viernes, 10 de diciembre de 2010

Manu militari

Si la política hubiera que verla desde la perspectiva del héroe que pugna por serlo en las contiendas de la esfera civil, la verdad entonces es que Zapatero no levanta cabeza. Al contrario, la hunde más que nunca, como el avestruz, que no es que vea lo que quiere ver, sino que termina por no ver nada. Es tal la crisis que sufre Zapatero, que a estas alturas no sabe aún qué tipo de héroe quiere ser, o al menos manifiesta grandes dudas al respecto.

Después de la derrota calamitosa del PSC en las elecciones catalanas del 27-N, cuyas consecuencias dentro del partido están aún por ver, la terrible situación vivida en España durante el pasado fin de semana por la actuación irresponsable de los controladores áreos dejó al presidente desaparecido en combate (y al jefe de la oposición lejos de Madrid, 'secuestrado' por los controladores). Menos mal que estaba Rubalcaba.

Hasta ayer que Zapatero compareció en el parlamento para felicitarse de haber resuelto una grave crisis en 24 horas (introduciendo a los militares en las torres de control y sometiendo a los controladores a la disciplina militar). Una respuesta así no ayuda ciertamente a la superación del estado de alarma en que nos ha introducido (por decreto ley) y que puede prorrogarse (si el parlamento lo permite, lo que certificaría un fracaso colectivo).

No han faltado discursos excesivos contra el gobierno a propósito de esta situación -no el que pronunció Rajoy ayer, acertado en lo principal-, pero si el gobierno no tiene nada que reprocharse a sí mismo y sólo es capaz de cargar contra los controladores y el propio Rajoy -como hizo desde el inicio de los hechos, utilizando la táctica del avestruz-, entonces la alarma que se produce en un régimen democrático es mucho mayor.

El gobierno no está bien, no es capaz de preveer las cosas y enmascara los verdaderos problemas, se mueve cuando actúa de forma irreflexiva y compulsiva -invirtiendo hasta el orden lógico de las medidas o de los decretos- y muestra enorme debilidad, sino vacío de ideas e impotencia real, cuando acaba asociando -con orgullo y fascinación- eficacia a imposición de la fuerza.

Eso histórica e ideológicamente tiene nombre propio. Los problemas en la esfera civil se resuelven con instrumentos civiles y de forma civilizada. Si cada vez que algún colectivo se comporta de manera incivil, hay que acudir a la militarización de ese grupo o sector socioprofesional, entonces no será sólo el capital quien abandone este país. Por tierra y mar, si no puede ser por el aire.

domingo, 28 de noviembre de 2010

La voz de los empresarios

España, después del rescate financiero de Irlanda, se ha colocado de nuevo en el ojo del huracán de la crisis. Incertidumbre y Falta de Confianza son el nombre de las dos plagas que azotan a la economía española. Falta de confianza externa e incertidumbre interna componen la antesala del miedo, el miedo al futuro que mina las posibilidades de cualquier proyecto colectivo.

No se trata de proclamar el Apocalipsis, pero tampoco es posible permanecer en el limbo, que al parecer el propósito de Zapatero después de haber amagado algunas medidas para contentar la voracidad de los mercados y hacerles creer -a ellos y a los agentes externos- que España ha emprendido el buen camino para la solución de sus problemas, y que sólo es cuestión de esperar.

Ganar tiempo, esperar a que pasen las inmediatas citas electorales sin que nuevas medidas o reformas le pasen una factura mayor, contemporizar con los sindicatos, resistir a la oposición, atrincherarse con los nacionalistas, comunicar mejor. Zapatero no sabe más que de política pequeña. Pero España lo que precisa en estos momentos es otra cosa, es política grande.

Así se lo han venido a decir los empresarios, los supuestos responsables de la crisis, como intentó vender el púber Zapatero 'in earlier times'. Se lo han dicho primero por escrito, por mediación del rey. Y se lo han dicho luego directamente de viva voz en La Moncloa. Más que una imagen de interlocución, lo que le han dado los empresarios a Zapatero es una voz.

La voz de los empresarios se ha hecho oír y ha sonado a bronca. Le han pedido al presidente que gobierne, que para eso le pagan. Que el problema es que fuera no nos creen, y que es mejor sobreactuar que quedarnos cortos en las reformas. Sí, Zapatero debe 'sobreactuar' porque -le guste o no- él aporta un 'plus' de desconfianza y es, por tanto, doble su responsabilidad con el país.

La voz de los empresarios ya ha levantado rumores, como sucedió antaño cuando se movían los militares y los políticos y medios de comunicación se dejaban llevar alimentando errores. España no está para aventuras de salón, ni para rumores de un gobierno de concentración presidido por una personalidad independiente, como operación favorecida por el propio rey.

Lo que faltaba a España ahora es un 23-F económico. Cómo si no hubiéramos aprendido nada de la historia reciente. El gobierno que gobierne. Y en el peor de los casos, si no puede o no quiere hacerlo, que convoque elecciones. Otra cosa es que lo más sensato de los dos grandes partidos deban convenir de manera ineludible reformas de calado político para un futuro próximo.

Y a nadie se le escapa que la voz de los empresarios ya ha apuntado en ese sentido algunos puntos dignos de toda atención. Sí, hay que hablar de la racionalización de la administración, de su tamaño y por tanto del futuro del actual Estado de las Autonomías. No se trata de replantear los fundamentos políticos de la España plural sino de asumir la inviabilidad económica de una España tan diversa y fragmentada en el mundo global.

sábado, 20 de noviembre de 2010

Del 'seny' al orgasmo catalán

En España hay demasiadas elecciones sin que ello sea el mejor signo de la salud de nuestra democracia y menos de la calidad de nuestro discurso público. Hay tantas elecciones, que al público le pilla cansado, y a los políticos sin ideas. Esta doble circunstancia provoca estragos como los que estamos viendo en la campaña catalana para las elecciones del 28 N.

El tema es mucho más grave si viene a certificar la desaparición del famoso 'seny' catalán. Ni "sentido" ni "cordura" ni ponderación mental ni sana capacidad traducen los 'mensajes' que se han apresurado a lanzar partidos y políticos. No hay mensajes, sino simplemente gemidos y amagos de fluidos. La actual carrera catalana es una carrera hacia el orgasmo final.

El placer de votar al PSC, asimilado al orgasmo en un video electoral de las juventudes del partido. La supuesta noche loca de no se sabe quién con Monstse Nebrera, que parece no tener nada más que ofrecer que ella misma, tras su salida del PPC. Mientras a la heroína popular Alicia Sánchez Camacho le pone 'tumbar' inmigrantes a pistoletazo limpio en un absurdo videojuego.

Esto es lo que nos ofrecen. Unos lanzan el mensaje sesentayochista de 'jouir sans entrave' y otros inciden igualmente en él para criticarlo hipócritamente o para poner en el punto de mira al molesto inmigrante. Para colmo, quien podria pasar actualmente como el prototipo de político catalán del seny, Duran Lleida, no ha hecho sino lamentarse de que el orgasmo que procrea en Cataluña, sea el del pobre inmigrante también.

Y luego se extrañan los políticos de que el electorado esté hasta las huevotorras. Asi no van a atraer a nuevos votantes a las urnas, si es lo que realmente pretenden buscando concitar paradójicamente la atención de los medios de comunicación. Y los que suelen ir, a lo mejor esta vez, ante semejante espectáculo, lejos de movilizarse para ir a votar se quedan en la cama, bien disfrutando, o hundidos en la más profunda depresión.

sábado, 13 de noviembre de 2010

Venidas y huidas

Benedicto XVI estuvo en España el fin de semana pasado, en Santiago de Compostela y en Barcelona, y todo aquel que ha querido preservar la pose de intelectual progresillo se ha visto en la obligación de tener que decir algo en contra, o más bien de repetir tópicos, y presentar al personaje como oscurantista o de ideas retrógradas, encubridor de clérigos pederastas, nostálgico de Trento y de España como reserva espiritual de Occidente y, por supuesto, impenitente en la defensa de valores morales trasnochados, sea a propósito de la familia, del matrimonio o del aborto.

Nuestros pseudointelectuales o aprendices de plumilla asumen de forma acrítica que modernización y secularización van de la mano, y que han de significar necesariamente la desaparición de la religión. Por lo tanto, a lo más, se respeta de manera condescendiente al creyente, como a un pobre infante que necesariamente habrá de madurar con el tiempo, pero al principal responsable de que continúe extendiéndose el credo católico, a ese se le aprietan las clavijas todo lo que se pueda, haga lo que haga, y diga lo que diga.

La verdad es que la venida del Papa ha sido todo un éxito, no ya para los creyentes que lo han arropado calurosamente en los distintos actos y han podido sentirse encendidos o reconfortados con sus palabras, sino atendiendo también a los indicadores más rastreros que se suelen utilizar al efecto. Que una misa y un angelus puedan ser equiparables en audiencia televisiva a un partido de fútbol puntero hace ver que el Papa y sus seguidores no son tan majaderos como algunos pretenden, y que muchos españoles no creyentes o no practicantes han apreciado también el valor de la visita, de las palabras y de los gestos de Benedicto XVI.

El Papa se ha volcado con Gaudí, sabedor de que es un santo civil catalán, y le ha devuelto todo su buen hacer por la difusión del Evangelio. Modernismo catalán y religión se aúnan de manera natural en el genio de la Sagrada Familia, hoy ya Básilica, para desasosiego de los militantes ciegos de la vieja teoría de la secularización. Por lo demás, qué va a decir el Papa sino repetir la doctrina de la Iglesia ante sus fieles. Otra cosa hubiera sido la bomba. La paradoja es que quienes presumen de laicistas terminan siendo más papistas que el Papa, pretendiendo imponer hasta a la propia Cátedra de Pedro los dogmas del fundamentalismo laico.

Europa no es ya el modelo, sino más bien la excepción en la nueva dinámica de la religión dentro de las sociedades avanzadas. De ahí, desde una perspectiva de iglesia, la preocupación del Papa por Europa, y dentro de ella por España. De ahí, desde la perspectiva política, el anacronismo en que se ha movido Zapatero, como campeón de un pretendido neoanticlericalismo como signo identificador de la izquierda. Que el presidente español recula es evidente, como demuestra el aparcamiento de la llamada eufemísticamente Ley de Libertad Religiosa, con la que se quería hacer caja.

Antes resultaba que era una necesidad imperiosa de la democracia, ahora se argumenta que sería un factor de división de los españoles, manifestando una vez más el PSOE cierto infantilismo político al considerar crédulos infantes a los demás. Zapatero ha reculado ante el Vaticano, dentro de los giros que viene prodigando últimamente, en su particular intento de transfifuración. Pero se ha reservado el gesto, pueril, y en ese sentido irresponsable, de irse de España cuando venía el Papa.

Ha huido lejos, muy lejos. A Afganistán. No para retirar las tropas españolas allí destacadas (qué menos cabía esperar, cuando se realiza el viaje que hasta ahora no había tenido tiempo de hacer) sino para que las tropas españolas le protejan a él del enemigo vaticano. El acto ha sido tan deliberado y tan fuera de lugar que ha sido necesario un Real Decreto (1433/2010, de 3 de noviembre) para designar a Rubalcaba como Presidente de la Delegación para los actos de recepción del Papa en sustitución del presidente Zapatero.

Con todo, no ha sido esto lo más llamativo de las respuestas a la visita del Papa. No gusta que el Papa dé lecciones, pero se pretende dar lecciones al Papa. El avezado ministro de la Presidencia Jáuregui responde a las críticas de laicismo referidas a determinadas políticas del gobierno español hablando de laicidad positiva. No deja de ser una ironía, pues ese es un concepto formulado por el propio Benedicto XVI y retomado luego por Sarkozy. Nuestros socialistas, que no andan muy finos, beben de Sarkozy para salir del paso, manifestando de nuevo orfandad de ideas, desconocimiento y, lo que es más grave, vulneración de los derechos de autor. Y luego presumen de intelectuales y de amparar a la SGAE.

lunes, 1 de noviembre de 2010

Verborrea sobre ETA

De ETA es mejor no hablar mucho, pero esta semana ha habido una auténtica verborrea sobre el tema. Quien debía controlar y ser más prudente en sus manifestaciones al respecto, el presidente del gobierno, ha sido el primero en alentar todo tipo de especulaciones, expectativas y alarmismos por el tono mesiánico que suele imprimir a sus palabras sobre ETA, y que la realidad se encarga luego de desbaratar. Sucedió en vísperas del atentado mortal de la T4 en Barajas, que arrumbó la pasada tregua y negociación con ETA, cuando lo que Zapatero había profetizado era un salto seguro hacia la paz. Y ahora, lejos de haber escarmentado, se permite frases que emulan a las de Jesús al Buen Ladrón, aseverando -yo, os aseguro- que los pasos dados por la izquierda abertzale no serán en balde.

Los exegetas se han lanzado a discernir el misterio que encierran tan prometedoras palabras, y hasta el modo en que habrá de producirse la llegada colectiva al paraíso, tanto urge a todos la celebración de la paz. Demasiado ruido, demasiada confusión, demasiadas conversaciones de todos con todos, reales, inexistentes o desmentidas, cuando aquí lo que importa es el lenguaje de los hechos, que también tiene su gramática y ortografía. Aquí quien tiene prisa es Batasuna para poder presentarse a las elecciones; pero los demás no deben tenerla, si no se quiere asistir a otro déjà vu. Y si Batasuna es ETA, como han dicho los jueces, pues el asunto es para tomárselo con calma. No basta una declaración de Batasuna condenando la violencia o desmarcándose de ETA, por bienvenida que sea, sino que debe poder verificarse con el análisis del lenguaje de los hechos que Batasuna ya no es ETA. O que ETA, si diera el paso de anunciar el abandono definitivo de las armas y su autodisolución, ha dejado de existir efectivamente.

Un entramado como el de ETA no desaparece de la noche a la mañana y el estado de derecho debe exigir garantías, o no lo será, entre otras muchas razones por respeto a las víctimas del terrorismo, ignoradas y menospreciadas durante excesivo tiempo. De todo lo que se ha oído esta semana sobre ETA, tal vez lo más cuerdo lo ha dicho el nuevo ministro de la Presidencia Jaúregui, esperemos que reflejando el sentir del presidente y del vicepresidente todopoderoso, y no a título personal. No da tiempo de aquí a las elecciones municipales a todo ese proceso de verificación, aún en el supuesto de que los sucesivos anuncios anunciados que se van a producir se terminaran produciendo. Esto es así, y tiene que ser así porque lo que queremos primordialmente los españoles es la construcción de una paz duradera -dentro y fuera de Euzkadi- y no resolver los 'conflictos' o los problemas políticos de nadie (sea el futuro de Zapatero, la continuidad o maniobrabilidad del lehendakari López con el PP vasco de Basagoiti, las expectativas electorales o de gobierno futuro del PNV si irrumpe Batasuna en el escenario, etc.).

Si esto es así, y tiene que ser así, entonces sobra la verborrea, sobran las ligerezas, las conversaciones efectuadas con torpeza y silenciadas o negadas con hipocresía, sobran las impaciencias, los triunfalismos, los cálculos interesados, y también las desconfianzas por principio. Falta, por el contrario, un poco más de responsabilidad por parte de todos, incluidos los medios de comunicación (de uno y otro lado), un poco más de diálogo abierto y veraz por parte de los principales partidos políticos, un poco más de sentido de estado, la simple capacidad dentro del respeto escrupuloso a las reglas del estado de derecho -sin atajos de ningún tipo- de pasar de la verborrea al lenguaje de los hechos. No estaría de más que el final de ETA pudiera reeditar el éxito de la Transición como un hecho histórico de todos, un mérito colectivo, algo realizado verdaderamente juntos y de lo que todos puedan sentirse satisfechos, tal vez no plenamente satisfechos, ninguno, pero sí satisfechos. Todos.

sábado, 23 de octubre de 2010

Gobierno duro para un presidente acabado

"Cuando está machacado, surge el mejor Zapatero", González dixit. Felipe está contento y esa es una de las claves para valorar al nuevo Gobierno, un nuevo viejo Gobierno, un Gobierno más que fuerte, duro: un Gobierno duro para un presidente acabado, que se resiste con todo a dar la batalla por perdida, que pretende tomar la iniciativa, ponerse boca arriba y de pie, pero que al final da de sí lo justo.

Lo que queda del felipismo está contento porque Rubalcaba gana presencia y mando, a costa de la obispa laica y alguna de sus acólitas. "El presidente siempre gana", decía la vicepresidenta a propósito del affaire Tomás Gómez, pero ella ha perdido. De la Vega ha sido la gran víctima de la crisis de Gobierno, gracias a Dios, por mucho que el cardenal Rouco pronunciase un sentido responso político por ella. La procesión va por dentro y gracia a Doña Teresa su salida de Moncloa no le ha hecho.

Zapatero se ha desprendido de la antigua coraza suya personal, que venía siendo De la Vega, para sustituirla por un auténtico acorazado, Rubalcaba, que más que protegerle o sucederle a él, lo que va intentar es mantener la plaza de la Moncloa para el PSOE después de las próximas elecciones, es decir, evitar la catástrofe electoral que vaticinan las encuestan. Felipe y Rubalcaba se acuerdan de lo que sucedió en 1993, y quieren tomarse ahora la revancha de 1996.

Zapatero confía en Rubalcaba, pero Rubalcaba confía tal vez más en Felipe y en sí mismo, y ha puesto su propias condiciones a Zapatero. El regreso de Jaúregui del exilio no es obra de quién le envió a él (Zapatero) obsesionado por apartar de sí al felipismo, sino de quién le aprecia bien por haber hecho cosas juntos ya en tiempos de Felipe (Rubalcaba), entre otras, Jaúregui dirigió la campaña electoral que llevó a Felipe González a la victoria en 1993, pese a las encuestas. Y son sabidas sus buenas relaciones con el PNV con quien gobernó como vice-lehendakari haciendo valer lo que muchos consideran hoy en el País Vasco el 'mito de la transversalidad'.

Trinidad Jiménez también disfruta del doble favor de Felipe González y Zapatero, y ha medrado, haciéndose con la cartera emblemática de Exteriores, pese a su fracaso reciente en las primarias de Madrid (además de no dominar el inglés y de que quiso ser diplomática en su tiempo y no lo consiguió al suspender los exámenes de ingreso en la escuela). Y aquí está la clave fundamental. Más que contentar a la vieja guardia, a los barones o al propio partido, Zapatero ha buscado amurallarse rodeándose de sus fieles, con independencia de sus méritos.

Rubalcaba, Blanco y Trini, tocados tras la batalla de Madrid, son recompensados. A Pajín le ha tocado la lotería de por vida (dure lo que dure de ministra, siempre será ex ministra y cobrando), para asombro de la audiencia, que la ha visto moverse demasiado estos años. Lo que era un problema serio para el partido se soluciona con una cartera de ministra, la patada para arriba de las burocracias más cerradas. La niña de Zapatero se encumbra pisando a la niña de Chaves (Bibiana, pillada en Babia a la hora del relevo), que en esto no pueden ser iguales.

Con todo, es digno de celebrarse la entrada de Marcelino Iglesias en la secretaría de organización del PSOE. Hombre serio y dialogante que se ha ganado no sólo los votos sino también el respeto como Presidente en la Comunidad de Aragón. En situación de disponible, porque había anunciado que no se presentaría a la reelección autonómica, Zapatero se ha hecho con sus servicios porque es ante todo hombre de su absoluta confianza, y ha hecho valer su preferencia sobre las de Blanco para ese puesto. Lo que tenga que pasar en el PSOE, sucesión de Zapatero incluida, lo quiere controlar él de cerca (esperemos que en manos de Iglesias con menor torpeza que la que demostró -aconsejado por Blanco y Rubalcaba- ZP en Madrid).

Zapatero quiere ir a por todas en lo que se antoja ya un final largo de legislatura. Pero sin cambiar un ápice sus prioridades y sus modos políticos, o incluso, volviendo a lo que fueran sus principales señas de identidad en la primera legislatura: la política anti PP -la efectividad en la oposición de la oposición- y la apuesta del final de ETA para ganar las próximas elecciones, como alternativa que ofrecer a la débil o inexistente recuperación económica. Con hacer guiños a los sindicatos y a su izquierda para que los rotos producidos no vayan a más, y esa es la misión de los nuevos ministros de Trabajo y de Medio Ambiente -Valeriano Gómez y Rosa Aguilar-, frenar a los sindicatos y la propia irrupción de un partido verde en el escenario español, Zapatero se contenta. La suerte con Salgado está ya echada.

Retorno a la propaganda dura contra el PP es lo que nos espera, aunque se presente como 'mejora de la comunicación'. Es una política de alto riesgo por los cortacircuitos que puede producir. Que los encargados o directores de esa ofensiva contra la oposición para impedir que llegue al poder, vayan a ser los mismos -el tandem Rubalcaba Jaúregui- que afronten el fin de ETA de la mano del PNV, cuando ese final deseable exige para no repetir errores que todos los pasos que puedan darse se produzcan de acuerdo con el PP si quiere realmente ser una política de Estado, pues entonces esa doble tarea o función o es sencillamente imposible porque chocan entre sí, o no va a conseguir más que incendiar la política española, para mayor susto de los mercados y mayor pena de los parados.

martes, 19 de octubre de 2010

De hinojos

Zapatero no está únicamente a la intemperie. También se encuentra de hinojos. Ante el PNV. Unos presumen de negociación y otros de responsabilidad, pero poco hay de eso en estos Presupuestos nuestros de 2011, que no se sabe si darán para el pan nuestro de cada día, pero que Zapatero -para asegurarse el suyo durante el próximo año- sacará adelante gracias a los nacionalistas vascos y canarios. Para agotar la legislatura con 'dignidad'. La paradoja es que la dignidad de Zapatero se confunda con la estabilidad del estado y que ésta, en una situación de crisis y de debilidad, pretenda confiarse a los nacionalistas, cuya lógica no es precisamente esa.

Pero a estas alturas la lógica del discurso ideal no importa a nadie. Por fas o por nefas, todos rasgaron sus vestiduras cuando Zapatero -abofeteado por la la realidad- comenzó a cargar con la cruz de la crisis, dando comienzo a su calvario político. Nadie parecía entonces dispuesto a apoyarle para sacar los próximos Presupuestos, pero -la verdad sea dicha- a nadie interesa seguramente tampoco un adelanto de las elecciones, ni éste objetivamente es conveniente si la interinidad política hace que se pierdan las débiles señales de recuperación económica de un cuerpo gravemente enfermo como es España.

Para Zapatero no hay más alternativa que muerte o resurrección personal. Después de haber negado la crisis, esperando a que pasara sola, como si no existiera, fiel al pensamiento mágico aprendido en la escuela del partido, ahora ha unido el sueño en la hazaña de la recuperación a su voluntad de resurrección política. No desea la ayuda responsable del adversario, en el supuesto de que éste -el PP- estuviera dispuesto a prestarla. El presidente está resuelto a quemarse, en cruento sacrificio, o a pasar a la gloria, sin compartirla con nadie. Ay, entonces, de los traidores y de quienes dudaron de él dentro del PSOE.

El PP apuesta, sin duda, porque Zapatero, antes de quemarse a lo bonzo, lo haga en las brasas de las inevitables reformas estructurales anticrisis, necesarias aunque no suficientes para la recuperación; si ZP lo hace en el tiempo que le queda, evita al PP el costo impopular de tener que tomar drásticas medidas nada más llegado al gobierno; y si ZP se muestra incapaz de hacerlo, a pesar de las manifestaciones encendidas de su nueva fe de converso, entonces proporcionará al PP el argumento necesario para su política futura. Pero el PP prefiere que ZP haga sus deberes, confiado en que hasta 2012 -como apuntan todas las previsiones- no habrá brote verde alguno en el erial español.

CiU, aunque quisiera, no puede pactar con Zapatero los Presupuestos, teniendo encima las elecciones autonómicas catalanas, y aspirando como aspira a reducir al PSC a su mínima expresión, para hacerle pagar las muchas maldades de los dos tripartitos. Bien es verdad que, al final, la fuerza del PSC siempre es mayor de lo que el nacionalismo quisiera, por el propio discurso y sentimiento catalanista del socialismo catalán, que es siempre mayor a su vez de lo que pueda convenir a sus dirigentes en determinados momentos, por mucha campaña que vaya a hacer el inminente ex ministro del paro, Corbacho.

A quién podía acudir el pobre Zapatero sino al PNV. El PNV no tiene nada que perder, porque nada tiene y no sabe siquiera donde se encuentra en la era post-Ibarretxe, por lo que poca relevancia tiene para él que vaya a apoyar ahora la congelación de las pensiones a la que se ha opuesto en el Congreso media docena de veces. Quien sea realmente coherente que tire la primera piedra. En verdad, los Presupuestos al PNV le importan muy poco porque en lo sustancial no afectan a Euskadi por el régimen de Concierto económico vasco. El pacto con el PNV no es económico sino esencialmente político y hace verdad aquello que dijo el ex lehendakari de que el PNV seguiría liderando la sociedad y la política vascas aun fuera del poder. Zapatero lo ha hecho verdad, sin importarle las consecuencias que ello tenga para el lehendakari socialista López.

Y Zapatero crecido, pensando que si hay movimiento hay vida. Nada de esto, sin embargo, importa verdaderamente a los ciudadanos, ni puede percibirlo realmente la audiencia. El público de a pie no sabe finalmente si el acuerdo alcanzado con el PNV rompe o no rompe la caja única de la Seguridad Social, y no entendería por supuesto por qué un parado vasco ha de cobrar el doble que en el resto de España. El pueblo fiel tampoco entiende 1) que pueda haber -después de más de 30 años de Autonomías- decenas de transferencias aún sin transferir al País Vasco, 2) que los que daban por finiquitado el estatuto de 1979 ahora las quieran, y 3) que si ahora se conceden es porque no tienen mayor trascendencia.

Tampoco se entiende fácilmente que por ir mejor acompañado al debate de Presupuestos, Zapatero amplíe el pacto a los nacionalistas canarios, y que para conseguirlo acceda a que el Estado español realice ni más ni menos que un acto unilateral por el que convierte en Mar de Canarias y bajo control canario aguas internacionales, confiando en que ese acto unilateral sea reconocido por la ONU y con el aplauso de Marruecos. Cuán preciosa y qué irresponsable es la vida política de Zapatero. Si el Gobierno de España actúa de esa manera, con qué razones podrá impedir que gobiernos y parlamentos autonómicos bajo control nacionalista procedan a su vez a actos unilaterales (la propia declaración de independencia, y de paso la del Mar de Euskalherria o Mares de los Países Catalanes) para no ser menos que Kosovo y Canarias, si ese camino puede llegar a su fin y el procedimiento ha sido legitimado por la propia actuación de Zapatero.

Zapatero no atiende más que al juego corto, y siempre desde una perspectiva partidista. Si el pacto con Coalición Canaria puede dañar el pacto de gobierno que esa formación tiene con el PP en Canarias, mejor. Y si el pacto con el PNV perjudica el pacto de Patxi López con el PP en el País Vasco, tampoco importa. En el fondo, para Zapatero ese pacto fue fruto de un accidente electoral, con el que no contaba, y si de él dependiera volvería gustoso a un pacto, no PSE-Batasuna, como podría desear Eguiguren, pero sí PNV-PSE, facilitando de nuevo un lehendakari nacionalista. Con todo esto, Patxi López ha quedado vendido para las próximas elecciones municipales, porque ZP ha hecho ya la campaña al PNV. Sí, el presidente se encuentra de hinojos, postrado de rodillas y al parecer gustoso, ante el PNV y los nacionalistas.

Pero tampoco se entiende que el PP no haya hecho nada para 
al menos escenificar -envuelto o no en la enseña patriótica- una voluntad de diálogo con el PSOE acerca de estos Presupuestos fatales. Si España se deshilacha, se desatornilla o se rompe como nos dicen todos los días los medios afines al PP, algo más se podrá hacer -o hacer creer que se hace- que ordenar la caja de herramientas una y otra vez, que por entretenido que pueda resultar a algunos, es profundamente estéril y en nada contribuye a restablecer la confianza en la clase política, que es en su conjunto percibida por la ciudadanía -sin que constituya esto una novedad en nuestra historia contemporánea- como un elemento fundamental del problema español.