domingo, 13 de marzo de 2016

El uso partidista de la investidura


La investidura es un acto eminentemente político orientado a la formación del Gobierno que sólo puede saldarse con el éxito o el fracaso. En ese sentido, es también un acto performativo, aunque por lo presenciado hasta ahora, se ha prescindido del resultado, que no de la teatralidad, para más allá de su finalidad hacer un uso partidista de la investidura. Así ha sucedido con el fiasco de Pedro Sánchez y no parece que vayan a cambiar las cosas en los próximos dos meses. Para agotamiento de los electores, sufridos destinatarios de un conflicto de relatos sobre el responsable último de semejante desatino.

La primera cuestión que habría que aclarar, es el papel que algunos atribuyen al Rey, paradójicamente los defensores de la nueva política, o quienes buscan subirse a su carro. El Rey no nombra al jefe de Gobierno, como sucedía en el viejo turnismo de la Restauración, ni siquiera lo propone, por lo que algunos argumentos sobre el ‘no’ de determinados políticos al Rey, léase Rajoy como si de un nuevo ‘no de Maura’ se tratara, están fuera de lugar. Por lo mismo, el Rey tampoco ha mostrado particular inclinación por Sánchez, ni éste puede invocar su atrevimiento de someterse a la investidura como justificación para bloquear en adelante cualquier otra alternativa.


El Rey ya ha manifestado que no propondrá nuevo candidato, hasta que no tenga conocimiento de un acuerdo entre partidos que reúna garantías. Las posibilidades reales son las mismas del primer día. Empeñarse en ampliar el acuerdo fracasado PSOE-C’s a Podemos o al PP, da lo mismo, pero con Sánchez como presidente sí o sí, como si ese fuera el mandato de las urnas o del Rey, sería prolongar el uso partidista de la investidura no se sabe bien con qué provecho final, ni siquiera para el actual líder socialista.

Se puede entender o defender que Sánchez renuncie al pacto de izquierdas –al que miró primero– para asentar una imagen de centralidad desde el centroizquierda (donde se asegura el poder) como seña de identidad del PSOE. Pero esa estrategia, a la vista de los números, es incompatible con la exclusión obsesiva del PP. Que la vieja política ‘anti-PP’, ‘echar al enemigo’, desalojar a Rajoy, sea el gran argumento con que el PSOE de Sánchez pretenda recabar gratis el apoyo a su izquierda, resulta a estas alturas enormemente simplista y decepcionante. Que C’s, por su parte, continuase reclamando la abstención del PP en una renovada apuesta por Sánchez como director de orquesta de la política española, en lugar de trabajar realmente por la gran coalición desde el respeto a la lista más votada, como se propuso inicialmente, sólo tendría sentido en clave de nuevos comicios.

Unas nuevas elecciones son inciertas para todos, pero una reafirmación del ‘acuerdo histórico’ PSOE-Ciudadanos revelaría una clara apuesta electoral. Arriesgada, sin duda. La voluntad de ambos partidos de situarse en el nuevo centro político, un doble centro que acabaría relegando a Rivera al centroderecha, contrariamente a la voluntad de Adolfo Suárez, a quien invoca, que nunca renunció al centroizquierda, entendido como reformismo progresista, que ahora reclama Sánchez. No se trata de presentarse juntos a las elecciones –como pretende descalificar Rajoy– sino de confiar en que el PP no resista al nuevo envite electoral –asediado por la corrupción– y acabe explosionando, como sucediera con UCD, contingencia que les beneficiaría a ambos. 

Esa esperanza –por inverosímil que pueda parecer– es lo que realmente les une, mucho más que las 200 reformas para España. Explotar en beneficio propio la imagen de coraje y responsabilidad política en favor de los intereses generales, que se ha querido trasladar en el fallido proceso de investidura, proyectando sobre PP y Podemos la actitud cicatera del bloqueo persistente por simples ambiciones personales. Hacerse con una parte sustancial del electorado del PP y evitar el sorpasso de Podemos. Si al final la suma de PSOE y C’s roza o alcanza la mayoría absoluta, y pueden gobernar en coalición, el uso partidista de la investidura habrá resultado un éxito. 

En eso parece consistir la Segunda Transición, en un nuevo escenario de cuatro partidos, donde PP y Podemos acaben representando a la vieja AP y al PCE, C’s a la UCD y el PSOE, en riesgo de desaparición, siga siendo el PSOE. ¿Para acabar reeditando el bipartidismo, esta vez con alternancia pacífica en el poder? La frivolidad adolescente con que los políticos más jóvenes han aludido a la Transición en el debate de investidura es la nota menor del espectáculo ofrecido. Únicamente las encuestas de opinión durante las próximas semanas podrán evitar unas nuevas elecciones. Sólo si las tendencias de los sondeos se revelan contrarias a los intereses partidistas o de determinados líderes, asistiremos a movimientos inmediatos conducentes a una investidura exitosa. En nombre del bien común y de España, por supuesto.

Publicado en Diario de Navarra, 13 de marzo de 2016

martes, 1 de marzo de 2016

Juegos de investidura


viernes, 15 de enero de 2016

Política y confusión


La política española se ha vuelto interesante, confusa y perturbadora. Para bien o para mal se han despejado algunas incógnitas, pero es difícil ver con claridad y hay cosas que causan perplejidad. En Cataluña el independentismo, que dice servir a un mandato popular, ha llegado in extremis a un acuerdo de gobierno para evitar unas nuevas elecciones, que temían más que al Tribunal Constitucional. Artur Mas ha dado un paso atrás, no para salvar el proceso sino a su partido –expresión como ninguno de la vieja política– de la ruina total. Contra la corrupción, más nacionalismo, y aprovechando la confusión los ladrones corren a ponerse a salvo. Si cuesta entender el apoyo final de la CUP al sucesor de Mas (el mismo alcalde de Girona a quien ellos denunciaron en los tribunales), tampoco es una garantía de nueva política el apoyo generalizado al ‘derecho a decidir’ que abandera Podemos, buscando reforzarse con fuerzas nacionalistas como ya hiciera el PSOE en tiempos de Zapatero.

Mientras PP, Ciudadanos y PSC están juntos por primera vez en Cataluña, ¿por qué se antoja imposible que puedan afrontar juntos desde el Gobierno de España el reto secesionista y otros desafíos que comprometen al país? Vivimos en tiempos confusos y rodeados de políticos confundidos, por lo que el espejismo de las negociaciones mantenidas para la constitución del Congreso, no debe hacer pensar que estemos ya en la antesala de un acuerdo para el Ejecutivo. Las aritméticas del 20-D complican el asunto, pero la dificultad no está en que haya muchas personas o cosas para discutir, sino en que se confundan una vez más las verdaderas motivaciones e intereses de los actores. El PP se aferra para gobernar a que ha sido la lista más votada, pero no es un argumento suficiente cuando el sistema electoral no prima esa circunstancia. Lo paradójico es que, aun así, y habida cuenta de la incapacidad manifestada hasta ahora por los populares para el diálogo, podrían continuar liderando el gobierno.

Podemos ha apretado desde la misma noche electoral al PSOE, estableciendo exigencias que exceden las posibilidades prácticas (no ya teóricas) de los socialistas, contando como tiene el PP la fuerza suficiente (más de 117 diputados y control del Senado) para bloquear cualquier reforma constitucional, e Iglesias lo sabe. Su objetivo inmediato no es ser segundón en un gobierno con los socialistas sino dar caza al PSOE y convertirse al menos en la primera fuerza de la oposición. La pataleta de Podemos al ver frustrada su inverosímil pretensión de formar cuatro grupos parlamentarios, haciendo responsable al PSOE de una previsible falta de entendimiento para forjar un gobierno alternativo al PP, es simple actuación. Podemos sabe hacer buenas campañas y remontadas, pero eso no es nuevo en la política española, y pese a su cacareada ‘segunda transición’, persisten las dudas de que ese tránsito, con ellos, vaya a ser de la democracia a la democracia, colmando el sentido deseo de regeneración política que albergan los ciudadanos.

El PSOE no tiene una fácil salida desde la posición en que ha quedado tras el 20-D. No se pueden obviar las razones del surgimiento de los nuevos partidos, pero no es lo mismo caer desde el cielo, como le ha sucedido al PP, pues lo esperable es un efecto rebote, que hundirse desde su suelo, lo que es sinónimo de entierro. Esta es la lectura que han hecho los barones del PSOE de los resultados, dando a Pedro Sánchez por amortizado. Éste se afana por erigirse en la palanca del cambio, colocándose en el centro entre la nueva derecha de Rivera y la nueva izquierda de Iglesias, obnubilado Sánchez por ningunear al PP, y está dispuesto a morir en el intento, aunque no consiga confundir a nadie. Robándole el discurso a C’s, que ha venido esforzándose con mayor o menor éxito por resucitar el centro reformista y progresista del CDS de Adolfo Suárez, únicamente conseguirá dar la puntilla al PSOE, lo mismo que si se entregara ingenuamente a Podemos. 

Por otra parte, una gran coalición PP-PSOE se tomaría como blindaje del bipartidismo y del estado actual de cosas. Y hay mucho que cambiar. Un entendimiento PP-Ciudadanos-PSOE, sin necesidad de entrar en el gobierno, haría del PSOE la izquierda responsable con iniciativa que condiciona necesariamente las grandes reformas de la España del siglo XXI, corrigiendo el punto de mira del PP y dejando a Podemos en el papel de populismo radical, sin capacidad de erigirse en alternativa real de gobierno. Unas nuevas elecciones inmediatas no beneficiarían más que al PP y a Podemos, y no ayudarían en consecuencia a acometer con realismo y decisión los verdaderos problemas e intereses colectivos, una tarea que requiere el concierto y sentido de la moderación que han regido los mejores momentos de nuestra historia, frente a los períodos de desorden y confusión.

Publicado en Diario de Navarra, 15 de enero de 2016

martes, 10 de noviembre de 2015

Día 111: ¿cambio o futuro pasado?


Lo bueno de cruzar la frontera de los 100 días que se conceden a todo gobierno para que presente resultados y se someta a las críticas, es que enseguida se llega al 111, un número cargado de simbolismo y esperanza. El 111 se considera un multiplicador del flujo de energía, el umbral de las oportunidades, el número de los ángeles, asociado al optimismo, la motivación, los nuevos comienzos. Este ha sido el mensaje del Gobierno Barkos, presentándose como el artífice de un nuevo despertar de Navarra, de una nueva sensibilidad y hacer políticos. Pero, volviendo a la experiencia de los 100 días, la pregunta es: ¿responden éstos a un auténtico cambio o a simple ‘futuro pasado’? Esta segunda categoría, acuñada por el historiador y sociólogo alemán Koselleck, ilustra muy bien el tipo de discursos y prácticas donde el horizonte de expectativa, lejos de desplegarse en un haz de iniciativas, no sobrepasa los límites del propio espacio de experiencia.

El primer reflejo del nuevo gobierno ha sido pisar el freno, antes que el acelerador. Detener, paralizar, congelar, lo que es más propio de un gobierno conservador que de uno que se quiere progresista. El parón del tren de alta de velocidad, del canal de Navarra, del aprendizaje del inglés: esas medidas inmediatas vuelven a identificar nacionalismo con reacción a la modernización, como sucediera con Sabino Arana, lo cual debería preocupar al primer gobierno nacionalista de Navarra, a no ser que realmente aspire a un futuro pasado. El cambio parece haberse agotado en el hecho mismo del cambio, creándose después una extraña sensación de vacío. Como si una vez desalojado a UPN del poder, no se supiese qué hacer, o no se pudieran conciliar ideas contrarias que tienden a anularse entre sí, y hubiese que ganar tiempo a base de estudios estratégicos y revisiones del pasado.

Lo difícil no es imponerse en unas elecciones, ni muñir alianzas cuando no se han ganado realmente. Lo complicado es gobernar. No tiene sentido continuar haciendo oposición a la actual oposición desde el ejecutivo. Insistir en lo mal que lo ha hecho UPN no otorga credibilidad al gobierno cuatripartito. A los regionalistas se les puede acusar de rancios, si se quiere, en lo político y en lo cultural, pero en lo social y en lo económico su gestión ha sido modernizadora, como viene a reconocerse de hecho cuando el actual gobierno, deseoso de sumar, se apropia el mérito de acciones dejadas preparadas por el anterior, como la ampliación de la dependencia. Eso también es futuro pasado. El problema es que el cambio no consiste en lo que el gobierno se ha prodigado, palabras y palabras, pura semántica aplicada a la política, construida sobre significantes vacíos y referentes erróneos, como ha traducido su discurso sobre las víctimas, que carente de verdadera sensibilidad, lejos de dirigirse a todos los navarros, se orienta al propio espacio nacionalista, con la satisfacción de quien habla escuchándose a sí mismo.

Desde antes ya de ser proclamada presidenta, Barkos insiste en la distinción entre gobierno y parlamento. No es un recordatorio de la separación de poderes, sino una forma ingenua de querer preservar a sus consejeros de las tensiones del cuatripartito y de situarse ella particularmente por encima del bien y del mal, como un espíritu puro. Como si nada tuviera que ver con las iniciativas promovidas por los partidos que la sustentan, sea la ley de símbolos o el debate sobre el derecho a decidir, dentro o fuera de la Transitoria Cuarta. Futuro pasado de estricta significación nacionalista en lo cultural y lo político, y que sólo provoca desunión, como se verifica en Cataluña. ¿Tiene sentido una comunidad o país con dos banderas? O planteamos sustituir una por otra, o creamos una nueva combinando las dos. ¿Por qué no se propone directamente ese cambio? La transparencia en las ideas no es menos deseable que la que afecta a la declaración de bienes, donde el cambio parece haber ido también hacia atrás.

Pasados los 100 días el único proyecto efectivo del cuatripartito es que el propio cambio se consolide ante la opinión. El anuncio de una candidatura conjunta al Senado como respuesta al pacto UPN-PP así lo demuestra, aunque ello atraiga sobre Geroa Bai y la presidenta la imagen de una radicalización a la catalana, que se vuelve contra la pretendida centralidad y moderación iniciales. La confianza de imponerse en cualquiera de sus posibles formas el próximo 20-D, a modo de una segunda vuelta de las pasadas elecciones forales, es lo que anima a unos y otros en el día 111. Un número angélico que contiene una señal: que las propias ideas y pensamientos se están convirtiendo en realidad. El cuatripartito y la presidenta Barkos saben que si en las generales se afianza la imagen de cambio, el conformismo –con todo lo que tiene de control social– acabará instalándose rápidamente en Navarra.

Publicado en Diario de Navarra, 10 de noviembre de 2015

domingo, 25 de octubre de 2015

Política de gallos y perro viejo



La legislatura ha llegado a su fin, y el cuadro que cabe contemplar después de estos cuatros años se antoja –si no surrealista– difícil de catalogar y, en cualquier caso, mucho más sombrío de lo que cabía esperar a su inicio. Como viento impetuoso, la crisis se llevó por delante a un gobierno del PSOE, pero la segunda experiencia de mayoría absoluta del PP, conducida bajo la bandera de la recuperación, lejos de suponer una nueva Pentecostés, está a punto de trastocar todo el sistema político. Sin duda la actitud despiadada del nacionalismo catalán, buscando aprovechar la supuesta debilidad de España en esta coyuntura complicada, ha contribuido decisivamente al punto de llegada. Lo que llama la atención, es que pese a todos los cantos elevados a la nueva política, el debate actual y la campaña que nos espera, no responda más que a una política de gallos y perro viejo, como si lo que se estuviera dirimiendo es el futuro particular de unos pocos y no el de la comunidad o nación, o lo que quede de ella. Poco realmente, si no somos capaces de centrarnos en el proyecto de convivencia, que no cabe reducir al modelo de Estado.

Los partidos emergentes, o sus estrellas políticas, se han puesto gallitos, más de la cuenta, quizá porque en su fuero interno temen desfallecer en la recta final o perder la cresta de la ola. Alábate pollo que mañana serás gallo, dice el refranero. Las actitudes altivas acaban pasando factura, así parece estar sucediendo con Podemos. Su líder Pablo Iglesias descarta para las generales candidaturas de unidad popular o concertadas con otras siglas, exitosas en las pasadas elecciones municipales, creyéndose llamado a dominar en el gallinero de la izquierda y tratando con condescendencia a quienes no consigue atraer, véase al joven Garzón de IU. Los picotazos sufridos en la primera pelea de gallos librada con Albert Rivera en la mesa de un café le habrán hecho reflexionar. Por su parte, el líder de Ciudadanos, quien en su afán incontrolado de proponer nuevas reformas anuncia hasta las que ha puesto en marcha el PP, está eufórico después del 27-S. Ya no pretende controlar el muladar del PP, condicionando un posible pacto con la derecha al desahucio de Rajoy, sino que presume de querer gobernar en minoría en solitario…, como un nuevo Suárez. Todo un atrevimiento.

Pedro Sánchez no anda a la zaga en esta política de gallos. La foto de seis metros en la fachada de Ferraz es lo nunca visto, y difícil de contemplar sin producir tortícolis dada la estrechez de la calle. Las críticas internas fortalecen su afán de afirmarse como líder del PSOE y se muestra dispuesto a subordinar a ello todo lo demás, disimulando la pérdida de votos con cualquier tipo de alianza que le permita tocar poder. Así, después de las elecciones de mayo tonteó con Podemos, haciendo gala de una memoria de gallo, es decir escasa, aunque ahora le gusta más Ciudadanos. Lo de Irene Lozano, ex de UPyD, es puro capricho. Cualquier trato menos con el PP, aunque quizá sea lo único que posibilite la aritmética. Pero nada comparable a Artur Mas, obsesionado por convertirse vivo o muerto en el nuevo símbolo de Cataluña, emulando al gallo galo. En Navarra, donde tanto sabemos de política y pelea de gallos, lo último de Esparza dejando en el aire el pacto de UPN con el PP, es nadería, aunque si al final los navarristas sólo obtienen un escaño será un fracaso histórico.

¿En qué queda realmente tanta insistencia en el nuevo modo de hacer política? ¿En la misma conquista del cielo del poder, en la preocupación por la marca de los partidos, por la imagen del líder, por el color y esplendor de sus crestas? Entre tanto gallo, Rajoy se presenta como un perro viejo, pretendiendo hacer valer su experiencia. Pero su excesiva cautela causa igualmente decepción. Se ha manifestado lento de reflejos en toda la legislatura, centrado en un único hueso, convencido de que la recuperación económica era la variable independiente que acabaría arreglando por sí misma todo lo demás. Pese a los esfuerzos semanales de la vicepresidenta por transmitir –en un lenguaje jurídico-administrativo de por sí poco comprensible– la obra reformadora emprendida, la imagen de inmovilismo se ha cernido sobre el PP. Con todo, resultan sorprendentes las últimas manifestaciones hipercríticas de Aznar hacia quien él nombró su sucesor, como si todo aquello que más daño ha hecho a los populares, no tuviera nada que ver con su persona. Con rabia, el perro muerde a su dueño, lo que resulta surrealista es que éste la emprenda a dentelladas con el animal. Queda aún por ver si Rajoy, como el perro de buena raza, hasta la muerte caza.

Publicado en Diario de Navarra, 25 de octubre de 2015

martes, 1 de septiembre de 2015

Hermenéutica de una decisión

La hermenéutica es el arte de interpretar textos difíciles. Textos, discursos o actos, porque hay ‘actos de habla’, en el sentido del filósofo Austin, esto es, enunciados que constituyen ya un tipo de acción –una promesa, una aceptación o una dimisión, por ejemplo–, y que requieren si cabe un esfuerzo mayor de lectura, contextualización, comprensión y explicación, precisamente por las consecuencias directas e inmediatas que esa simple enunciación acarrea. Es lo que sucede con la reciente dimisión de Barcina como presidenta de UPN, que parece haber sorprendido a todos, y a pocos convencido. Una decisión objeto ya de encontradas interpretaciones, al margen de las estrictas palabras que acompañaron su anuncio. Al hermeneuta se le permite la lectura entre líneas o la búsqueda de estructuras subyacentes de sentido, siempre que respete el estado y las propias reglas del arte.

A nadie se le escapa que la situación de UPN es preocupante en la actual encrucijada de Navarra. El problema no es que UPN, después de una larga permanencia en el poder, haya perdido el Gobierno foral y pasado a la oposición, sino que ignore el motivo y los errores cometidos, pues entonces no sabrá cómo afrontar su nueva realidad. Lo que verdaderamente inquieta a sus militantes y a todos los ciudadanos navarros, es que después de las elecciones forales todo ha continuado exactamente igual en el partido regionalista, como si sorpresivamente nada hubiera sucedido. La derrota no ha hecho sino avivar las luchas de poder internas, que seguramente han sido la principal causa de la misma. Pretender hacer recaer sobre Barcina la responsabilidad de todos los males pasados manifiesta una enorme ceguera, además de mezquindad. Tal vez la única que al final ha comenzado a ver claro, haya sido ella, y por eso ha dimitido.

Una dimisión en política no se produce todos los días y, cuando llega, hay que valorarla. Memorable fue la de Adolfo Suárez, anteponiendo los intereses generales –España, la Corona, su propio partido– a los personales. No consiguió lo que pretendía, hacer reaccionar a su partido, la UCD, pero el gesto –visto en aquel momento como el reconocimiento de un fracaso– ha sido reconocido después. La ex presidenta navarra ya estaba políticamente desahuciada (fuera de las listas, del parlamento y del gobierno) y había anunciado su retirada con anterioridad a la dimisión. Si hubiera querido favorecer simplemente a los ‘suyos’ habría permanecido al frente del partido cuanto más tiempo mejor. Se ha pretendido justificar la polémica del verano sobre el congreso extraordinario con los argumentos de la renovación y la regeneración, cuando lo que realmente preocupa a unos y otros ante la inmediatez de unas elecciones generales (como sucediera meses atrás con las forales), es asegurar su puesto en la listas. Las reacciones inmediatas a la decisión de Barcina son bastantes elocuentes al respecto.

La dimisión de Barcina viene a romper esa dinámica perversa y suicida. Cuando los intereses personales o de facción prevalecen sobre los generales, las organizaciones se debilitan o corrompen y acaban desapareciendo. Ejemplos elocuentes existen en nuestra historia reciente. El próximo Congreso de UPN no puede ser uno más, y menos la revancha del anterior. Está claro que los regionalistas necesitan tiempo para hablar, para interiorizar los mensajes de la ciudadanía, y aun para discrepar entre ellos en la cordialidad, si quieren realmente rehacer el partido de abajo a arriba. Un congreso de ese calado, y abierto a la sociedad, no se improvisa. Comenzar por unas primarias no es mala solución. ¿Qué problema hay? ¿No es eso lo que se pedía hace unos meses para elegir al candidato? La fórmula de la Asamblea inducida por la decisión de Barcina es exactamente eso: unas auténticas primarias –un afiliado, un voto– para elegir al nuevo líder del partido, sin otro decorado que las distraiga, donde cualquiera que quiera presentarse pueda hacerlo, sin avales ni trabas de ningún tipo, presentando a la militancia su proyecto.

En esta coyuntura crucial, la fórmula facilita además que los debates del Congreso extraordinario, cuando se celebre, queden centrados realmente en las ideas. ¿Por qué ha de resultar provisional el nuevo líder? Que en el Congreso deba renovarse la dirección del partido no implica necesariamente que hayan de concurrir dos bloques enfrentados, menos si se ha trabajado previamente para recomponer la unidad. Si el nuevo líder elegido por la Asamblea, conocido o no hasta ahora, trabaja con cabeza y buena voluntad, sabiendo responder a las expectativas de los afiliados y a las demandas ciudadanas, ¿por qué habría de cambiársele en un futuro inmediato? La verdad del método se mide por los resultados. La decisión última de Barcina no soluciona nada en sí misma, pero permite abrir la puerta de una verdadera renovación en UPN. El no hacerlo ya no es responsabilidad de ella.

Publicado en Diario de Navarra, 1 de septiembre de 2015

domingo, 19 de julio de 2015

Nuevo gobierno, ¿vieja oposición?


¿Cambio de gobierno o gobierno del cambio? Las dos cosas, aunque sea bueno proceder con orden. Lo primero ya es inmediato. El síntoma más evidente es que el saliente se apresura, y está en su derecho, a subrayar los indicadores (macroeconómicos) positivos de la herencia que deja. Veremos la lectura que hace de la misma el entrante. Por encima de los eslóganes más o menos originales u oportunistas, el cambio, en cualquier, caso se hará notar y tiempo habrá para valorarlo. Pero un cambio de gobierno como al que asistimos, es ya suficiente novedad en Navarra. Es ciertamente un hecho histórico, con independencia de cómo se haya producido o de la ilusión o incomodidad que produzca.

El cansancio posterior a los Sanfermines seguramente ha obrado en los negociadores. A primera vista los deseos de Barkos Presidenta parecen haberse cumplido. Un gobierno que no obedezca a cuotas, sin presencia de quienes tengan responsabilidades orgánicas en los partidos ni parlamentarios, y con un perfil más profesional o técnico que político. El resultado es un gabinete a su medida, el mejor de los posibles desde esa perspectiva. Hay detalles, no obstante, que no pueden obviarse. No es habitual que un gobierno se anuncie antes de la investidura del presidente. Las últimas conversaciones, el cruce de propuestas, los vetos, acuerdos y renuncias personales entre los cuatro partidos que van a apoyar al nuevo gobierno, han resultado más incisivas y decisivas que el largo pliego programático suscrito con anterioridad. No estamos ante un gobierno que vaya a nombrar libremente Uxue Barkos, ni tampoco puede decirse que se le haya impuesto contra su voluntad. Buscando evitar los errores de la legislatura pasada, se evita hasta la denominación de gobierno de coalición, pero ello no quiere decir que hayan desaparecido los lobbies políticos, y va a ser complicado prescindir de la idea de contentarlos a todos.

Forcejeo sin duda ha habido con Bildu, que está presente en el gobierno anunciado, y en un puesto relevante y cargado de simbólica, aunque no obtenga la vicepresidencia que buscaba, ni figure en él finalmente la ‘vieja guardia’ representada por Araiz. Geroa Bai, como era de esperar, se convierte en la médula del gabinete. Se ha presentado a los dos vicepresidentes como pesos pesados del mismo. Depende como se mire, pues el hecho posiblemente obedezca también a razones más simbólicas que políticas o de eficiencia organizativa. Dos vicepresidencias mejor que una, incluso como argumento para apartar a Bildu de ellas. Las responsabilidades asociadas a las mismas –políticas económica y social– son la manera más práctica de alejar el fantasma del nacionalismo vasco, queriendo transmitir que son otras las prioridades del próximo gobierno, y que es posible otra política en los ámbitos donde se ha cebado la crisis con los ciudadanos.

El peso político que tiene el todavía presidente del PNV en Navarra, no se corresponde con el del nuevo vicepresidente responsable de asuntos sociales: un teórico, buen conocedor de la materia, pero sin experiencia alguna hasta el momento en gestión pública, que llega al cargo con las mejores intenciones, a propuesta de I-E. Mucho mayor peso objetivo manifiesta el nuevo consejero de Educación, bien conocido en medios culturales y editoriales vasquistas, y con contrastadas habilidades comunicativas. Tendremos que esperar para comprobar el destino de la subida de impuestos que pondrá en marcha la vicepresidencia económica, y que de entrada poco entusiasmo puede producir en Navarra, cuando se ha anunciado igualmente la bajada inmediata de los mismos en el resto de España. Está por ver si ese aumento de recursos, con el viento a favor de la recuperación en marcha, tendrá como finalidad preferente la reducción de la brecha social, o irá más directamente a la financiación de la extensión por decreto del euskera en la educación navarra.

Es saludable, en todo caso, la incorporación a la política de profesionales provenientes de la sociedad civil, no sólo de la universidad, aunque sólo sea por la renovación del bestiario político que ello acarrea. A todo gobierno hay que concederle cien días. Y éste los necesita para que puedan engrasarse las piezas, funcionen los goznes y prevalezca el aceite del sentido común en la nueva etapa que se abre, llena de incertidumbre política. El pragmatismo, la búsqueda de la centralidad, la voluntad de gobernar para todos no se sostienen únicamente con el discurso. La oposición tiene también nuevas responsabilidades que afrontar. Que el portavoz perpetuo de UPN haya respondido al anuncio del nuevo gabinete, descalificándolo como el ‘gobierno de la venganza y el rencor’ no es el mejor signo de que la formación regionalista haya entendido la nueva tarea que tiene por delante, y la urgencia de acometerla con acierto. Reproducir los modos y actitudes de la anterior oposición, supondría un nuevo resbalón del partido regionalista. A nuevo gobierno, nueva oposición.

Publicado en Diario de Navarra, 19 de julio de 2015