llegar a ser frenético, por más que su capacidad de operar el cambio sea mucho más limitada de lo que suele suponerse. Se puede llegar a enloquecer viviendo en el mundo creado por el discurso de los políticos y sus altavoces mediáticos, mucho más si éstos aspiran incluso a dirigir a aquellos, y por ende a organizar nuestras vidas.

En la quietud de la montaña o el mar, inmersos en un tiempo casi inmóvil, se ajusta la verdadera escala de lo real. Poco importa realmente la suerte política de unos pocos, se llamen Blanco, Barcina o Rajoy, por mucha prisa que tengan o hayan tenido algunos en sentenciarlos. Las voces de quienes se afanan en multiplicar los escándalos políticos, con el simple objetivo de destruir o deshacerse del adversario, no penetran en las profundidades de los valles y se disipan fácilmente con la suave brisa marina. La política se hace mucho más inconsistente y efímera cuando el ritmo que se le confiere atiende únicamente a 1) intereses partidistas y de supervivencia del líder en el gobierno o la oposición, 2) pretende enmascarar los problemas realmente preocupantes, o 3) busca impedir la aplicación de las medidas que se precisan para solucionarlos.

De forma paradójica, el run-run de los políticos de guardia y las serpientes de verano de los medios (no es el caso del drama de Egipto), buscando incrementar las ventas entre la gente ociosa y mentalmente perezosa, ha de ser soportado fundamentalmente por quienes no tienen posibilidad de evadirse en vacaciones, los mas sacudidos por la crisis, y que en su desesperación son el pasto fácil para una mayor enervación social. En la distancia veraniega –bajo el embrujo de la majestuosidad de la montaña o la sensualidad del mar– la imagen de los políticos resulta, no ya poco atrayente, sino insoportable y esa pesadilla que provocan debe hacer reaccionar a todos.

Lejos de los políticos se hace más nítido su curioso empeño en alejarse de los ciudadanos, preocupados aquellos únicamente por responder al grito de la sangre que les calienta y enzarza entre ellos, y reduce el debate público a pomposas vociferaciones de embaucadores y traficantes que acaban tomando el aguante de la sociedad por disfraz de sus viejas codicias o nuevas ambiciones personales. Cuando el trabajo de los jueces, que tiene sus propias reglas, no responde a las expectativas creadas (como ha sucedido con las recientes resoluciones del Supremo), los parlamentos se preparan para novísimos juicios políticos (al margen de las reglas de una moción de censura). Prima el afán de cortar cabezas, a la vieja usanza jacobina, que tan escasamente ha beneficiado a la cultura democrática, en lugar de concentrar los esfuerzos en ir al fondo de los problemas.

Es urgente discutir y convenir los cambios necesarios que remuevan la base de los desmanes por todos cometidos. ¿Estamos realmente dispuestos a promover una nueva ley de partidos que limite su financiación a las subvenciones de un Estado en proceso de quiebra o a las aportaciones de sus militantes en manifiesta deserción? ¿Estamos convencidos de las bondades de las primarias o de las listas abiertas, mas allá de la demagogia de discursos y prácticas recientes instaladas en el ‘sí, pero no’? ¿Sabemos lo que queremos, o no lo queremos realmente? ¿A quién hay que desenmascarar primero en este baile de la confusión general? Porque todos portan máscaras.

Los cambios legislativos no transforman inmediatamente la realidad, son una palanca necesaria pero no suficiente. Tampoco tiene sentido, donde no existen mayorías, instrumentalizar el parlamento contra el gobierno aprobando leyes que no van a ninguna parte (y frustran, sin embargo, las esperanzas de los más perjudicados), tan sólo para enseñar una musculatura de espejo, que por mágico que se quiera, no hace sino más patética la imagen reflejada.

Es deseable a la vuelta de vacaciones un cambio de ritmo que propicie una verdadera regeneración política. Resulta ingenuo creer, como se sugiere, que ésta pueda consistir sólo o primariamente en un cambio de personas. Ha de implicar un cambio de discursos, de actitudes y de comportamientos, con hechos concretos y verificables. Ha de surgir desde dentro de la política, de los partidos y de los políticos. Ha de ser receptiva a las voces de fuera, sabiendo escuchar a la sociedad a la que se debe e interpretando con criterio las actuales y contrapuestas demandas sociales. Ha de ser receptiva a los ‘otros’, aprendiendo a compartir (también las responsabilidades). Y ha de afectar a todos.

Publicado en Diario de Navarra, 21 de agosto de 2013

viernes, 21 de junio de 2013

Judicialización de la política


En tiempos de crisis la fauna política se manifiesta en todo su esplendor, y es más fácil identificar a algunas especies que pasan más desapercibidas en otros entornos, como sucede con los narcisos, pusilánimes y roedores. Estos tipos particulares son señalados por otros o sobresalen por méritos propios cuando la crisis se torna sistémica y se entra en un proceso de judicialización de la política, en que el instinto de supervivencia de unos conduce a la criminalización de otros o pretende beneficiarse de ella, impidiéndose así un verdadero movimiento de regeneración democrática.

La veda judicial abierta contra banqueros y políticos ha despertado al bestiario español. Los narcisos se revuelven contra todo lo que pueda empañar su imagen autocomplaciente tan trabajosamente labrada para la historia. Es el caso del expresidente Aznar que para no quedar equiparado por la Gürtel al Felipe González de Filesa, arremete como distracción contra la política actual de Rajoy, a quien acusa públicamente de pusilánime, amenazando con volver, para regocijo del sector más roedor del PP, mientras Rajoy –con la aparente tranquilidad de que la investigación judicial le dejará incólume a él y a su gobierno– se dedica en la intimidad a muñir acuerdos más amplios y su gestión comienza a dar los primeros frutos contra la crisis.

Es necesario perseguir el delito, pero es discutible que los partidos acudan a los tribunales para dirimir litigios políticos. Asimismo, la ejemplaridad de las asociaciones ciudadanas debe medirse por la elevación del nivel de participación y de exigencia de civilidad en el espacio público, y no tanto por el número de veces que ejerzan como acusación particular. La judicialización de la política genera actitudes defensivas en las élites partidistas, a la postre perjudiciales para la transformación de los elementos perniciosos del sistema que generan rechazo en la ciudadanía.

El problema de la judicialización de la política no cuestiona la independencia de los magistrados –necesaria porque la justicia no es una ciencia exacta ni ningún juez o jueza tiene el don de la infabilidad–, sino los efectos perturbadores de la utilización de los procesos judiciales como baza política para conseguir lo que no se es capaz de alcanzar por las vías ordinarias de la política. Esa judicialización impide el cambio real y profundo de la política desde dentro porque asienta la idea de que sólo debe reformarse lo que resulte afectado judicialmente, sin tocar el resto, aunque pueda repugnar desde otros considerandos. Se confunden los parámetros de evaluación y control (judicial, social, político, moral) y se impide entonces la verdadera regeneración.

A efectos de escándalo social, y por tanto de lo política y moralmente reprobable, tanto monta, monta tanto en Navarra las triples dietas de la Permanente como de la JEF dentro de la CAN. En la política navarra –a derecha e izquierda, y entre las filas nacionalistas– no faltan pequeños complejos narcisistas ni grandes voluntades roedoras que coinciden en su pretensión de alterar los roles o los tiempos políticos. A la presidenta del gobierno se le podrá acusar de todo, como de hecho se hace, pero no de espíritu pusilánime. Existe una duda razonable de que las presiones y resistencias habidas y existentes dentro y fuera de su partido contra Barcina, esconden el deseo de que nada cambie. La contrapropuesta socialista respecto a la nueva Fundación CAN o la reacción ante el nuevo escándalo de las dietas del Ayuntamiento de Pamplona son sólo una pequeña muestra.

La regeneración de la política no puede confiarse a los tribunales ni tampoco realizarse al margen de los políticos, por comprensible que sea el hartazgo social que producen. El político tiene una peculiar capacidad de reinventarse a sí mismo. Más que una renovación de líderes, lo que se precisan hoy son líderes renovadores capaces de enfrentarse en primer lugar a los propios demonios internos de los partidos, de actualizar los discursos y de preparar una nueva generación de dirigentes. Algunos han dado muestras recientemente de querer hacerlo, y todos los demás partidos deberían impulsar ese cambio con independencia de las suertes judiciales.

La judicialización de la política –la expectativa de conseguir por ese medio un beneficio político inmediato– favorece la contraposición de simples liderazgos frente a la coherencia interna de las ideas o las prácticas, y estimula finalmente la política roedora: el aguijoneo gratuito, las intrigas, los agitadores de ánimo, las males artes, las traiciones vergonzosas. Es un obstáculo para impulsar reformas y llegar a construir acuerdos, que es lo que más se precisa en estos momentos. No es mala cosa que el caso de las dietas de la CAN vaya al Supremo y se aleje así un poco del ruedo político y mediático navarro. Demos a los tribunales de justicia lo que es de la justicia, y a la política lo que es de la política.

Publicado en Diario de Navarra, 21 de junio de 2013