viernes, 26 de junio de 2015

Movimientos para un gobierno


Los ciudadanos votaron, la ley electoral hizo su trabajo y los resultados son los que son. La hermenéutica y la cocina corresponden a los políticos, que tienen que determinar y negociar el mejor de los gobiernos entre los posibles. Entre los posibles en la práctica a día de hoy. Habría fórmulas novedosas sugeridas por la simple lógica aritmética (UPN+GB+PSN) que, sin embargo, son inviables por la misma disposición de los partidos y de la concepción que han alimentado de la cultura política navarra. Pero afortunadamente la cultura política es un hecho social que evoluciona y se transforma con la propia sociedad; y a todos corresponde la responsabilidad de no reducirla a la lógica partidista o a parámetros puramente ideológicos que pudieran consagrar un escenario de permanente conflicto o enfrentamiento entre culturas o subculturas políticas que acaben vaciando de sentido el referente comunitario y la propia especificidad navarra.

Llamó la atención que Geroa Bai se adelantase y no dejase a la fuerza más votada la iniciativa de contactar con las demás fuerzas para intentar formar gobierno. Aunque esas conversaciones hubiesen durado media mañana, el ritual democrático debe cumplirse ceremoniosamente. Los ciudadanos no han votado un gobierno cuatripartito (no se presentaron en coalición), ni el gobierno puede fundarse sobre un programa basado en la teoría de conjuntos que, a base de uniones e intersecciones, deje desatendidos o diluya los verdaderos problemas y necesidades actuales. Las llamadas fuerzas del cambio lo saben. Es más fácil ponerse de acuerdo para desalojar a la derecha regionalista del poder (máxime cuando ésta ha hecho suficientes méritos para ello), que conseguir conciliar planteamientos políticos, económicos y sociales contrapuestos, como son los que figuran en sus respectivos programas.

GB arriesgó mucho en una campaña donde lo que podía parecer un excesivo personalismo se postulaba como voluntad de liderazgo del cambio. Ha conseguido ser la segunda fuerza, pero está por ver si será capaz de hacer valer sus planteamientos. Bildu anunció la misma noche electoral quién sería el próximo alcalde de Pamplona, y su poder con el apoyo de GB se ha extendido por los principales municipios navarros. Un movimiento y un argumento que puede utilizarse para que Bildu no esté en el gobierno foral. Algo parecido ha sucedido con la recién llegada Podemos, elevada a la presidencia del Parlamento, y dispuesta a abrir sus puertas para dar voz a los movimientos sociales, lo que está muy bien, aunque más acorde con la nueva política sería que todos los parlamentarios se propusieran salir de su comodidad y patear la calle para pulsar, no sólo a sus bases o a sus militantes, sino para reconocer desde dentro los medios de los que puedan sentirse política, social y culturalmente más alejados, si realmente se quiere profundizar en la pluralidad y en la voluntad de entendimiento.

Para Bildu el poder municipal, para Podemos el Parlamento y para GB libertad para conformar y ejercer el Gobierno. Cuatro partidos son multitud. Este parece ser el próximo movimiento, y cuanto más rápido mejor, una vez se hayan convenido unas mínimas bases de gobierno. Distinto es que se permita hacerlo, pues Bildu no ha dejado de manifestar su voluntad de entrar en el gobierno y GB dispone únicamente de 9 escaños. GB tiene prisa, pero es importante lo que termine sosteniendo el papel del acuerdo, por más que el principio de realidad acabe enfrentándose luego al pensamiento mágico, pues no por el hecho de enunciar las cosas éstas se cumplen sin más. El texto pactado previamente a la constitución del Parlamento ya da en todo caso algunas pistas, por lo que dice y por lo que se cae. Por ejemplo, la exigencia de inmediata disolución a ETA, que figuraba en el programa de GB, ya no está. Primera concesión a Bildu.

Sí se alude a la condena de todas las violencias, aunque se queda corto. Si nos remontamos al golpe militar del 36, por qué no reprobar también las guerras carlistas o la violencia de la conquista de Navarra. No se puede relativizar el terrorismo de ETA durante la democracia, diluyéndolo en un mar de violencia, como si fuera un simple episodio en una larga historia que implica a todos por igual. Una cosa es no criminalizar al conjunto del nacionalismo a costa de ETA, y otra pretender inmunizarlo de esa historia de terror, por mucho empeño que ponga la izquierda abertzale en ese sentido. Semejante argumento no hace ningún favor a GB. El reciente pronunciamiento del Lehendakari vasco sobre las víctimas de ETA resulta elocuente. GB necesita a Bildu para la investidura de Barkos, pero no mucho más allá. El cisma dentro del nacionalismo acabará marcando el compás de la legislatura. Aunque siempre cabrá un segundo tempo, buscando GB la armonía con el PSN, si es que Podemos no da la nota.

Publicado en Diario de Navarra, 26 de junio de 2015

martes, 26 de mayo de 2015

El día después


La referencia al día después siempre evoca desastres o cataclismos en el imaginario colectivo, pero es necesaria tras unas elecciones, con independencia de la magnitud de la sacudida, para sentar los ánimos y evaluar la situación. Estas elecciones eran las de los partidos emergentes, impulsados por el voto joven, que si no han destrozado la fortaleza de los partidos tradicionales, han abierto un nuevo ciclo político que exige sin duda reflexión. La oportunidad de un cambio político en comunidades autónomas y ayuntamientos, que pueda incluso desbancar a la fuerza más votada, es una realidad que habrá de verificarse en las próximas semanas, no sin consecuencias para las inmediatas expectativas electorales.

Navarra no es una excepción. La entrada en la atmósfera foral de los partidos emergentes ha mostrado ciertamente trayectorias diferentes respecto a otros lugares, sobre todo en lo que se refiere a Ciudadanos, que no ha logrado representación, pese a las previsiones de las encuestas locales. El hartazgo y el deseo de cambio no siempre es ciego y sordo, pensando que nada de lo que venga puede ser peor al presente conocido. Un aviso para navegantes de la nueva política. Pretender además erigirse en la ‘tercera vía’ de la Navarra del siglo XXI con un discurso antifuerista de corte decimonónico supone una ingenuidad mayúscula. Quien se ha beneficiado finalmente de esa salida en falso ha sido el PSN que pese a su nuevo retroceso, ha conseguido amortiguar una caída mayor. Verse desplazado de segunda a quinta fuerza, con todo, es un trago difícil de pasar. El pensamiento mágico, esa voluntad permanente de confundir los deseos con la realidad, también tiene sus costes en política.

Lo de UPN ha sido peor e igualmente una crónica anunciada. Han desafiado al destino, persistiendo endiosados en el error, sin voluntad interna de reacción ni capacidad de decisión –algo que no debe confundirse con el bloqueo último a que fue sometido el gobierno por parte del parlamento–, y se han convertido en el día D en auténticos antihéroes. El cielo no ha caído sobre sus cabezas, pero sí el suelo se ha abierto bajo sus pies. El día después no se sabe aún si han entendido el mensaje. Es importante que UPN no se equivoque en el imprescindible proceso, no ya de regeneración, sino de reconstrucción que ha de acometer, si aspira a continuar siendo el partido mayoritario de Navarra. Por otra parte, es evidente que el cambio es norma de higiene democrática, pero no a cualquier precio, ni hacia ninguna parte. El imperativo del cambio no consiste en cambiar el gobierno sin más, por ganas que se tengan de llegar a él, sino en cambiar realmente las cosas: los discursos, las actitudes, las prácticas, atendiendo con criterio y realismo a los problemas y preocupaciones reales de los conciudadanos. En ese sentido, la campaña ha sido decepcionante. 

No asusta el cambio, aunque preocupe. Resulta inquietante, por ejemplo, la virulencia y hasta agresividad verbal manifestada durante la campaña y la propia noche electoral por diversos representantes de las llamadas fuerzas del cambio. El frentismo nunca es cosa de uno. Sustituir la dialéctica anti-nacionalista del navarrismo tradicional por la anti-UPN actual no incorpora ningún cambio sustancial. Y es incompatible con la afirmación de la Navarra una y plural, que dice defender Geroa Bai. Fuerza que encarnada por fin, tiene todo que demostrar. No resulta fácilmente inteligible con qué coherencia una formación que en origen representa a la derecha nacionalista vasca se erige en vanguardia de una nueva Navarra progresista, cuando lo que le distingue básicamente de UPN desde el punto de vista ideológico es, guste o no decirlo, el nacionalismo. La transversalidad no pasa por un conglomerado de fuerzas contradictorias sobre la base de posibles acuerdos inconfesables que comprometan el estatus de Navarra, y obvien el pasado de violencia.

Está por ver la capacidad de GB para rebajar la voluntad de Bildu, comenzando por su presencia en el nuevo gobierno. La alternativa es no contar con ellos y sumar al PSN, aunque sólo se llegaría a 25 diputados. Pero el riesgo de nuevas elecciones puede ser suficiente argumento para Bildu, principal interesado en no fallar la ocasión de cambio. No es la única teórica salida en busca de la moderación y el deseable entendimiento dentro de la política navarra. La fórmula más estable y sensata, pensando en la centralidad de Navarra, sería un acuerdo entre UPN, GB y PSN, que proporcionaría 31 escaños. Un gobierno que se antoja hoy imposible, pero que apunta a la gran tarea futura pendiente: la conjugación de lo navarro, vasco y español, en perspectiva europea, como expresión de la autentica transversalidad y manifestación al tiempo de una identidad compuesta, sociológicamente real e históricamente consistente, engatillada en un empobrecedor ‘conflicto de nacionalismos’ (vasco y español) que sólo provoca desunión y cansancio.

Publicado en Diario de Navarra, 26 de mayo de 2015

sábado, 2 de mayo de 2015

Queremos saber


Las campañas electorales suelen ser entendidas por los partidos políticos como la venta de unos programas elaborados con viejas pócimas ideológicas, muy alejadas de las verdaderas inquietudes ciudadanas. Lo que nos quieren contar, no se corresponde ciertamente con lo que queremos saber, y además enmascaran los motivos, las intenciones o las aristas de sus proyectos. Las campañas sirven al menos para examinar la autenticidad de los candidatos: la humildad de unos frente a la prepotencia, la ambición particular o el engolamiento de otros, con independencia de la bisoñez o la experiencia política de cada cual. La gente quiere saber, y sabe diferenciar en todo caso los discursos positivos y constructivos de los negativos y destructivos, los consistentes de los inconsistentes, aunque luego la pasión también arrastre.

El imperativo de cambio tras la larga permanencia de un partido en el poder choca con la reciente experiencia andaluza. El problema inmediato de UPN en Navarra, donde ha habido escándalos pero no corrupción, es que no puede echar la culpa de todos sus males al PP. Por ello, los regionalistas están obligados a reconocer sus errores, tanto como sus logros, y a contraer compromisos que hagan creíble su propia voluntad de cambio, que implica regeneración necesariamente. Queremos saber cómo conciben lo nuevo, y lo que harán de diferente, desde el gobierno o la oposición, y también dentro del partido, durante la próxima legislatura. El envite de estas elecciones no es sólo para el candidato.

No basta la contraposición de esencias fuertes. Frente al ‘navarrísimo’ que propugna UPN en esta campaña, se adivina el supervascón al rescate de la identidad vasca originaria de los nacionalistas, y ante la revancha histórica de los agramonteses resucita el liberalismo antifuerista (UPyD, C’s). Futuro pasado, no menos historicista en esta partitura anti-UPN que componen Geroa Bai de solista, Podemos tensando las cuerdas y Bildu en la percusión, que en los contenidos del navarrismo tradicional que critican. ¿Pretenden introducir el cambio o se trata más bien de un ‘cambiazo’ en toda regla, que obvia la interiorización de los problemas reales de la gente? ¿Se puede responder a la preocupación por el paro, la recuperación económica justa o la regeneración política con cambios en el estatus político de Navarra o la soflama del ‘derecho a decidir’?

La ‘nueva política’ que aspira a ocupar poder, pretende sentar a Navarra en el diván. Reducir la escucha a la problematización de Navarra no es un ejercicio inocuo: afecta a la confianza interna y externa, y en consecuencia al emprendimiento, al progreso, al bienestar, a la calidad de los futuros servicios. La permanente pregunta acerca de quiénes somos y de dónde venimos, acaba reduciendo las expectativas del adónde vamos. Y lo que ya aparece doblando la esquina resulta claro: una catalanización de la política navarra sobre fondo vasco. ¿Es eso lo que queremos, repetir fenómenos de radicalización inducida? Un nuevo estatuto no estaba en su momento dentro de las preocupaciones catalanas, y ahora están donde están, como tampoco lo está en las navarras actuales el tema de la integración en Euskadi o la ‘federación de territorios forales’, que desconocemos adonde puede llevarnos.

La única realidad política consistente frente a UPN es el nacionalismo cismático, que cuestiona o amenaza la supervivencia institucional y cultural de Navarra como comunidad diferenciada, con independencia de que se quiera actuar dentro o al margen de la Transitoria Cuarta. La nueva voluntad revisionista no afecta sólo al pacto hacia fuera con el Estado, sino a sensibles pactos hacia dentro como son todo lo relativo a la educación concertada, la proporcionalidad fiscal o la política lingüística. Resulta preocupante que el nacionalismo heredero del viejo discurso de la plena reintegración foral pueda convertir el viejo paraíso de los fueros en un pequeño infierno para muchas familias y empresas navarras, con consecuencias lesivas en comparación con el resto de España, y con innecesarias cargas para la propia administración foral. Desde luego, y a tenor de algunos sondeos, no apunta ahí el verdadero sentir y deseo de cambio de los navarros.

¿Cuál es entonces la alternativa a UPN? ¿La desinstitucionalización de Navarra, la pérdida de motricidad, la quiebra de sus equilibrios internos, la fractura social en pro de una reificación de la gran nación vasca soñada? De la Navarra avanzada y modélica, según muchas percepciones e indicadores acumulados desde la Transición hasta hoy, ¿hacia donde queremos ir?, ¿en qué podemos mejorar nuestro proyecto colectivo de convivencia? ¿Se lo pregunta de forma crítica UPN o simplemente pretende permanecer instalada en el reino de la autocomplacencia? ¿Lo tiene claro el PSN? Queremos saberlo ¿Y cuál es la alternativa a la ‘casta’ y el ‘régimen’? ¿El cisma y la desunión, la parte oculta derivada del pretendido reforzamiento del autogobierno en manos del nacionalismo de diván? Hay que pensárselo. Mucho.

Publicado en Diario de Navarra, 2 de mayo de 2015

viernes, 10 de abril de 2015

Política pequeña


Cuanto más se sabe de las tripas de los partidos y de sus luchas intestinas, menos atrayente resulta la política. Repetidas veces en los últimos meses o años se ha hablado de recuperar la política con mayúsculas, de proceder con altura de miras o de realizar una política grande. Pero no, la política que se impone es la pequeña, demasiado pequeña a menudo. Sobre todo cuando se trata de elaborar las listas para acudir a la contienda electoral. El ritual es conocido y por eso nada resulta extraño realmente. Pero cuando se está convencido de que, por pura higiene, algo debe cambiar de verdad en los modos de hacer política, entonces atender a las cosas pequeñas adquiere toda su importancia, porque es lo que ésta en nuestras manos para sentar las bases de algo grande.

Se trataba de preparar los ánimos para acudir a la contienda, aunque no todos parezcan saber de qué batalla hablamos. Los que tienen claro su objetivo, no han dudado ni un segundo en elegir a sus más experimentados guerreros. Es el caso de Bildu, que no han recibido ninguna presión para obrar distinto, ni tampoco nadie contaba con que lo hicieran. La expectativa, pues, se ha cumplido. El PSN, por contra, está empeñado en hacer tabla rasa del pasado y jugar a fondo la baza de la renovación. A fondo relativamente, porque el principio es viejo. Situar a la actual cúpula del partido en la plancha de salida es más de lo mismo, vieja política y vieja filosofía de partido, por muchas caras nuevas que incorpore la lista. 

Más novedoso y no inmediatamente comprensible resulta el anuncio realizado desde Geroa Bai (vía Gobierno Vasco): el salto a la política de quien, aun sin figurar por primera vez en una lista electoral, exige como condición ir en última posición para garantizar su ausencia del parlamento y poder permanecer así en su torre de marfil. Vamos, lo mismo que en UPN, pero aquí la cuestión no admite broma. Como partido de gobierno que ha sufrido un fuerte desgaste en esta legislatura, por la fatiga de años acumulada y los propios errores añadidos de Barcina, sobre él recaían las máximas exigencias y expectativas, a las que no ha sabido o querido responder. Ni cuando disponía de tiempo para reaccionar ni tampoco en el último momento. 

¿Cuál es el objetivo de UPN? ¿Reconciliarse con la ciudadanía para reconquistar el gobierno o resignados a la retirada premiar la lealtad de los fieles y salvar la fe de vida de los que han trabajado desde la más tierna juventud en el partido y aspiran a jubilarse dentro de él? La lista finalmente elaborada, en su procedimiento y en sus resultados, parece responder más a lo segundo que a lo primero. Política pequeña que se ha impuesto, y no de los mejores modos, frente a los propios deseos y movimientos internos de abierta regeneración, al menos desde hace un año. No se puede decir tampoco que el candidato no lo haya intentado, aunque su silencio acerca del modelo de partido admita diferentes interpretaciones. A la presidenta y alguno más, en todo caso, les ha faltado una pizca de grandeza.

Tal vez el problema sea el virtuosismo extremo que acompaña a nuestros políticos. Pero la concepción fuerte de la virtud, en clave aristotélica, acaba siendo peligrosa. Cuando el político se entrega al servicio del bien (esto es, de la polis) de manera absoluta (renunciando a la familia y al propio trabajo), cuando se establece una separación total entre vida privada y vida pública, entonces la necesidad de afectos, de reconocimiento profesional o de medro económico quedan abocados exclusivamente a la política, con efecto fatales. Qué pronto se les llena la boca a los políticos con la palabra servicio, y qué falso resulta en el día. Cambiar esto es parte fundamental de las demandas ciudadanas. 

No es imposible conjugar las necesidades de participación y de organización dentro de los partidos, aunque la tensión sea inevitable y se visualice en los mismos partidos emergentes. Pero hay fórmulas experimentadas contra la ley de hierro de la oligarquía, que hay que vencer para dar paso a la política grande. La vara de medir no es la misma y se aplica con mayor rigor a los partidos que gobiernan. No darse cuenta o no querer darse por enterados es ceguera, arrogancia o desprecio por la gente. Contemplar a los ciudadanos con desdén, pensando que son poco reflexivos, o que al final no tendrán más remedio que votarles, por razones de conveniencia, miedo o simple utilidad del voto, no es la mejor manera de encarar unas elecciones decisivas. Afortunadamente, y a pesar de la amenaza de la abstención, el principal voto potencial de castigo contra la política pequeña, todo no está aún decidido.

Publicado en Diario de Navarra, 10 de abril de 2015

domingo, 8 de marzo de 2015

Podemos versus Ciudadanos


Se ha celebrado el debate sobre el estado de la nación. Pero ¿de qué nación se trataba? De la nación oficial, de la minoría instalada en las instituciones, azotada por los escándalos de corrupción en la presente legislatura, de la España fantasmagórica que decía Ortega, vacía e irreal en sus discursos triunfantes o teñidos de negra espesura, falsa imagen de las dos Españas envuelta en la dialéctica gobierno-oposición, que sólo sirve para reivindicar el supuesto derecho de unos y otros a perpetuarse como la nación en el poder. El verdadero mito de las dos naciones está más vivo que nunca. Frente a la España oficial, emerge y se opone a ella la nación del subsuelo, la España real, vital e inquietante, ausente en el reciente debate parlamentario, pero dispuesta a encararse de inmediato con los viejos partidos en la arena electoral.

La nueva política se anuncia de la mano de Podemos y Ciudadanos, las fuerzas emergentes que buscan representar a la segunda España. Ambas formaciones tienen puntos en común, que las hacen crecer con fuerza. Están sabiendo recoger el profundo desencanto social hacia los partidos tradicionales y alzar la bandera de la regeneración política desde la cercanía a la ciudadanía, manifestando con claridad su voluntad de escuchar y su capacidad de comunicar, que no es poco. Lo hacen con estilos ciertamente diferentes, pero no son sólo diferencias de estilo las que les separan. Mucho más de lo que puedan ofrecer PP y PSOE, o decirse entre ellos, lo que convendrá dilucidar durante los próximos meses son los diferentes mensajes y movimientos de Podemos y Ciudadanos, en el marco de las expectativas de la segunda España.

Aun sufriendo las consecuencias de una sobreexposición mediática, Podemos no ceja en su ambición. La llamada marcha del cambio sobre Madrid sustituyó el lenguaje crítico hacia la ‘casta’ por la lucha contra los ‘privilegiados’, emulando a los héroes de 1808, el empoderamiento del pueblo, la vuelta al poder constituyente, el principio de la soberanía nacional, la ruptura contra el antiguo régimen. Todo un imaginario revolucionario y ‘patriota’, sensible y efectivo en la audiencia afectada por la crisis y que hace resonancia con los nuevos poderes ‘crueles’ y ‘despóticos’, llámense la Unión Europea, la Troika o el Gobierno del PP. La idea de un nuevo recomienzo se sobrepone a las oscuridades de origen o de destino que puedan afectar a Podemos.

Es evidente que la triste actualidad del régimen venezolano, después de haber trascendido el caso Monedero, no favorece a Podemos, como tampoco sus estrategias dinamiteras para lograr la hegemonía de la izquierda, aunque pretendan ocultarse apelando a la transversalidad. Podemos maneja bien el manual de guerrillas, el de 1808 y el latinoamericano. Lo nuevo que propugna tiene bastante de viejo, pues viejas son las estrategias de desbordamiento de poder y el asamblearismo post-sesentayochistas, que malamente pueden resolver la actual crisis de representación política. La lógica generacional, la sobreposición de las nuevas generaciones a una generación dominante, como ha sido la de 1978 en España, empuja al deseo de pensarlo y hacerlo todo de nuevo. Pero no está nada claro que por eso deba hacerse. Que alguien no haya participado en la redacción o votación de una constitución no es un buen argumento para cambiarla.

Manipular con mayor o menor habilidad el sistema de representaciones colectivas tiene un efecto movilizador y puede dar votos, pero no soluciona problemas. Reduce más bien la política a propaganda y reabre el drama moral, la pregunta acerca de la autenticidad de los nuevos actores, las ganas de arrebatarles a ellos también la máscara. El foco recae igualmente sobre Ciudadanos y su discurso de regeneración, sobre su capacidad de atraer a la vida pública en toda España a gentes ilusionadas, ejemplares y comprometidas, y no simples arribistas. Su planteamiento, en todo caso, contrasta claramente con Podemos. Ciudadanos aboga por la reforma permanente y no por la ruptura, no reniega de la Transición y hasta recupera alguno de sus símbolos, el Adolfo Suárez del CDS obsesionado por alcanzar el Centro puro…

¿Es Ciudadanos comparable con la Operación Reformista de mediados de los ochenta? ¿Puede ser como entonces un lastre el origen catalán? Es evidente que Ciudadanos ha mostrado una actitud decidida en Cataluña frente al maximalismo nacionalista, y no sobra precisamente en la actual encrucijada, todo lo contrario, cualquier voluntad de conjugar con normalidad lo catalán y lo español, sin necesidad de catalanizar ni españolizar a nadie, sino profundizando en los lazos de una identidad compuesta consustancial a la propia cultura política de 1978. ¿Y en Navarra? En Navarra, Podemos ha dado ya algunos pasos que pueden reducir significativamente la intención de voto registrada por el Navarrómetro, tal vez porque no han sabido leerlo. Ciudadanos de momento no está, aunque se le espera.

Publicado en Diario de Navarra, 8 de marzo de 2015

jueves, 29 de enero de 2015

El valor del centro


Josep Meliá cerraba hace treinta y cuatro años su crónica de la caída de Adolfo Suárez con un “Epílogo para españoles de centro” que recobra actualidad, ahora que en nombre de las nuevas generaciones algunos tienen prisa en enterrar la Transición, como si todo lo obrado entonces fuera la causa de nuestros males presentes y no hubiera otra salida que el sueño revolucionario, la ruptura o la independencia como fórmula global de solución. La sensación puede resultar real en este año electoral si los “moderados”, la mayoría silenciosa y a menudo silenciada, “la España de centro” decide permanecer callada, abrumada por la propia degeneración del sistema.

Sería contraproducente pensar que la oportunidad del verdadero centro político ha pasado ya en España. Meliá anotaba en caliente que Suárez dimitió como presidente para que esta oportunidad no se perdiera y para que el centro político no desnaturalizara sus señas de identidad. En cierto modo es lo que ocurrió tras la aventura del CDS, vencido Suárez en su segunda salida por Aznar, quien al frente del refundado PP reivindicó la herencia de UCD y acomodado luego en el poder demostró todo lo diestro que era… Su intervención en la última convención del PP ha respondido a la derecha bronca que representa, para suplicio de Rajoy, cuyo posibilismo, pragmatismo y realismo acaba siendo reducido desde su partido a ausencia de principios y valores o al comportamiento de una derecha avergonzada.

La pregunta no es dónde está el PP sino ¿dónde está el centro? ¿Lo ha abandonado el PP o, quizá mejor, ha abandonado al PP? ¿Ha dejado de disputarlo definitivamente el PSOE, preocupado por igualarse a Podemos? Algo parecido cabe plantear en Navarra respecto a UPN o PSN, ya que el PPN ha dejado de contar, y el nacionalismo parece imponerse a Podemos como polo de definición y atracción ideológica, hasta el punto de que esta última fuerza podría renunciar a su marca estrella para añadirse al juego de bloques. Por otra parte, ¿implica Ciudadanos como fuerza ascendente en España una recuperación del centro? ¿Tendría futuro político en Navarra? Porque está claro que UPyD, no.

El centro político ha sido el amortiguador de las tensiones históricas entre las dos Españas. También puede serlo de las tensiones territoriales, conjugando sin prejuicios ni complejos la defensa de la pluralidad cultural y de los hechos diferenciales con la del orden constitucional y en su caso de la foralidad. Aún más en tiempos de crisis, el centro debe ser lugar de encuentro de las clases sociales, de las creencias e ideas, de las generaciones y de la experiencia vital de los hombres y mujeres que conforman la trama de una sociedad. Como sucedió con UCD y pasa hoy, el drama del centro se precipita cuando los políticos, atraídos por la atmósfera del poder, pierden la sintonía con los ciudadanos para perseguir intereses de facción.

Meliá contempla el centro como “el punto en el que se cruzan la impaciencia de los que lo esperan todo del futuro y la carga de paciencia de los que todavía no han perdido las ilusiones ni han endurecido su corazón con descargas de egoísmo y desesperanza”. Este es el valor del centro en la actual encrucijada, que esclarece también Meliá cuando apuntaba que “la oligarquía económica o la minoría rectora de un proceso revolucionario pueden descansar sobre el mesianismo de una secta de iluminados, a partir del férreo liderazgo de un puñado de condottieros”.

Frente a quienes sólo aspiran a explotar la ira y el desencanto social para convertirse en simple élite de reemplazo, Podemos a la vanguardia, prometiendo lo imposible, el centro tiene que apostar de nuevo por el cambio seguro y estable, demostrando su voluntad cierta de reformas profundas, si quiere ser expresión política de la nueva sociedad española, sensible a los problemas de todos. La crisis y la recuperación no son un puro problema económico sino un drama ético y social que debe golpear las conciencias de todos. No hay política de centro sin solidaridad ni sin preocupación efectiva por acortar las diferencias entre los que más y los que menos tienen.

Europa ha prosperado bajo idearios centristas. Sería triste que se verificase en España, una vez más, que la clase dirigente ha fallado, incapaz siquiera de reconocer sus errores, ni de transmitir si realmente creen en lo que dicen. Pero la regeneración política es responsabilidad también de los ciudadanos, más aún de aquellos que se consideran adultos y bien informados, pero que raramente emergen en la vida pública, como suele suceder con quienes sustentan la idea del centro. “No hay nada definitivo escrito en el libro de los hados. Sucederá, pura y simplemente, lo que nosotros propiciemos. Todavía es posible que triunfe la España de la moderación”, sigue Meliá. Oigan: ¿Dónde está el centro? 

Publicado en Diario de Navarra, 29 de enero de 2015

domingo, 21 de diciembre de 2014

Discursos sin proyecto



Un conocido historiador ha subrayado la capacidad de Podemos para construir mensajes sin llegar a generar discurso. No es una habilidad exclusiva. Otros partidos, que continúan aspirando a más, son capaces de articular discursos sin expresar ningún proyecto. Hemos perdido la idea, el proyecto, la ilusión. La crisis ha favorecido la hipercrítica del legado de la Transición, pero quienes se apresuran a la liquidación del 78 no ofrecen un producto de nueva temporada.

La renovación generacional que ha impulsado la Monarquía al servicio de un ‘tiempo nuevo’, se ha ido abriendo rápidamente camino en otras instituciones, interpretando los deseos de cambio de la sociedad. En pocos meses han aparecido nuevos líderes políticos y espacios de comunicación que hacen del ‘tiempo nuevo’ su bandera, a veces con enorme simpleza, incluso en TV, donde alguna cadena parece haber asociado el término a las andanzas del pequeño Nicolás.
La bondad de una nueva generación no es automática. Lo que define propiamente a una generación no es el hecho biológico sino la capacidad de compartir un ideal colectivo. No hay generación sin proyecto. No lo tiene el nuevo PSOE, tampoco Podemos, y si lo tuvo el PP parece que lo ha perdido por el camino, o eso piensan gran parte de sus votantes. La juventud no es necesariamente un mérito y en tiempos difíciles no cabe la frivolidad, que parece acompañar a los nuevos actores, con excepción del Rey: el mejor con diferencia entre ellos, aunque no haya surgido de unas primarias. 

Que la democracia no es el régimen de los mejores, y que se puede corromper, es una verdad que está explotando Podemos, jugando con las emociones y el estado de ánimo colectivo, no se sabe con qué propósito. Su discurso regeneracionista, la escoba y barrer, es tan antiguo como el del dictador Primo de Rivera, y al igual que aquél, vacío de propuestas alternativas reales. Además de contradictorio. Enfatiza la participación ciudadana, pero desprecia la representación municipal (ha comenzado a rectificar), porque lo que le interesa es la Moncloa. Al final lo de siempre, se impone el afán de mandar.

La definición ideológica da igual: del bolivarismo a la socialdemocracia y el centro político, Podemos pretende convertirse en un nuevo partido ‘acaparalotodo’. Reniega de la Transición, pero evoca el 28-O del PSOE de 1982, que la consolidó, al mismo tiempo que el actual Pablo Iglesias salva a Anguita, que fue quien hizo la pinza a Felipe González con Aznar, aunque en este caso se olvide del ‘programa, programa, programa’ que honró al histórico califa rojo. El estribillo de Podemos ahora es otro, pero manifiestan no poca intolerancia en cuanto prueban el mismo producto anti-casta que ellos aplican. 

Con semejante acometida, Pedro Sánchez anda más pendiente de su promoción personal que de hacer propuestas coherentes y sensatas. Su proyecto es ser candidato, y no lo tiene asegurado. Se han olvidado del proyecto, aunque todos anden preocupados en hacer grandes proclamas de coaliciones para el día después: PP-PSOE (siguiendo la estela del imperativo categórico UPN-PSN en Navarra), IU-Podemos, o incluso Bildu-Podemos. Cuando todo el discurso se agota en la voluntad de permanecer en el gobierno, reconquistarlo o conseguirlo por primera vez, renunciando de entrada a hacer valer el propio proyecto, la política se vuelve realmente patética.

La defensa o no de un cambio constitucional, por vía de reforma o aun de ruptura, se ha convertido en el actual momento político en el gran exponente de la tenencia o carencia de un proyecto para España. Resultan muy pobres los términos del debate. Sería realmente un paso atrás convertir la Constitución en un sinónimo de programa o proyecto partidista. Se puede convenir en su necesidad de reforma, pero alentar la iniciativa sin perfilar contenidos, como pretende el PSOE al tiempo que reniega de los cambios recientes que promovió junto al PP, es un juego fútil.

Reintroducir el debate sobre el federalismo como solución, un día asimétrico, otro simétrico, Pedro Sánchez versus Susana Díaz, es como reinventar la pólvora. Sin asimetría no es posible ‘contentar’ al nacionalismo, si es que una reforma del Estado pudiera hacerlo, cosa harto dudosa valorando la lección de la Transición. A no ser que la insistencia actual del PSOE en la reforma federal no tenga más propósito que satisfacer el discurso cortoplacista de la ‘tercera vía’ del PSC en el embrollo catalán.

Que nadie contemple en la posible reforma aspectos sustantivos de la regeneración, como el modelo electoral y de partidos subyacente, por ejemplo, es síntoma de la general ausencia de proyecto. Un tiempo nuevo, un nuevo inicio, volver a empezar, supone un proyecto de renovación que no es hacer tabla rasa, sino preguntarse en que momento del camino nos hemos perdido para no volver a las andadas, primando los simples ejercicios tácticos o aritméticos.

Publicado en Diario de Navarra, 21 de diciembre de 2014